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25/09/2014 07:16 CEST | Actualizado 25/11/2014 11:12 CET

Cagarse en las banderas

banderasNo se trata de animar a los legionarios a desfilar con la cabra portando el cristo crucificado, llevar una banderita en el reloj u otras horteradas que se han perpetrado en el pasado, pero no estaría mal mostrar un poco más de afecto por la España constitucional y sus símbolos.

Resulta obvio recordarlo, pero los que creen más y mejor en sus ideas tienen muchas más posibilidades de lograr que se realicen que los que creen poco. Creer o no creer es una de las claves del éxito de los separatismos en la España actual.

Está claro que cuando Guardiola dice que apoya la independencia y reitera su amor por Cataluña eso refuerza a la nada minoritaria masa de catalanes que apoya la secesión. No sólo por la importancia pública del personaje -un ídolo futbolístico hoy día es prácticamente lo máximo que se puede ser en la vida-, sino por la rotundidad y convencimiento de sus ideas.

En cambio, de la parte de los catalanes o resto de españoles populares que no creen en la conveniencia de los separatismos, uno observa una actitud muy diferente. Los que no callan, se manifiestan con timidez, con frialdad hacia el status quo.Es decir, la unidad de España. Abunda la frialdad, el cinismo, el escepticismo, el descreimiento hacia los símbolos como las banderas y, más en concreto, la bandera española constitucional que habitualmente es puesta a la altura del betún para eliminar cualquier tipo de sospecha.

Así Jordi Évole dirá, y queda de lo más cool, que le asustan por igual "el banderón español de la plaza de Colón y las banderas esteladas que dominan las cimas de las montañas catalanas" (como si fuera comparable una bandera ubicada en un punto concreto a las miles de esteladas que inundan cualquier pueblito catalán). "Mi única bandera es la del Barça", proclama.

Algo parecido pasa con Javier Cercas, catalán de adopción, quien afirma que no es nacinonalista ya que "el nacionalismo es una estafa", para acto seguido aclarar, por si estas afirmaciones pudieran ser sospechosas de rancio nacionalismo español, que en el resto de España "cualquier avance del catalán es percibido como un retroceso de España, y al revés". Otra vez el seudoempate. Para Cercas, la falta de credibilidad del nacionalismo catalán es, en su opinion, que la sociedad catalana es tan corrupta como el resto de España y Pujol supera a Bárcenas.

Karra Elejalde, actor vasco residente en Cataluña, está claro que no comulga demasiado con el separatismo, pero acaba su entrevista diciendo que se "haría unos calzoncillos con todas las banderas del mundo. Para llevarlos cagados".

Por si cupieran dudas, el Gobierno piensa que el problema del separatismo es básicamente que no cumple la ley. Como si eso bastara para convencer a alguien.

No sé, no se trata de animar a los legionarios a desfilar con la cabra portando el Cristo crucificado, llevar una banderita en el reloj u otras horteradas que se han perpetrado en el pasado, pero no estaría mal mostrar un poco más de afecto por la España constitucional y sus símbolos. Si todo lo que se puede decir en defensa de la igualdad de todos los españoles es que me cago en todas las patrias (incluida la mía), que tú eres tan corrupto como yo o no cumples la ley, los nacionalistas periféricos ganan seguro, porque son gente que creen en sus símbolos y en los valores de la nación que dicen representar.

Mientras cualquier manifestación de afecto por lo español, cuando no se hable de deporte o comida, sea percibida como una muestra de facherío, de ser un hortera, un inculto o simplemente poco cool, no hay mucho que hacer.

Una nación que no se sostenga en sentimientos puede ser una meta loable, como sugiere Arcadi Espada, pero apenas se conocen casos en la historia.

Los independentistas catalanes lo saben bien y bien que se aprovechan y seguirán aprovechándose de ello.

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