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19/09/2013 07:31 CEST | Actualizado 18/11/2013 11:12 CET

La estelada en Oslo

Siguiendo el curso del río Akerselva en dirección al centro de Oslo en uno de mis primeros paseos vi una Estelada que ocupaba un ventanal de un edificio de pisos amarillo que en cierto sentido desentonaba con el entorno circundante.

Nada más llegar a Oslo una de las primeras cosas que vi fue una Estelada. Si, siguiendo el curso del río Akerselva en dirección al centro de Oslo en uno de mis primeros paseos vi una Estelada que ocupaba un ventanal de un edificio de pisos amarillo que en cierto sentido desentonaba con el entorno circundante. Tenía aspecto de haber sido construido en los años 60 o 70 probablemente para alojar familias inmigrantes que llegaban a Noruega de países como Pakistán, Somalia o Filipinas.

Allí estaba, la bandera estelada o "estrellada" en su traducción castellana. Estaba algo trabajada, medianamente amortizada diría yo después de haber sido probablemente utilizada en un buen puñado de manifestaciones y puede que partidos de fútbol. Si bien es cierto que había perdido algo de color, el poderoso contraste entre el rojo y el amarillo por un lado y el azul y el blanco por otro la hacían inconfundible.

Fue la única bandera que vi en toda la tarde aparte de las banderas noruegas de los edificios gubernamentales del centro de la ciudad. Y eso que no llevaba en Oslo ni una hora. Vista en la distancia, alguien que no supiera nada del tema puede que relacionara esa bandera con alguna pequeña república centroamericana que obtuviera su independencia de España acaso en el primer cuarto del siglo XIX. A uno le quedaba la impresión de que por mucho que viva fuera de España y se separe prudentemente, aunque sólo sea por unas horas, de la lectura de diarios españoles por Internet, los ecos de la Diada, de la permanente falta de encaje de Cataluña con el resto de España siempre nos acompañarán allí donde estemos. Casi como una maldición bíblica.

No pude evitar pensar qué se le habría pasado por la cabeza a ese estudiante o quizás emigrante catalán, quiero suponer, para sentir la necesidad de poner ese banderón en una de las pocas ventanas de su piso, obstruyendo la luz que es un bien tan preciado en una ciudad como Oslo. Me imaginé un poco su vida, desmintiendo perpetuamente su españolidad, realizando aclaraciones, explicando que hay una forma catalana de ver el mundo diametralmente opuesta a la española, que el nivel de vida y el civismo en su país es mucho más alto que en el resto de España y lo sería aun más si no sufrieran un expolio fiscal, encontrándose compatriotas de cuando en cuando a los que mostraría una afectividad que se traduciría en frialdad cuando se topara con un cordobés o uno de Segovia. Un ejercicio a veces fatigoso, sin duda, pero también reconfortante sobre todo cuando uno lo siente, le sale de dentro.

Continué mi paseo disfrutando del paisaje y de esa manía tan estupenda de los noruegos de crear zonas peatonales donde uno puede caminar sin interrupción durante más de cincuenta minutos. Me topé con algunos bares y restaurantes de pintxos y vinos o tapas en el equivalente Noruego al Mercado de San Miguel. Este tipo de establecimientos en ciudades tan opulentas y asépticas resultan siempre demasiado caros, elegantes, sofisticados y, por qué no decirlo, impostados. Uno diría que prevalece el concepto que no el espíritu.

También vi Zaras y Mangos en las calles comerciales del centro. Y algunos chicos noruegos vestidos con camisetas azulgranas del Barcelona jugando en campos de hierba artificial. Y durante las retransmisiones de la Champions League por televisión el spot introductorio estaba protagonizado por unos jugadores vestidos con la nueva equipación roja y amarilla del Barcelona.

Sin embargo, lo más español que vi aquel fin de semana, por estética y porque de alguna manera entendía su manera de pensar, fue aquella bandera estelada en aquel bloque de pisos en ese barrio periférico de Oslo.

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