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10/11/2015 07:02 CET | Actualizado 09/11/2016 11:12 CET

Morir en Nueva York

2015-11-05-1446745622-2295791-elcomensal.jpeg Dice Gabriela Ybarra en su libro El comensal que la relación con la muerte en Estados Unidos es más natural que en España. En concreto, se refiere a que en Norteamérica "son muy brutos a la hora de decirte las cosas."

La autora se basa en la experiencia de su madre en un hospital de Nueva York para el tratamiento del cáncer. Uno de los doctores, al tiempo que le regalaba un clavel metido en un vaso azul, le informó sin preámbulos que el cáncer se había expandido a distintas partes del cuerpo y que iba a morir en cuestión de días. Posteriormente, un psicólogo la visitó en su habitación y tuvo una conversación con ella. El lector no conoce en ningún momento el contenido de estas conversaciones con los profesionales.

La madre de la autora falleció en Madrid, pocos días después. El libro, no necesariamente una novela, como se ha dicho -por mucho que realice una reconstrucción del secuestro y muerte de su abuelo a manos de ETA cuando ella no había nacido-, es interesante y merece una lectura. Sin embargo, desde mi punto de vista, Gabriela Ybarra se confunde en dos cosas. La primera, una confusion muy española, es identificar Nueva York con Estados Unidos. América no es Nueva York, Nueva York también es América.

Dos cosas distintas. Nueva York es excepcional en el contexto americano y mundial, y ni mucho menos el cómo se comunique en un hospital de élite puede tomarse como botón de muestra. De hecho, la cultura norteamericana es bastante indirecta, y el lenguaje claramente eufemístico tiene como premisa volcarse en lo positivo de las situaciones. Si algo no son los norteamericanos, es brutos al decir las cosas. Más bien pecan de lo contrario.

El segundo es pensar que la relación de los estadounidenses con la muerte es natural y de quitarle importancia. Nada más lejos de la realidad. Si algo no tienen claro los estadounidenses es su relación con la muerte, un fenómeno innombrable y completamente ausente de la esfera pública, empezando por esa especie de reclusión de muchos ancianos que viven en urbanizaciones y comunidades especialmente pensadas para ellos, pero que actúan casi como cordón sanitario.

Cuando alguien muere, la gente expresa sus condolencias, pero no quiere saber demasiado de ello. Cuando murió mi padre, únicamente dos estudiantes me enviaron un correo electrónico expresando sus condolencias. Curiosamente, eran los dos únicos estudiantes latinos que tenía en la clase. El resto son chicos estupendos, pero es obvio que tienen más problemas para hablar de estos temas.

El relato de Ybarra pone un especial énfasis en la frialdad, a pesar de que los que mueren son familiares muy allegados de la autora. Es reivindicativa en este sentido dee ver la muerte como una circunstancia más, hasta cierto punto irrelevante, en la que casi seríamos más felices si supiéramos desde el comienzo cuál iba a ser el día de terminación de nuestros días, como los replicantes de la película Blade Runner. La muerte sería un asunto que gestiona mejor un psicólogo que un cura (Ybarra habla de no sucumbir "al arrebato religioso"), un cirujano que un rabino, según la autora, y que, hasta cierto punto, no requiere de grandes reflexiones en un contexto posmoderno o, si se quiere, hipermoderno.

El comensal es un libro interesante y se lee bien (aunque para que su estructura acabe de cuajar no basta que las dos historias principales que la componen tengan que ver con familiares directos de la autora) pero su tesis principal, la de que la muerte no debe ser tan importante, sirve hasta cierto punto como coartada a la autora para dejar muchos cabos sueltos.

Su mayor interés reside en ser un obra hasta cierto punto representativa de una nueva forma de corrección política que reivindica, quizás involuntariamente, el refugio en el divertimento (lo cotidiano, salir a comer, las vacaciones) como forma "de llegar insensiblemente a la muerte". (Pascal dixit).

Pero el problema es que si la muerte es relativamente poco importante, la vida también lo acaba siendo.

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