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07/10/2013 07:17 CEST | Actualizado 06/12/2013 11:12 CET

¿Qué esperan del papa Francisco?

Hay mucha ingenuidad y un punto de hipocresía en aquellos que le jalean, muchos de los cuales desprecian todo lo que huela a religión. Piensan que las religiones son sólo bálsamos necesarios para quienes carecen de la inteligencia o la valentía para enfrentarse a los escollos de la vida.

No se puede negar que en España el catolicismo ha quedado prácticamente reducido a cenizas en cuestión de 25 o 30 años. Puede decirse que existe un amplísimo consenso social que defiende vivir en un modelo de sociedad secularizada en el que las personas del mismo sexo pueden casarse, en la que el uso de los métodos anticonceptivos es mayoritario, en la que el aborto se entiende como un derecho y una prerrogativa de la madre (el consenso quizás es menor en esta cuestión), donde las fiestas religiosas son vividas como meros días de vacaciones e incluso en la que el pensamiento y las filosofías orientales disfrutan de un prestigio que el cristianismo hace mucho que ha perdido.

Por decirlo de otra manera, vivimos en una sociedad en la que los argumentos con un componente religioso están claramente devaluados en cualquier debate que se sostenga en la esfera pública. No es una situación rara ni excepcional. Ni más ni menos que como lo que pasa en el resto de occidente.

Sí, es verdad que, como siempre se dice, quedan en España muchas escuelas religiosas concertadas y en buena parte la iglesia es financiada con cargo al contribuyente. Pero también es cierto que el impacto social de las escuelas religiosas en la forma de pensar y las costumbres de los chicos es mínimo y que hay una buena cantidad de organizaciones con menor implantación social que la iglesia que también reciben subvenciones estatales. Si la iglesia se autofinanciara mediante las contribuciones de sus fieles, lo cual no es ilógico en absoluto, otras muchas organizaciones con menor implantación social también deberían hacerlo.

También quedan algunos símbolos religiosos en la vida pública pero son cada vez menos y acabarán extinguiéndose si no se produce un cambio muy brusco de tendencia. Si nada ni nadie lo remedia se camina irremisiblemente hacia una sociedad postcristiana.

Por eso, como alguien que piensa que las religiones pueden desempeñar un papel muy positivo en las sociedades modernas reforzando los lazos de fraternidad entre las personas más allá de la solidaridad impuesta por el estado, como generadoras de sentido y por su capacidad para ayudarnos a entender otras culturas en las cuales el componente religioso es muy importante, me sorprende las esperanzas creadas por el papa Francisco entre personas que ni son religiosas ni aprecian particularmente el catolicismo, su narrativa y sus dogmas.

Sorprenden las elevadas expectativas en el líder de una organización con tan poca influencia de facto para dictar las formas de vida en nuestra sociedad. ¿Cuánta gente va a misa? ¿Cuánta gente practica los sacramentos? ¿Cuánta gente vive de acuerdo a los preceptos que proclama la iglesia? Sabemos que muy pocas y me sorprendería que la gente que va a la iglesia con regularidad llegara a ese 15% que aparece en las encuestas.

Quizás haya quien piense que el papa actual puede ser un factor dinamizador a la hora de luchar contra la pobreza en el mundo, pero eso es que desconoce que los papas anteriores han tenido posturas muy parecidas al respecto y que una gran mayoría del clero, más en los países en vías de desarrollo, se dedica a ello.

Sabe de lo que habla. Hay autenticidad y conocimiento en las palabras del papa Francisco. Es de agradecer un cambio de estilo en el papado a la hora de establecer agendas y relacionarse con la sociedad sobre todo en los temas que más interesan a la gente.

Sin embargo, eso no es óbice para que haya mucha ingenuidad y un punto de hipocresía en aquellos que hoy le jalean, muchos de los cuales son aquellos que desprecian todo lo que huela a religión y, en particular, a catolicismo. Aquellos que piensan que las religiones son sólo bálsamos necesarios para aquellas personas que carecen de la inteligencia o la valentía para enfrentarse a los escollos de la vida.

Entre los que habría que incluir al papa Francisco, sin ir más lejos.