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13/12/2018 13:05 CET | Actualizado 13/12/2018 13:05 CET

Los chalecos amarillos encarnan las mayores patologías francesas

SIPA USA/PA Images
Las reacciones de los chalecos amarillos tras la intervención del presidente Emmanuel Macron fueron de una negatividad absoluta.

Si bien las reivindicaciones sociales de los chalecos amarillos al principio apelaban a la comprensión, su reacción ante las concesiones hechas por Emmanuel Macron el 10 de diciembre puso fin a ello. El presidente francés propuso una serie de medidas sociales que costarán 10.000 millones de euros al presupuesto del Estado, pero esto no es suficiente para un movimiento que demuestra que su verdadero deseo no es tanto la reforma social como la instalación de un clima de inestabilidad institucional.

Las reacciones de los chalecos amarillos tras la intervención de Macron fueron de una negatividad absoluta. Demostraron que para ellos lo importante no era llegar a un acuerdo para resolver problemas sociales graves. El objetivo principal es dejar a las instituciones en una situación crítica y que la violencia imponga su fuerza.

Nadie niega las dificultades sociales que para una parte de los franceses se incrementaron desde la crisis de 2008. Sin embargo, el movimiento de los chalecos amarillos también revela varias patologías de la sociedad francesa que son mucho más antiguas y estructurales.

1. La desconfianza como dogma

Los economistas Yan Algan y Pierre Cahuc escribieron hace años un ensayo sobre la sociedad francesa de desconfianza que parece más de actualidad que nunca. En Francia nunca hay que alegrarse de los que triunfan, ya que el propio hecho de triunfar es sospechoso. Los chalecos amarillos encarnan este estado de ánimo. En lugar de pensar que las medidas sociales propuestas por Macron (aumento del salario mínimo, horas extras exentas de impuestos, supresión de la Contribución Social Generalizada) podrían mejorar su suerte, se dedican a fustigar aún más a quienes, según ellos, les va mejor que a ellos. Esta sensación de recelo es un mal profundo de la sociedad francesa que se encuentra en todos los niveles.

Por ejemplo, cuando un universitario francés obtiene un premio o lo condecoran, mejor no hablar mucho del tema en la web de su departamento, ya que todos los colegas que no lo han recibido podrían tomárselo mal. La patología francesa del recelo existe, y de la envidia malsana, que muestra a una sociedad incapaz de alegrarse de aquellos a quienes les va bien. Si triunfas en la sociedad pasas directamente a ser sospechoso de engaño o de haber vivido a costa de los demás.

Las élites políticas salidas del alto funcionariado público tienen su parte de responsabilidad al haber transmitido esta creencia en el Estado tótem.

2. El Estado todopoderoso

Francia está enferma de su Estado, ese que la historia ha transformado en un monstruo obeso encargado de organizar, distribuir y regular todo. Llegados a ese punto, las élites políticas salidas del alto funcionariado público tienen su parte de responsabilidad al haber transmitido esta creencia en el Estado tótem. Una parte de los chalecos amarillos profesa un culto sin moderación a un Estado total e idealizado, que supuestamente debe regir por completo la vida de los hombres e igualarla, confiscándoles una parte a quienes han triunfado para dársela a quienes no han tenido tanto éxito. Ya no se trata de la redistribución que fundó el Estado de bienestar democrático, sino de algo totalmente diferente: el deseo de confiscación.

El historiador Marc Lazar publicó hace unos años una obra en la que concluía que el comunismo como partido político estaba muerto en Francia, pero su modelo y sus ideas, no. Tenía razón. Los chalecos amarillos sueñan con un Estado en el que todo el mundo tenga el mismo salario, en el que la propiedad privada sea redistribuida en pequeños lotes por el Estado. De algún modo, todavía creen en un comunismo autoritariamente igualador.

Está claro que el ideal político de los chalecos amarillos sería tener un Trump a la francesa.

3. La relación con la democracia

Aunque se aproveche de todas las libertades que ofrece la democracia, el movimiento de los chalecos amarillos no la respeta. Los chalecos amarillos justifican la violencia y están dispuestos a apoyar a un hombre fuerte o a una mujer fuerte como cabeza del Estado autoritario igualador. Detestan el Parlamento y la democracia representativa, así como a los partidos, los sindicatos y los organismos intermediarios. Tampoco les gusta la gente educada, de ahí esa animosidad muy personalizada hacia Macron, que encarna la figura del 'primero de la clase', aquel que triunfó desde muy joven.

El sueño político de los chalecos amarillos sería tener un 'lenguaraz' capaz de decir que él o ella puede resistir a todo en su nombre. Donald Trump ha ironizado en sus tuits sobre el hecho de que algunos chalecos amarillos escribieran en sus pancartas "¡Queremos un Trump!". Da igual si eso es o no cierto. Pero está claro que el ideal político de los chalecos amarillos sí sería tener un Trump a la francesa que afirmara alto y claro: "Los voy a meter en vereda a todos esos de allí arriba" ('ellos', por oposición a 'nosotros'). Voy a bajar de un día para otro los impuestos, a salir de la Unión Europea y a ajustarles las cuentas a todos esos extranjeros que alimentan el dumping social o precarización salarial. ¡El que ríe el último ríe mejor!".

Por primera vez en mi vida como ciudadano francés, tengo una sensación amarga de temor por el futuro de la democracia en mi país.

Por primera vez en mi vida como ciudadano francés, tengo una sensación amarga de temor por el futuro de la democracia en mi país. La situación evoca el final de la República de Weimar. No hay que olvidar que en 1933 Hitler se apoyó en quienes tenían la sensación de haber fracasado en su vida para oponerlos a quienes habían triunfado. De ahí el odio a los judíos, ciudadanos integrados en la sociedad que enseguida fueron acusados de ser ricachones responsables de la crisis de 1929. Si los chalecos amarillos siguen en la misma línea e imponen su lógica, no podremos escapar de ese 'lenguaraz' al que las instituciones democráticas le darán totalmente igual. Lo importante para él será hablar alto y agitar aún más a las masas (que no es sinónimo de pueblo), ya que le parecerá útil para la perennización de su propio poder. Y entonces habremos perdido todo. Ahora toca a la sociedad francesa —incluso a las personas que, como yo, veían reivindicaciones sociales interesantes en el movimiento de los chalecos amarillos— decir 'basta' a lo que se ha convertido en un simple negativismo.

Este artículo fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Francia y ha sido traducido del francés por Marina Velasco Serrano

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