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02/06/2018 11:31 CEST | Actualizado 02/06/2018 11:31 CEST

¿La cuarta mujer?

CARLOS PINA

De las revoluciones se sabe como comienzan, pero no siempre como terminan. Es la astucia de la historia dijo la feminista Nancy Fraser, quien advirtió como la segunda ola del feminismo acabó involuntariamente siendo parte de otra revolución, la del neoliberalismo. El anti estatismo y el abandono del feminismo social, coincidieron con los ideales de mercado. Incluso la liberación sexual, según la autora, derivó en un sexo de mercado poco ventajoso para las mujeres. Como una broma terrible, es como si las chicas hubieran tranzado un contrato indefinido por boletas de honorarios al mismo empleador.

El filósofo Gilles Lipovetsky en La Tercera mujer describe como los valores del capitalismo tardío resignifican cuestiones de las cuales se suponía las mujeres se emanciparían. "La tercera mujer", a diferencia de sus dos antecesoras – que en la historia oscilaban entre la nada y un lugar de objeto – adviene sujeto. Y si bien ello abrió nuevas posibilidades existenciales, paradójicamente se siguieron reproduciendo algunos de los estereotipos previos; por ejemplo, el amor de pareja como vía de realización personal o la inmensa inversión femenina en belleza. Nombrados ya no como opresión, sino como parte de la moral del "self made man/woman", que supone que todo lo que nos ocurre es producto de las propios anhelos y capacidades. Así fue como el gastarse los ahorros para ponerse un par de siliconas, comenzó a ser una cuestión de orgullo: "Es para mí, no para los otros".

Ha despertado una nueva marejada en el feminismo. Y precisamente se activó con la verificación de que la experiencia del abuso sexual no era un asunto personal, sino estructural

Por fortuna el plástico fue pasando de moda, tanto en los cuerpos de las mujeres como en el mundo. Pero como la broma del mercado es infinita, aparecieron nuevas opresiones, envueltas esta vez en la revolución ecológica. Y ahí entraron las súper madres. No por alguna obligación patriarcal, pues los padres de las nuevas generaciones suelen estar implicados y comprometidos con la crianza y lo doméstico. No obstante, como nunca antes, las madres jóvenes están asfixiadas bajo el yugo de la maternidad de manual de autoayuda y las falacias naturalistas (si es natural es mejor).

Ha despertado una nueva marejada en el feminismo. Y precisamente se activó con la verificación de que la experiencia del abuso sexual no era un asunto personal, sino estructural. Más allá del semblante de la mujer moderna, algo no había cambiado tanto. Resurge así la potencia de la idea de que lo personal es político. Y si puede producirse algo así como la cuarta mujer, pasará no sólo en su reconocimiento como sujeto de deseo, sino que también como sujeto social.

Pero de las revoluciones se sabe como comienzan, pero no donde terminan. Pienso en al menos dos trampas fatales para este nuevo impulso feminista: Uno: que caiga en la ideología maniquea, que simplifica el mal. Lo pongo de este modo: así como el mundo demoró mucho en verificar que los conflictos mundiales eran más complejos que la dicotomía occidente versus los terroristas islámicos; no todo lo que atañe a la situación de las mujeres se llama patriarcado. No olvidemos que el orden económico hoy no requiere patriarcas para reproducirse. Dos: que la potencia de "lo personal es político" quede reducida a una instancia policiaca y paranoica, afanada en la captura de machismos potenciales, incluso en quienes son compañeras de filas.

Este artículo se publicó originalmente en www.latercera.com

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