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12/12/2016 07:23 CET | Actualizado 12/12/2016 07:23 CET

Las dietas, el amor y el hambre

sombrillaEl amor tiene una condición tripal. Se nos cierra o se nos abre el apetito muchas veces de acuerdo a nuestro reflejo en los ojos de otro: en tiempos en que somos el objeto de deseo de ese alguien que nos importa queremos ser comidos antes que tragarnos los postres; mientras que en los tiempos del amor fraternal, ese amor seguro y tranquilo, la escena es cálida de ternura y calorías.

Ilustración: ISTOCK

Escuchaba hace poco a un nuevo famoso que escribió un libro sobre una dieta rara, una con la que al fin habría podido bajar muchos kilos, convirtiéndose prácticamente en otro ser humano. El establishment de la nutrición puso el grito en el cielo, alegando que el nuevo flaco es un farsante, que no estudió medicina, que la OMS dice tal cosa, que pone en riesgo a la población, etc. El nerviosismo de los profesionales es harto justificado, porque el nuevo flaco se presenta como una especie de terrorista de las dietas, trayendo un método que contradice mucho de lo que veníamos escuchando sobre recomendaciones de alimentación. Tocino salteado en mantequilla y aguacate con aceite -básicamente un paroxismo de la grasa- a primera hora, como sugiere el nuevo gurú, es para mí una arcada antes que un sueño. No sé, quizás porque en mi pasado genético de recolectora nunca tuve acceso al mamut completo, hay cosas que tras años de evolución me caen algo pesaditas. Como sea, el libro es un hit de ventas, parece que en estas materias -que tanto nos importan-, lo razonable queda suspendido.

Y es que comer, para los seres humanos, poco tiene que ver con lo razonable del saber nutricional. Así como el sexo humano dejó de ser una máquina ultraprogramada para la reproducción, como en otras especies, comer está lejos de ser una práctica acotada a la alimentación. Comer es el primer drama shakespeareno en el que nos involucramos, básicamente por el hecho de que, desde que llegamos al mundo, somos alimentados por otro, se teje una majamama en la que amor y nutrición quedan confundidos: antes que lo que nos dan, nos importa más el cómo nos lo dan. El niño busca a veces el pecho para calmarse antes que por hambre, así como a veces lo rechaza para frenar a una madre asfixiante. Quien tenga hijos reconocerá esa demanda infinita del niño que no sólo pide agua, sino que la pide en su vaso preferido, pero además exige que la madre lo acompañe mientras la toma: esa sed es una sed de amor.

El cuerpo habla de nuestra posición subjetiva, es decir, de quién somos en el escenario de ese montaje del cual somos parte.

El amor tiene una condición tripal. Se nos cierra o se nos abre el apetito muchas veces de acuerdo a nuestro reflejo en los ojos de otro: en tiempos en que somos el objeto de deseo de ese alguien que nos importa queremos ser comidos antes que tragarnos los postres; mientras que en los tiempos del amor fraternal, ese amor seguro y tranquilo, la escena es cálida de ternura y calorías.

Nunca estamos solos en el asunto de comer o cerrar la boca, aunque conscientemente afirmemos que la dieta la hacemos para nosotros mismos, habitar un cuerpo implica siempre un lugar en la trama con otros.

La imagen está lejos de ser una banalidad, aunque sostengamos eso en nuestro doble discurso para alegar que lo importante va por dentro y sentirnos así seres más nobles. Por supuesto que la obsesión con la belleza es una estupidez, que evidencia una ansiedad que puede incluso generar rechazo antes que atracción. Pero voy a que la imagen no es simplemente un afuera. Como dice Paul Valéry, lo más profundo del hombre es la piel.

El cuerpo habla de nuestra posición subjetiva, es decir, de quién somos en el escenario de ese montaje del cual somos parte. A veces, somos el hijo adolescente que, frente a la actuación hipersexuada de los padres, debemos esconder nuestro cuerpo de adulto bajo capas de grasa.

Otros pueden sacar cuerpo, por más batidos de proteínas que hayan tomado en su vida, sólo cuando logran independizarse en una vida más allá de la condición de hijo. Otros, luego de una operación gástrica no saben más quienes son, perdiendo no sólo la mitad de sí, sino que también su líbido y su chispeza. Así como algunos, tras años de dietas fallidas, basta de pronto con la mirada lujuriosa del compañero de oficina para que el apetito cambie de objetivo.

Seguramente por eso no hay dieta infalible, porque hay rollos que son resistentes a las imposiciones cosméticas y las buenas razones médicas. Somos algo más complejo que un cúmulo de células por administrar.

Este post fue publicado originalmente en hoyxhoy