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20/09/2018 07:11 CEST | Actualizado 20/09/2018 07:11 CEST

Puta y resentida

PIXABAY

A los trece años se me ocurrió que era puta. Intuía, sin saber cómo explicarlo, que en la distribución de las mujeres de acuerdo a las categorías masculinas, la puta y la dama, mi destino era el primero. Yo sería de las que no se presentan a la familia. Encontré una foto de ese tiempo, donde aparezco con la falda mano y media más corta que mis compañeras, y sé que no se trataba de acto de rebeldía alguno. No. Yo buscaba amor. O eso pensaba. Hoy creo que quería aventuras, y para mí en ese momento, la única posible era a través de la mano de un hombre. La adolescencia se trató en mi caso de una oscilación entre esa búsqueda desesperada y defenderme de ese destino en el desinterés más absoluto respecto de las cosas adolescentes. Los asuntos de los jóvenes se me volvieron despreciables.

Por muchos años, esta fue mi obsesión. El tiempo para mí a los trece años quedó desquiciado, y supuse que mi mala fortuna era recomponerlo. Responder este embrollo, resolver un lugar sexual y existencial menos asfixiante.

Las respuestas que vinieron fueron individuales, que la dependencia, que las carencias de la historia familiar; pero de lo que no caí en cuenta hasta hace pocos años, era de las consecuencias sociales de esa historia familiar. Más que un declive, diría que en mi caso fue un estallido, que cambió algo más que un lugar económico; fijó mi lugar en el ordenamiento patriarcal: quedé del lado de las niñas que cuelgan del patriarcado. Las que sin el tutelaje, simulado o no, de tener el cuerpo vigilado por los machos de la familia - ese "no te metas con mi hija o con mi hermana" - quedan en una fragilidad en el intercambio social/sexual. Estúpido y endogámico, pero se trata de una figura que opera en la realidad.

Mis conflictos, al menos los que relato, colgaron de una telaraña social antes que de un asunto individual. Porque la adolescencia es una cuestión de clase: ser niñas grandes, viejos chicos, aventureros, rebeldes, el tiempo de distancia entre la niñez y la adultez, cuánto eso se puede prolongar y cómo se vive, depende en parte del propio lugar en el mundo. A los niños ricos se los libera de manera protegida, se les compran experiencias, se les enseña el riesgo controlado en la montaña, en la playa, en los viajes. Los niños pobres, son criados hacia dentro, porque su mundo exterior puede ser peligroso, que el joven no entre en la pandilla, que la chica no quede embarazada.

La consciencia de clase, la evidente, pero también la más grácil, permite abordar malestares que superan el voluntarismo

Digo ricos y pobres de manera literal, pero también como nombres metafóricos. Las letras de la estratificación socioeconómica no explican toda la experiencia de clase, ya que ésta es también una cuestión porosa. Está cruzada, por ejemplo, por el género, los códigos eróticos patriarcales, entre otras cosas, que también delinean como se habita lo privado y lo público. Hoy se habla mucho del análisis de los privilegios, pero no siempre se consideran las sutilezas de los códigos sociales; hay también algo líquido en los conflictos de clase.

Mi crianza fue en la versión de retracción social, hacia dentro, con poco sustento para lo público. Y el eco en la adultez, fue ese miedo que se vive con vergüenza a los aprendizajes que no fueron. Hay quienes cuando grandes ocultan que no saben nadar, o que no se atreven al deporte aventura (yo misma nunca entendí ese entusiasmo), también el segundo idioma mal hablado, o incluso el primero. Hay conflictos de pareja, que son sociales antes que sexuales, y que además tienen la dificultad de que sus diferencias de clase se les vuelven un tabú. O los que sienten culpa de superar a sus padres y desclasarse, boicoteándose de diversas formas; tal como Freud describió en su ensayo Los que fracasan cuando triunfan. "Habla el lenguaje de tus padres, y seguirás siendo nada, habla el idioma de los maestros, y ahí sí te volverás algo, pero solo al precio de borrar tus orígenes, escribió Mark Fischer a propósito de este dilema. Están los que blanquean el dedo emoticón de WhatsApp, pero también hay quienes se lo oscurecen, porque el abajismo habla de que la culpa de clase también duele.

Como sea, el conflicto social tiene eficacia, aunque a veces no seamos conscientes de ello. Por eso que la consciencia de clase, la evidente, pero también la más grácil, permite abordar malestares que superan el voluntarismo. "La privatización del estrés es un sistema de captura perfecto(...). Las causas sociales y políticas quedan de lado", dijo Fisher, quien analizó su propia depresión como consecuencia de la ideología. Hay un resentimiento que es emancipador, una ira que politizada, salva.

Este post se publicó originalmente en latercera.com