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05/11/2012 08:26 CET | Actualizado 04/01/2013 11:12 CET

España votaría a Obama

Un 83 % de los españoles tiene una opinión positiva de Obama, mientras sólo un 29 % la tiene de Romney. El candidato republicano sigue siendo un gran desconocido y algunos de sus principales rasgos -su riqueza, el enorme éxito de su carrera corporativa, incluso su filiación religiosa- no generan demasiadas simpatías.

La irrupción de la súper tormenta Sandy ha venido a añadir una buena dosis de emoción a la recta final de la campaña electoral norteamericana. Incluso en España, donde las cuestiones internacionales no suelen ocupar un lugar muy destacado en las preferencias de la opinión pública, las elecciones en Estados Unidos han representado tradicionalmente una excepción a la norma.

La imagen de un presidente que aparca la contienda para visitar un Nueva Jersey devastado, junto con un acérrimo opositor, el gobernador republicano Chris Christie, y para ofrecer su apoyo y su consuelo a unos ciudadanos que lo han perdido todo podría servir de ejemplo para una clase política que no es capaz de ponerse de acuerdo en lo más básico; y ha servido para relanzar el interés por una campaña que ha generado, en general, mucha menos expectativa que la de 2008. Entonces, la mayoría de los españoles se sumó a la ola de esperanza que suscitó Obama y que recorrió Europa. Hoy, es la decepción por lo limitado de sus logros y de su actuación la que domina las percepciones a este lado del océano. Y uno no puede dejar de tener la sensación de que, a pesar de todos los discursos sobre la amistad y los valores trasatlánticos, su Gobierno ha hecho muy poco para aliviar los males de los europeos, y de que Estados Unidos ha decidió concentrarse en Asia, dando la espalda a sus antiguos aliados.

Pese a ello, un 83 por ciento de los españoles tiene una opinión positiva de Obama, mientras sólo un 29 por ciento la tiene de Romney, según la encuesta Trasantlantic Trends 2012. Aunque obviamente algo ha cambiado en las últimas semanas, el candidato republicano sigue siendo un gran desconocido y algunos de sus principales rasgos -su riqueza, el enorme éxito de su carrera corporativa, incluso su filiación religiosa- no generan demasiadas simpatías entre nuestros ciudadanos. Además, sus comentarios despectivos sobre España en el primer debate televisivo no han ayudado mucho a mejorar su imagen (no es que le importe tampoco). La realidad es que Obama también ha hecho algún comentario sobre nuestro país durante la campaña, pero con connotaciones menos negativas y para decir que es demasiado grande y que no se le puede dejar caer.

Además, no deja de ser interesante, que Estados Unidos haya recuperado un lugar privilegiado en la percepción de los españoles entre los principales países del mundo. En junio de 2012 un 72 por ciento expresaba una opinión favorable, comparado con un 68 por ciento hacia Alemania o un 67 por ciento hacia Francia, según una encuesta de Metroscopia. Pero no siempre ha sido así. Como casi todos recordarán, la mayoría de los ciudadanos españoles estaban en contra de la invasión norteamericana de Irak -apoyada entonces por el Gobierno de José María Aznar-; se oponía a la guerra preventiva de George W. Bush y consideraba la existencia de armas de destrucción masiva una mera excusa y un ejemplo de arrogancia hegemónica. Ese estado de ánimo alcanzó su máxima expresión cuando José Luis Rodríguez Zapatero, aún jefe de la oposición, se negó a levantarse al paso de la bandera estadounidense durante el desfile militar del 12 de octubre. Cuando llegó a La Moncloa unos meses más tarde, la relaciones hispano-norteamericanas sufrieron las consecuencias de ese gesto.

Las fuentes diplomáticas definen la relación hoy como "perfectamente normal", pues no hay ningún conflicto relevante. Tampoco hay ninguna relación especial, que se diga. La ambición de Aznar de ser reconocido como un igual entre los socios de Washington desapareció en cuanto él salió del Gobierno; y al de Zapatero le costó varios años y mucho esfuerzo reconstruir la confianza mutua, aunque todo se fue al traste con la crisis y con sus tremendos efectos sobre la imagen de España en el exterior.

Si yo pudiera, votaría por Obama. Es cierto que sus logros no han estado a la altura de las expectativas que había generado. Es verdad también que el círculo vicioso en el que se encuentra la política americana -como la de muchos otros lugares, por cierto- parece estar únicamente al servicio de la autoperpetuación y que el presidente, pese a su promesa de reformar Washington, ni siquiera ha intentado ponerse a ello. Sin embargo, como europea, creo que es mejor tener en frente a un presidente americano que respeta y entiende el papel del Estado -incluso si nuestros conceptos del Estado del bienestar son completamente diferentes- que a uno que lo desprecia abiertamente. En cuanto a Romney, no puedo evitar tener la sensación de que con él Estados Unidos, y el resto del mundo, retrocederían a muchos de los principios que nos han llevado a la lamentable situación en la que nos encontramos: un entorno económico y financiero completamente desregulado y una política exterior agresiva y arrogante.

Dicen que el auténtico valor de un presidente americano se trasluce en su segundo mandato. A pesar de todo, creo que Obama merece una segunda oportunidad.

Este artículo es una versión del publicado en inglés por 'Open Democracy'.

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