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16/03/2019 09:31 CET | Actualizado 16/03/2019 09:31 CET

Pasé 16 meses de mi infancia encerrada en un almacén

Courtesy of Kris Flannery / SurvivingStraightInc.com
Uno de los almacenes de Straight Inc.

Cuando era pequeña, mi madre me encerró en un almacén y me dejó ahí. Durante 16 meses. Su marido me maltrataba y me acosaba sexualmente, pero al llegar a la pubertad, empecé a defenderme, y a nadie le apetece lidiar con una adolescente enfadada y escandalosa.

El almacén pertenecía a un programa de "amor severo" llamado Straight Inc. La organización Straight se definía a sí misma como un programa de desintoxicación, pero para niños. La Unión Estadounidense por las Libertades Civiles lo definió como "un campo de concentración para adolescentes abandonados". Straight se inauguró en 1976 con una única instalación en Florida (Estados Unidos); con los años, se ramificó por los estados de California, Georgia, Maryland, Massachusetts, Michigan, Ohio, Texas y Virginia. Mi experiencia comenzó en una de las filiales más crueles, en Sprinfield (Virginia), y terminó en un almacén de Stoughton (Massachusetts).

Mi historia comienza como la de los invitados habituales de Oprah Winfrey: mi padre murió cuando yo tenía un año. Mi madre necesitaba un sitio donde vivir, de modo que se enrolló con un tío con un acento sexy y con casa. El tío resultó ser un hombre sádico y alcohólico al estilo del de la tira cómica Chester the Molester, y empezó a abusar de mí cuando iba a primero de primaria. Muy típico, ¿no?

Salvo que cuando cumplí los 12, le eché un par y empecé a plantarle cara cuando intentaba tocarme las narices. Cumplí los 13 y me arrinconó en una esquina mientras mi madre miraba inmóvil. No movió un solo músculo cuando le supliqué que me ayudara, así que salí por patas. Cumplí los 14 en un refugio para niños sin hogar.

Un mes después, en 1985, con la campaña antidrogas Just Say No en todo su esplendor, Nancy Reagan y la princesa Diana visitaron una de las filiales de Straight para presenciar los milagros que obraban sobre esos adolescentes con problemas. Un pariente lejano vio la noticia y llamó a mi madre. El momento fue el idóneo, ya que los 30 días que podía pasar en el refugio ya se estaban acabando y no había ninguna familia dispuesta a acogerme. A lo que me di cuenta, ¡puf!, me diagnosticaron drogadicción (había fumado marihuana tres veces en mi vida), un trabajador de la organización me inspeccionó las cavidades corporales y me condujo al interminable interior del almacén.

Mi padrastro empezó a abusar de mí cuando iba a primero de primaria. Cuando cumplí los 12, le eché un par y empecé a plantarle cara.

Miré las filas y filas y más filas de sillas.

Sillas ocupadas por filas y filas y más filas de cuerpos de adolescentes.

Cuerpos con brazos en alto, manos dando vueltas y cabezas sacudiéndose violentamente, izquierda, derecha, hacia delante, hacia atrás.

Courtesy of Cyndy Etler
Cyndy Etler en su foto de la orla de primero de primaria, poco después de que su madre se casara con su padrastro.

Me encajaron en la primera fila de este agónico espectáculo y me dejaron ahí para que me pudriera. No podría hablar con mi madre durante los siguientes ocho meses. Al octavo mes, me habría ganado el derecho a mantener una "charla" supervisada de tres minutos con ella y solo se me permitiría recitar la frase "Me gustaría contarte un incidente que tuve con las drogas en el pasado" y "Lo siento. Te quiero".

Me gané ese derecho confesándoles (final pero falsamente) a los cientos de pacientes de Straight con el cerebro lavado con los que estaba presa que era una completa y asquerosa drogadicta. Que había hecho que mi padrastro abusara sexualmente de mí por ser una niña de seis años muy provocadora. Que todo era culpa mía.

No podría hablar con mi madre durante los siguientes ocho meses. Al octavo mes, me habría ganado el derecho a mantener una "charla" supervisada de tres minutos con ella.

Esas palabras ("Todo es culpa mía") fueron como un boleto de lotería premiado para mi madre. ¡Bingo! Lo había conseguido. Durante 16 meses, le estuvo enviando cheques a Straight Inc. con cuantiosas sumas de dinero que extraía de la indemnización que había recibido yo tras la muerte de mi padre.

Durante 16 meses, pasé 12, 15 o 18 horas al día motivándome (el ritual de sacudir la cabeza, y menear los brazos, la versión de Straight de levantar la mano en clase) y confesando pecados que no había cometido.

Straight tenía una fórmula brillante para hacernos creer que éramos adictos y obligarnos a confesar nuestras fechorías, independientemente de si éramos de los pocos muchachos que de verdad tenían un problema de drogadicción o uno de la gran mayoría que apenas habían probado la cerveza.

Su estrategia:

Encerrarnos en un edificio sin ventanas.

Torturarnos verbal, física y psicológicamente.

Dejar claro que la tortura solo terminaría cuando admitiéramos y creyéramos de verdad que éramos unos drogadictos perversos.

Enseñarnos el aspecto, el comportamiento y los pensamientos que debíamos adoptar enseñándonos a niños que ya habían conseguido lo que más ansiábamos: minúsculas briznas de libertad y, en última instancia, salir del almacén.

Su estrategia: encerrarnos en un edificio sin ventanas. Torturarnos verbal, física y psicológicamente. Dejar claro que la tortura solo terminaría cuando admitiéramos que éramos unos drogadictos.

Es un método de eficacia demostrada para modificar el comportamiento. Una investigación del Congreso estadounidense sobre The Seed, el programa del que derivaba Straight Inc., lo comparaba con las técnicas de lavado de cerebro utilizadas en los campamentos de prisioneros de guerra de Corea del Norte.

Straight utilizaba técnicas de tortura sacadas del manual de torturas a prisioneros de guerra (aislamiento, hambre, privación del sueño, humillaciones...) y las actualizaba para utilizarlas con adolescentes estadounidenses bajo nombres mucho más simpáticos. Estaba el ejercicio "máquina de azotainas", por el que una fila de niños nos poníamos en fila india, separábamos las piernas, nos inclinábamos hacia delante y golpeábamos con fuerza a la pobre criatura que estuviera pasando a gatas entre nuestras piernas. También estaba la "dieta de la mantequilla de cacahuete", por la que algún niño especialmente resistente tenía que vivir durante semanas o meses a base de agua y pan con mantequilla de cacahuete. Y la vieja confiable, la "terapia del escupitajo", por la que los niños se turnaban para insultar a gritos y echar escupitajos a la cara de la víctima seleccionada.

La fase de adoctrinamiento se llamaba "primera fase" y era un infierno. Estábamos atrapados y Straight se aseguraba de que lo supiéramos. Cada vez que alguien de la primera fase se ponía de pie o daba un paseo, uno de los "veteranos" (uno de los niños que ya habían ascendido por "admitir su adicción"), le enganchaba la goma del pantalón por atrás y se lo subía hasta los sobacos. Esa práctica tenía muchas ventajas: era humillante, la sensación que provocaba era de agresión sexual y evitaba que los novatos fueran por ahí correteando.

Straight utilizaba técnicas de tortura para prisioneros de guerra (aislamiento, hambre, privación del sueño, humillaciones...) y las actualizaba para utilizarlas con adolescentes estadounidenses.

Cuando alguien de la primera fase iba al baño, un veterano se quedaba a medio metro mirando. Si un novato recibía el castigo de la "terapia del papel higiénico", le daban tres porciones de papel higiénico. Punto. Daba igual lo que cayera al váter.

En la primera fase, el tiempo que estábamos despiertos en el almacén de Straight lo pasábamos sentados en una silla de plástico azul, "motivándonos" para ganarnos el derecho a ponernos en pie y confesar que habíamos sido unos auténticos demonios en el pasado. No teníamos contacto con nuestras familias. No teníamos permiso para hablar. No teníamos permiso para leer, escuchar música o ver la tele. Los chicos veteranos vigilaban las puertas y el perímetro de la zona de los chicos y las veteranas flanqueaban la parte de las chicas. Eran una furiosa barricada humana.

Por la noche, nos metían en habitaciones vacías con cerraduras y alarmas en el exterior de las puertas y ventanas. Estas habitaciones estaban en las casas de los veteranos y eran sus padres, también tras un lavado de cerebro, los que nos encerraban. Cuando el programa 60 Minutes emitió un episodio sobre Straight, un padre contó que les había expuesto sus preocupaciones a los trabajadores de esta organización: "¿Y si hubiera un incendio en mi casa por la noche?". Y luego contó la respuesta estándar de la organización: "Si tu hijo está en la calle, morirá. En el caso de que haya un incendio, morirá. Así pues, la situación no es peor en ningún sentido".

Tardé 10 meses en salir de la primera fase. Y eso que mi primera fase fue relativamente breve.

Los lunes y viernes por la noche hacíamos maratones de la terapia del escupitajo llamadas "evaluaciones". Era entonces cuando tenían lugar los verdaderos brotes psicóticos. Los niños que todavía no habían sido "sinceros consigo mismos en cuanto a su adicción" debían colocarse en el centro de una horda furiosa de niños para ser acribillados.

Cuando un niño terminaba de hostigar a la víctima, esta se quedaba quieta mientras sus cientos de compañeros empezaban a "motivarse", dándole puñetazos y bofetadas.

Uno tras otro, los enfurecidos niños de Straight, cuya cólera hacia sus padres había derivado en cólera hacia sus compañeros, arremetían contra la cara de las víctimas con escupitajos y les decían a gritos que todo el mundo les odiaba, que estar ahí encerrados en Straight era la prueba de ello. Cuando un niño terminaba de hostigar a la víctima y se sentaba, esta se quedaba quieta mientras sus cientos de compañeros empezaban a "motivarse", dándole puñetazos, bofetadas y golpes con manos, brazos y cabezas hasta que llamaban a otra persona para darle más terapia del escupitajo.

Si a un niño se le ocurría escapar, sentarse o cubrirse la cara mientras recibía la terapia del escupitajo o si algún otro niño dejaba de cantar una de las canciones de Straight, dejaba de "motivarse" con los brazos en alto, se acomodaba en su asiento, hablaba con el de al lado, no prestaba atención a la persona que tenía la palabra o hacía cientos de otras actividades inocuas y naturales en el ser humano, lo lanzaban al suelo de hormigón y los niños más grandes y crueles del grupo se le sentaban encima. Un niño encima de cada brazo, otro par de niños enfurecidos en las piernas y un quinto niño embutiendo la cabeza del infractor entre sus muslos. Tras una de las muchísimas demandas contra Straight, una niña recibió 37.500 dólares de indemnización por, entre otras cosas, haber pasado 10 horas con varios niños sentados encima de ella.

Durante 16 meses, presencié cómo muchos niños de Straight se intentaban suicidar, y lo intentaban de verdad, mientras los demás niños se reían de sus extremidades llenas de heridas autoinfligidas. No vi el sol. No vi la luna. No pude acariciar a ningún perro. No hice ni un solo amigo.

No sé bien por qué me soltaron. Está claro que no fue por presión de mi madre, que estaba encantada de tener una inquilina menos en casa. Sospecho que fue por el cúmulo de demandas y el aumento la mala prensa que recibió. Straight tuvo que ser más escurridizo y austero en sus últimos años y quedarse solo con unos pocos clientes lucrativos para que cuando las agencias de servicios sociales recabaran suficiente información para cerrar una filial, estuvieran listos para reaccionar. En ocasiones, reaccionar significaba trasladar a los niños a otro edificio y decir que era una nueva filial. En otras ocasiones consistía en quedarse a los mismos niños y al mismo personal en el mismo edificio y darle al programa un nuevo nombre. La última filial de Straight cerró en 1993, pero todavía quedan programas en marcha que imitan su modelo.

Una niña recibió 37.500 dólares de indemnización por haber pasado 10 horas con varios niños sentados encima de ella.

Cuando salí de Straight y volví a casa de mi madre, yo era una persona diezmada. Tenía 15 años y medio y estaba envejecida; era un zombi con el cerebro lavado y me creía profundamente las mentiras que me habían obligado a decir sobre mí misma. Volví a mi "instituto de drogadictos" mostrando todos los indicios de formar parte de una extraña secta religiosa: faldas de mi madre hasta los tobillos, camisetas enormes de tiendas de segunda mano, mirada perdida. Necesitaba un amigo y no lo encontraba.

Pasaba las noches y los fines de semana en reuniones de rehabilitación (Alcohólicos Anónimos, Narcóticos Anónimos, Cocainómanos Anónimos) jurando que era una adicta, pese a que nunca había probado esas drogas. Los adultos eran amables conmigo. Una amabilidad inimaginable. Me escuchaban cuando hablaba. Me daban galletas de marca. Me decían que les podía llamar. En cualquier momento, día o noche. Por fin tenía padres. Cientos de ellos.

Luego me ocurrió un milagro en forma de profesora de cuarto de secundaria de Literatura. Tenía una voz suave y un aspecto descuidado y le apasionaba la literatura que nos enseñaba. Adoraba cada una de las palabras de nuestro vocabulario. Y vio algo en mi forma de escribir. Leía mis redacciones en voz alta para toda la clase y a los compañeros que se reían de mí (los deportistas, las animadoras, los porreros) también les gustaba lo que escribía. Pidieron que escribiera más. En clase de Literatura renací. La escritura fue mi salvación.

Courtesy of Cyndy Etler
Etler en 2019.

Tardé décadas en hacer acopio de valor para empezar a escribir de verdad. Los mensajes que me había implantado Straight eran como hormigón en mi cerebro. Era una persona despreciable. La gente me odiaba. No me merecía ni tres porciones de papel higiénico. Me fui de casa de mi madre en cuanto pude, pero mi salud mental era un vertedero en llamas. No era capaz de mantener un puesto de trabajo ni una relación. Tampoco dan becas para las actividades que mejor se me daban: dejar que los hombres se aprovecharan de mí y cargar con un ferviente deseo de morir.

Pero soy obstinada. Y creativa. Superé mis años de veinteañera limpiando los retretes de gente rica durante el día y ocultándome en bibliotecas por la noche. De vez en cuando, por aquí y por allá, conseguía terapia gratuita. Palabra a palabra, en los libros y en las salas de terapia, recompuse mi alma.

Ahora soy asesora personal y hablo con adolescentes de todo el mundo para ayudarles a superar los momentos difíciles.

Con 29 años, cuando por fin empecé la universidad, mudé mi piel de rarita de Straight y me volví humana. Igual de milagrosamente que en clase de Literatura, durante la universidad también me surgieron ideas poderosas. Tenía talentos sobresalientes. Me veían tal y como me presentaba a la gente y no como lo que unos observadores sádicos me decían que era. Empecé a ganar premios. Me gradué con honores. Salí de ahí con una buena base.

Cuando conocí a mi marido, que era bueno y me daba seguridad, el hormigón de mi mente se resquebrajó y los recuerdos de Straight me inundaron. En vez de ahogarme en ellos, escribí sobre ellos. Fueron 10 años de escritura obsesiva, 10 años de recuerdos y ataques de pánico, pero al final conseguí acabar el libro. Encontré un agente literario y luego un contrato literario. Dos obras de memorias que publiqué sobre mi experiencia en Straight han recibido galardones. Han aparecido en los medios de comunicación más importantes. Ahora soy asesora personal y hablo con adolescentes de todo el mundo para ayudarles a superar los momentos difíciles.

Mi madre representa para mí poco más que un número en el móvil como recordatorio digital de las culpas narcisistas que me escupió en nuestra última conversación. Pagó a Straight para hacerme desaparecer. Para destrozarme. Para amilanarme. Pero conseguí salir de toda esa mierda. Tomé todas esas palizas y las transformé en lecciones. Y en palabras. Y en poder para ayudar a otros niños. No tuve una verdadera infancia, pero ya sabéis lo que se dice: vivir bien es la mejor venganza. Hoy la venganza es mía. Y, joder, qué dulce es.

Cyndy Etler es asesora de adolescentes y escritora. Ha ganado dos premios de escritura. Su trabajo ha aparecido en la CNN, The Independent, The Progressive, She Knows, Jane Friedman, Vice, Bustle, y The Doctors. Visitasu página web si quieres más información.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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