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20/12/2015 08:59 CET | Actualizado 20/12/2016 11:12 CET

El resultado de las últimas elecciones de Venezuela no es motivo de alegría

venezuelaA Estados Unidos no le preocupa si otros países son democráticos o no: sólo le importa si aquellos con poder están dispuestos a cooperar para conseguir que sus intereses económicos y políticos se hagan realidad. Por eso no tiene ningún problema en aliarse con un país como, por ejemplo, Arabia Saudí.

EFE

El pasado 6 de diciembre, el partido político que gobierna en Venezuela, el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), sufrió una aplastante derrota en las elecciones nacionales venezolanas (la primera derrota desde que Hugo Chávez fue elegido en 1998). La oposición ha conseguido ganar las elecciones y el presidente Maduro y el PSUV respetarán los resultados. Llevamos años diciéndolo: a pesar de las afirmaciones y las quejas del Gobierno y los medios de comunicación estadounidenses, el Gobierno de Chávez y de Maduro era democrático. De hecho, varias de las medidas de la revolución chavista fueron reformas democráticas.

A Estados Unidos, aunque proclame a los cuatro vientos la satisfacción de -supuestamente- haber difundido la democracia, no le importa si otros países son democráticos o no: sólo le interesa si aquellos que tienen poder están dispuestos a cooperar con ellos para conseguir que sus intereses económicos y políticos se hagan realidad. Esa es la razón por la que, por ejemplo, Estados Unidos no ha tenido ningún problema en asociarse con un país como Arabia Saudí (un país con una de las peores situaciones en lo relacionado con los derechos humanos del mundo que ahora está exterminando a ciudadanos de Yemen y saltándose las leyes del derecho internacional humanitario mientras sigue cooperando con Estados Unidos).

No hay que buscar muy lejos para encontrar alianzas de este tipo. Con todo lo que se ha hablado de la supuesta "represión" por parte del Gobierno venezolano, poco se ha hablado de su vecino Colombia, aliado cercano de Estados Unidos. Su Ejército ha asesinado a más de 5000 colombianos y se ha excusado, sólo para justificar el apoyo militar masivo por parte de Estados Unidos, diciendo que eran guerrilleros.

En el fondo, es la intención de ayudar a Estados Unidos lo que define a un país como democrático a ojos de los norteamericanos. Por eso, cuando el PSUV gana las elecciones en Venezuela -como ha hecho en los últimos 17 años-, Estados Unidos tacha al país de antidemocrático; aunque ciertos expertos como el expresidente estadounidense Jimmy Carter afirmen que el proceso electoral de Venezuela es "el mejor del mundo". Por esa razón, cuando el partido de la oposición venezolana gana las elecciones -Mesa de Unidad Democrática, que representa a la élite que siempre ha gobernado para el interés de los más acaudalados y dentro de los intereses geopolíticos estadounidenses-, Venezuela se convierte en un país "democrático" y vuelve a ser bienvenido.

Por contradictorio que parezca, conociendo su supuesta preocupación por la democracia, Estados Unidos dona cada año millones de dólares a la oposición venezolana, incumpliendo la ley de Venezuela. Tanta intromisión -esa que es completamente ilegal en Estados Unidos- demuestra que Estados Unidos se preocupa sólo de los resultados, se preocupa de quién gana en lugar de preocuparse de si el proceso electoral ha sido justo o no.

En el fondo, son los venezolanos en situación de pobreza los que han perdido en estas últimas elecciones, porque la revolución chavista se ha centrado en mejorar la calidad de vida de los que antes estaban abandonados a su suerte. El día anterior a las elecciones venezolanas, Sylvia Brodzinsky, una de las pocas comentaristas de política honestas, escribió un artículo en el periódico The Guardian. La noticia se titulaba "La élite de Venezuela espera que los pobres abandonen el legado de Chávez":

Desde que en 1998 el difunto Hugo Chávez comenzara lo que él mismo denominó "revolución bolivariana", a los componentes de la élite se les llama "los escuálidos" y han sido objeto de desprecio del Gobierno desde entonces.

Hartos de políticos corruptos y de medidas económicas neoliberales que hacen que los pobres se sientan vulnerables, los venezolanos catapultaron a Chávez hacia el poder con esperanzas de cambio. Gracias a una economía que se mantenía a flote por unos precios de petróleo altísimos, Chávez pudo llevar a cabo medidas de bienestar social en beneficio de los pobres en ámbitos de educación, salud y vivienda, lo que se tradujo en la gratitud y el apoyo de millones de personas.

De hecho, el Gobierno chavista ha realizado un trabajo elogiable a la hora de reducir la pobreza y la desigualdad económica. Incluso el Banco Mundial reconoció el año pasado que:

Entre las medidas más importantes que los recursos petroleros han financiado se encuentran los amplios programas sociales llamados "Misiones". El crecimiento económico y la redistribución de recursos relacionados con estos programas han supuesto una disminución significativa de la pobreza: ha pasado de un 50% en 1998 a aproximadamente un 30% en 2012. De la misma manera, los índices de desigualdad se han reducido: el índice de Gini ha disminuido de 0,49 en 1998 a 0,39 en 2012, uno de los registros más bajos de la región.

Es cierto que estos logros son cada vez más difíciles de conseguir con la reducción de los ingresos petroleros de Venezuela (aunque no es culpa suya) por la repentina bajada del precio del petróleo que ha tenido lugar en 2015.

Debería parecernos preocupante que es esta la élite venezolana con la que se ha aliado Estados Unidos. Debería parecernos preocupante que la prensa estadounidense celebre junto con el Gobierno que se trata de una victoria "revolucionaria" por parte de la oposición, de la élite. Si los medios de comunicación fueran sinceros, dirían que la victoria es tal para los contrarrevolucionarios ricos que se han visto ayudados por los millones de dólares que les ha brindado la generosidad estadounidense. También deberían desvelar que Estados Unidos, un país que surgió de una revolución y que rechaza constantemente las revoluciones en Latinoamérica y en todo el Tercer Mundo, es una farsa. Una farsa igual de grande que el hecho de que prácticamente no exista oposición ante estas políticas tan reaccionarias, ni siquiera entre aquellos que se hacen llamar progresistas. Incluso hay antiguos agentes de la CIA que se identifican como progresistas y se les permite utilizar medios de comunicación alternativos para hablar de su apoyo a la victoria de los ricos en Venezuela.

Llámenme izquierdista antiguo, pero sigo apoyando a gobiernos de países del Tercer Mundo que, ante la agresiva oposición de Estados Unidos y de su oligarquía, hacen lo que pueden para ayudar a los pobres y a los oprimidos, sin importar cómo. El Gobierno de Maduro y de Chávez ha sido un Gobierno de este tipo, y me entristece ver cómo sufre un duro revés. Me consuelo al pensar que la historia da muchos giros y que, como es el caso de la Revolución Sandinista de Nicaragua, los revolucionarios que han perdido pueden volver a ganar.

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Irene de Andrés Armenteros