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12/07/2013 07:26 CEST | Actualizado 10/09/2013 11:12 CEST

Juncker, el dinosaurio que bromeaba de madrugada

Puede que Juncker se vaya como el último superviviente de una generación de viejos líderes europeos, un galón que conservó con la pericia que finalmente le faltó en su propio país. En una UE en crisis existencial, es igualmente posible que tenga que volver a echar una mano.

"Señoras y señores, ¡el presidente del Eurogrupo!". No es un ujier quien grita, sino el propio Jean-Claude Juncker, que se anuncia a sí mismo ante un ejército de periodistas con sueño. Es madrugada en Bruselas. Juncker decide entrar a la sala de prensa por el acceso que habitualmente sólo usan los periodistas, y se dirige con parsimonia a una mesa desde la que anunciará en voz muy baja el rescate de un país o le apretará las tuercas a otro.

En su sitio hay un cartel con su nombre, aunque todos le conocen. Es el decano de las cumbres de jefes de Gobierno y lleva medio cuarto de siglo en la cocina del poder comunitario. Dice Bon soir, Good evening o Buenas noches en cualquier otro idioma, si se tercia. Después, un comentario jocoso que no cambia el gesto del glacial comisario europeo de Economía, el finlandés Olli Rehn, y Juncker entra en harina.

Los chistes con los que hasta enero agasajaba a la prensa (sobre la hora tardía, el carácter de los belgas o cualquiera de sus colegas ministros), eran para muchos una prueba de humor finísimo, un exótico respiro en medio de la gris burocracia. Para otros, una pérdida de tiempo desesperante. Estaban fuera de lugar, fuera del ring en el que los periodistas luchan contra el reloj del cierre de los diarios de papel o redactan nuevas informaciones para internet o la radio.

Puede que sus gracias no viniesen a cuento. Tampoco Luxemburgo, un país que tiene menos habitantes que la ciudad de Málaga, pero que asombrosamente cuenta con un sector bancario que multiplica por 20 su PIB y una presencia en la Unión Europea incluso mayor. En Luxemburgo está una de las sedes de la Eurocámara, la del Tribunal de Justicia de la UE, el Tribunal de Cuentas, el Banco Europeo de Inversiones, el Mecanismo Europeo de Estabilidad (el fondo de rescate del que España recibió 40.000 millones) y una innumerable lista de bancos y empresas atraídas por el pseudo paraíso fiscal que es el Gran Ducado.

Desde 2005 llevó el timón del Eurogrupo, la reunión informal de ministros de Finanzas del euro y centro del poder económico comunitario. Pero Juncker se pasea por Bruselas desde 1995. Fue entonces cuando asumió el gobierno de Luxemburgo, un país que siempre le entretuvo menos que la Europa y el euro que diseñó. Prueba de ello es su dimisión, forzada por sus socios de gobierno al comprobar que no hizo gran cosa para atajar las malas artes de los servicios secretos luxemburgueses, de las que tenía constancia.

EL PEREJIL DE TODAS LAS SALSAS

A Juncker le dio relevancia mundial su cargo europeo y su extraordinaria capacidad para ser el perejil de todas las salsas. Su secreto es estar sin estar, en tanto que líder de país pequeño, para llegado el momento mostrar su disponibilidad como bisagra entre un francés y un alemán (lenguas que, por cierto, habla como nativo). Así se fue forjando la imagen de arquitecto europeo y de autoridad irónica, de viejo zorro.

"Cuando me reúno con el primer ministro chino para tratar asuntos monetarios, le tomo por el hombro y le digo: 'cuando pienso que tú y yo representamos a un tercio de la humanidad, no puedo dejar de sentirme impresionado'", dice a menudo en una de sus citas más célebres, como recuerda en su blog Bernardo de Miguel.

Pero aunque parece mayor y Juncker lo ha sido todo, tiene sólo 58 años y sigue gozando de la droga de la popularidad, en Luxemburgo y en la UE. Por ese motivo puede intentar volver, tanto en octubre como candidato a las elecciones legislativas (algo a lo que ya ha anunciado estar dispuesto), como el año que viene como reemplazo de Herman Van Rompuy al frente del Consejo Europeo, un foro en el que es especialista.

Su estilo siempre fue campechano. Cuando llegó a la última cumbre, hace tan solo un par de semanas, no dudó en dar un apretón de manos a unos policías belgas a los que no conocía. Atiende siempre a la prensa. Desdramatiza su perfecto conocimiento del engranaje europeo con sonrisitas pícaras, en ocasiones fruto del gin tonic (sí, en las reuniones de alto nivel de la UE se bebe y se fuma, y las aficiones de Juncker son conocidas).

Sin embargo, su carácter se fue endureciendo con los años hasta cansar en más de una ocasión a una Angela Merkel a la que se parece poco. Tras muchos titubeos y retrasos, la canciller pactó con sus socios el nombre de su sucesor, el socialdemócrata holandés Jeroen Dijsselbloem, de 47 años, ya famoso por sus desafortunadas declaraciones sobre el rescate chipriota.

Puede que Juncker se vaya como el último superviviente de una generación de viejos líderes europeos, un galón que conservó con la pericia que finalmente le faltó en su propio país. En una UE en crisis existencial, es igualmente posible que tenga que volver a echar una mano.

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