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26/06/2014 07:05 CEST | Actualizado 25/08/2014 11:12 CEST

Plácido I, proclamado en el Teatro Real

Hay una abdicación reciente en la Corona. Si no, Plácido Domingo bien podría haber sido proclamado anoche Plácido I. Quizás ante ese grave riesgo para línea sucesoria, Rafael Spottorno, jefe de la Casa del Rey hasta esta misma semana, acudió puntual a la cita en el Teatro Real. No se sabe sabe si Gallardón, sentado unas filas más adelante, guardaba bajo la manga un ejemplar de la Constitución.

Hay una abdicación reciente en la Corona. Si no, Plácido Domingo bien podría haber sido proclamado anoche Plácido I. Quizás ante ese grave riesgo para la línea sucesoria, Rafael Spottorno, jefe de la Casa del Rey hasta esta misma semana, acudió puntual a la cita en el Teatro Real. Nunca se sabe sabe si Alberto Ruiz Gallardón, el ministro de Justicia (sentado unas filas más adelante), guardaba bajo la manga un ejemplar de la Constitución. Por lo que pudiera pasar.

Si la adolescencia tiene a One Direction y los rockeros a los Rolling Stones, la ópera en España tiene a Plácido Domingo. No es un tenor, o el barítono que cultiva en los últimos años. No sólo. Su sombra es la de un icono, un notable en el sanedrín de la cultura española e internacional y hasta un galán de 73 años que sigue cautivando a más de una.

Domingo superó el año pasado una embolia pulmonar que le impidió cantar en Madrid. Esta vez se dio esta vez un baño de multitudes con un concierto titulado "A mí España": una elegante verbena de más de dos horas repletas de ópera y zarzuela. El recital acabó con cuatro bises en agradecimiento a un público que se puso varias veces en pie e interrumpió en un par de ocasiones. "¡He venido desde Ferrol a escucharte!", clamó un anciano desde un balcón del segundo piso. "Gracias, maestro", dijo, con tono emocionado, otro melómano desde las primeras filas.

Un concierto en el que se suceden los "¡bravo!" antes de que el cantante abra siquiera la boca presagia que los aplausos no van a ser precisamente el indicador más adecuado de la calidad de la actuación. Domingo no para de repetir últimamente que quiere seguir cantando, pero que no sabe por cuánto tiempo podrá hacerlo. Por eso, el programa, muy festivo y agradecido, era también un homenaje del público a Domingo y de Plácido a sus seguidores. Se respiraba, por qué no decirlo, un cierto aire a despedida, a uno de esos adioses que puede no ser el definitivo, pero que conviene dejar hecho. Por si acaso.

Puede que Domingo no tenga ya la voz de sus 30 años, pero va sobrado de magisterio. Su presencia, su expresividad en lo cantado, su magnetismo, su exquisita elegancia y alguna que otra cómica payasada sobre el escenario siguen alimentando su leyenda.

Su voz llenó el teatro.

El programa incluyó una primera parte centrada en la ópera, con arias de Don Carlo, Ernani o Il trovatore (Verdi), Carmen (Bizet) o Don Giovanni (Mozart). La segunda parte, zarzuela. La soprano puertorriqueña Ana María Martínez lo acompañó bajo la batuta del enérgico argentino Alejo Pérez, que más que subir a la tarima saltaba (y la sincronía de la orquesta, de vez en cuando, también).

Martínez resultó ser una digna compañera, a veces grácil y delicada, otras apasionada y bravía, destacando en Petenera, de La Marchenera (Moreno Torroba) o De España vengo, de El niño judío (P. Luna).

OVACIONES CONSTANTES

Domingo brilló con Ya mis horas felices, de La del soto del parral (Soutullo y Vert) y en todos los dúos. Las ovaciones fueron constantes. El concierto fue de menos a más, y cuanta más "marca España" desplegaba el tenor, recreándose en la zarzuela y haciendo carantoñas a su compañera, más subía la temperatura. En las butacas del Real se encontraban, además de Gallardón y su mujer, Mar Utrera, la pianista Paloma O'Shea, mujer de Emilio Botín, la alcaldesa de Madrid, Ana Botella, el presidente de PRISA, Juan Luis Cebrián, o la actriz Blanca Marsillach, entre otros.

La obertura de La forza del destino, de Verdi, la de Las bodas de Fígaro, de Mozart, España, de Emmanuel Chabrier, y un preciso y vibrante Tambor de Granaderos, de Ruperto Chapí, sirvieron como interludios musicales al reinado de Domingo sobre el escenario.

El lunes, durante la presentación a la prensa, Domingo expresó un temor habitual: que el concierto se hiciese demasiado largo. También compartió un lamento: no poder cantar ese día en el estadio Santiago Bernabéu, donde el cartel lo encabezaban 'sus satánicas majestades', los Rolling Stones. Nada de esto pareció importar. El recital acabó, porque en algún momento había que marcharse, con el mítico Granada. El maestro se permitió un pase de toreo que le valió un "ole". El público, eufórico, tenía ganas de bailar.

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