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07/06/2018 07:35 CEST | Actualizado 07/06/2018 07:35 CEST

Soy gay. Ella es hetero. Esto es lo que pasó cuando decidimos tener un hijo juntos

Courtesy of David Arrick
David, Nate y Heidi en una exhibición de kárate en Nueva York en 2017.

Cuando tenía 11 años, me enteré de que mi padre era gay. Por chocante que pudiera ser esta revelación, me alivió saber que el motivo del divorcio de mis padres fuera ese y no que mi padre hubiera dejado a mi madre para empezar otra familia a la que querría más que a la nuestra. Aun así, estaba confuso. Esto fue en 1978 y no había representaciones positivas de las personas homosexuales en los medios y no tenía ni idea de lo que significaría para mí tener un padre gay.

Entonces, cuando estaba empezando a aceptar la sexualidad de mi padre, empecé a cuestionarme la mía, y cuando cumplí 16, salí del armario también. Pese a las turbulencias emocionales que habíamos atravesado mi padre y yo, me consideraba afortunado. No solo tenía un ejemplo en mi familia, sino que también, gracias a mi padre, ya había aprendido algo que muchas otras personas homosexuales a mi edad aún no sabían: ser gay no significa no poder tener hijos.

Ese mensaje lo he tenido grabado en la mente a lo largo de mi vida y, 25 años después de salir del armario, cuando mi amiga de la universidad Heidi y yo empezamos a hablar de tener un hijo juntos, no sentí el mismo recelo que les invade a otros hombres gays. Heidi para mí era como de la familia y concebíamos la idea de tener un hijo como una prolongación natural de nuestra fuerte amistad. Ambos estábamos solteros, nuestras familias se conocían y se llevaban bien y pasábamos muchas vacaciones juntos. Nos reíamos por las mismas gracias, teníamos un montón de cosas en común y ambos sentíamos un gran deseo de ser padres. Comentarios como "Si ninguno de los dos se ha casado a los..." o "¿Podríamos ser padres juntos?" llevaban años surgiendo en nuestras conversaciones y, cuando empezamos a hablar de ello seriamente, nos costó encontrar un solo motivo por el que no debiéramos hacerlo. Simplemente, nos pareció bien.

Había tantas posibilidades para criar a un hijo que Heidi y yo sentimos la firme determinación de hacer nuestra propia versión real de una familia moderna.

En 2010, cuando decidimos poner en práctica nuestro plan, las representaciones de las familias alternativas en los medios habían progresado bastante. Miranda y Carrie hablaron de sus relojes biológicos en Sexo en Nueva York y de "una cierta edad" a la que se darían cuenta de que sería demasiado tarde para tener hijos. Will & Grace y Modern Family fueron escenarios que pusieron bajo los focos la vida moderna de los homosexuales y ofrecieron nuevas definiciones de lo que es una familia. Aunque todavía no había familias visibles que estuvieran formadas por un padre gay y una madre heterosexual a quienes tomar como ejemplos, había tantas posibilidades para criar a un hijo que Heidi y yo sentimos la firme determinación de hacer nuestra propia versión real de una familia moderna.

Courtesy of David Arrick
David y Nate en Central Park (Nueva York) en 2011.

Al navegar por aguas desconocidas, avanzaríamos guiados solo por nuestro instinto, algo que los futuros padres no tienen que hacer en muchos casos, ¿no? No había libros en Amazon titulados Padre gay, madre hetero o Cuando tu mejor amigo gay se convierte en el padre de tu bebé, y había muchos asuntos ―desde el legal hasta el financiero― que había que limar, pero para nosotros solo eran detalles. Sentía que, como "pareja", teníamos una ventaja clara, y recuerdo que pensaba: "¿No estamos Heidi y yo en mejor posición que las personas que van a tener un hijo sin contar con la ventaja de 20 años de amistad?". En nuestros corazones, sabíamos que estábamos haciendo lo correcto; en nuestra mente ya nos habíamos convertido en papá y mamá. De modo que, ocultando nuestro plan a familiares y amigos, nos dispusimos a intentar concebir.

La idea de practicar sexo nos daba risa, así que optamos por la inseminación artificial en casa sin ninguna clase de intervención médica. Como Heidi es enfermera, contábamos con la ventaja de su formación. Nos hicimos con recipientes estériles, jeringuillas y demás parafernalia necesaria para incrementar las probabilidades de éxito. Acordamos que, si Heidi no se quedaba embarazada en un plazo de tres meses, iríamos a nuestros respectivos especialistas para ver si éramos fértiles. Si mis pequeños hubieran sido el motivo por el que Heidi no podía quedarse embarazada, me habría sentido decepcionado pero me habría apartado cortésmente del proceso y le habría deseado suerte en su aventura de quedarse embarazada sin mí. Lo di todo (literalmente) y llevamos a cabo la inseminación cuando Heidi estaba ovulando.

Intentamos hacerlo de la forma más desenfadada posible porque, aunque si teníamos éxito nos cambiaría la vida para siempre, tenía un punto cómico intentar realizar el proceso nosotros mismos. Estábamos haciendo lo que tantos y tantos hombres gays y sus amigas heterosexuales de la universidad se han prometido, y el sonido tenue de sus palabras ("Si no me he casado a los 40...", "Eres mi mejor amigo gay. ¡Vamos a tener un hijo!") reverberaba en nuestra mente durante todo el proceso.

En la noche de la inseminación no hubo luz de ambiente ni vino ni música romántica de Barry White. En vez de todo eso, nos empezamos a contar anécdotas graciosas cuando terminamos el proceso. Heidi permaneció tumbada en la cama con la cadera un poco elevada en un ángulo que incrementara las probabilidades de que mi esperma diera con su óvulo, con música de Led Zeppelin de fondo (Heidi canta en una banda tributo a Led Zeppelin, al fin y al cabo), con un episodio repetido de Seinfeld en la tele y con unos cartones de nuestra comida china favorita para llevar. Al tercer intento, Heidi se quedó embarazada. Al parecer, unas empanadillas de gambas al vapor, más la canción Stairway to Heaven más un poco de la locura de Jerry, Elaine, George y Kramer, de Seinfeld, equivalía a éxito, al menos en nuestro caso.

Estábamos haciendo lo que tantos y tantos hombres gays y sus amigas heterosexuales de la universidad se han prometido.

Durante el embarazo, no dejé de sentirme sobrecogido por el hecho de que las imágenes de las ecografías del bebé que crecía en el vientre de Heidi eran de mi hijo, y me encontré a mí mismo maravillado por el hecho de que la inseminación artificial casera hubiera funcionado. Acordamos que Heidi tendría la custodia principal durante la semana, que yo tendría al bebé en mi casa los fines de semana, que repartiríamos los gastos y que crearíamos un Día de la Familia, un día que compartiríamos cada semana para estar juntos.

En septiembre de 2010 nació nuestro hijo, Nathaniel Chase. No asistimos a ninguna clase de técnicas Lamaze para preparar el parto, ya que nació antes de que comenzaran, pero Heidi fue una campeona muy segura de sí misma, en perfecta sintonía consigo misma, e hizo lo que su cuerpo está biológicamente diseñado para hacer. Permanecí incondicionalmente a su lado, animándola y sujetándole una rodilla cuando aún era útil, pero supe quitarme de en medio cuando el personal médico me lo ordenó a gritos. Tras nacer Nate, tuvimos de forma espontánea nuestro momento "ciclo de la vida" (al estilo de El rey león) para darle la bienvenida a este mundo y después pedimos que nos trajeran comida china al hospital.

Courtesy of David Arrick
David, Nate y Heidi en las Bahamas en 2015.

De lo que me di cuenta cuando nació nuestro hijo es de que nuestra situación tenía más parecidos que diferencias con respecto a las consideradas situaciones más tradicionales. Nuestra historia llamó la atención de los medios y aparecimos en la NBC, en la CNN y otras cadenas para demostrar que somos un ejemplo de familia alternativa y que estamos orgullosos de nuestras andanzas. Pensábamos (y todavía pensamos) en nosotros simplemente como mamá y papá, que estamos ahí para guiar, educar, querer y criar a nuestro hijo, como hacen millones de padres cada día. Mi sexualidad y la decisión de Heidi de convertirse en madre siendo soltera no influyen en lo capacitados que estamos para ser padres, y aunque nuestra identidad pueda haber cambiado el modo en que hemos llegado adonde estamos hoy, en última instancia no nos define como padres.

Ser padre siendo gay ha sido interesante, como poco. Además de vivir lo típico que suele vivir un padre primerizo, a menudo me encuentro en situaciones en las que otros padres probablemente no. En 2012, estaba en un Starbucks cuando una señora mayor se me acercó y me preguntó lo que muchas otras personas me han preguntado a lo largo de los dos años anteriores al verme a mí solo con Nate: "¿Hoy le toca descanso a mamá? ¿Eres el niñero?". Por desgracia para ella, escogió al hombre equivocado y el día equivocado para preguntármelo, de modo que le dije lo que me había muerto de ganas por decirles a las decenas de personas que me han hecho preguntas similares: "Soy gay", le dije. "¿Cómo sabe que el otro miembro de la relación es una mujer o que hay una mamá?". La mujer se puso más blanca que la espuma de su latte.

Mi sexualidad y la decisión de Heidi de convertirse en madre siendo soltera no influyen en lo capacitados que estamos para ser padres.

No la culpo por ver a un hombre con un bebé desde un prisma más tradicional, probablemente como resultado de su pertenencia a una generación anterior, pero mentiría si dijera que no sentí una oleada de satisfacción tras responderle así. Y, para ser sincero, también discrepo de la idea de que si un hombre está solo con un bebé significa automáticamente que está haciendo de niñero o poniéndose en la piel de la madre cuando esta no anda por ahí cerca. Los padres también cuidan de sus hijos y no son sus "niñeros".

En otra ocasión, estaba mensajeándome con un amigo gay y me dijo que iba de camino a hacer un trío. "Mira lo que te pierdes por tener que quedarte en casa un sábado por la noche con tu pequeño", me escribió. "¿Volverás a salir por ahí algún día?".

Nunca me han interesado los tríos antes de que naciera mi hijo, pero eso es irrelevante. No tenía por qué convencerle de que era feliz ni de que no había ningún otro sitio en el que prefiriera pasar el sábado por la noche que en casa leyéndole Buenas noches, Luna al hombrecito más importante de mi mundo.

Mi familia lo es todo para mí y doy gracias por todo lo que he podido vivir gracias a la gente a la que quiero. Estoy especialmente agradecido a Heidi y también por el modo en que convertirnos en padres ha transformado nuestra relación de mejores amigos en algo todavía más rico y profundo basado en incluso más confianza y respeto que antes. Nos esforzamos mucho en educar de forma sistemática a Nate en nuestras respectivas casas, en comunicarnos a diario y en hacerlo lo mejor posible como padres en un frente unido. No todo el mundo nos apoya en lo que estamos haciendo y hemos lidiado con multitud de obstáculos (como algunos repulsivos comentarios misóginos y homófobos), pero ya nos lo esperábamos hasta cierto punto y hemos aprendido a hacer oídos sordos a esas palabras necias y a centrarnos en lo más importante: criar a Nate y servir de ejemplo como familia moderna y cariñosa.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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