BLOGS
28/01/2019 17:05 CET | Actualizado 28/01/2019 17:07 CET

El monólogo de Novak Djokovic

Getty Images
Novak Djokovic en dirección a la pista Rod Laver Arena de Melbourne.

Rafa Nadal nunca había perdido una final de Grand Slam en tres sets. El dato es un escalofrío en medio del infierno australiano donde Novak Djokovic se da un baño de masas con un tenis que es puro fuego de mortero. El serbio vuelve a ser ese tenista voraz cuyo apetito le permite ser ahora el jugador más laureado en la historia del Abierto de Australia con siete coronas.

Su resiliencia y amor propio son dignos de admiración. Máxime, cuando hace 12 meses, coqueteaba con las díscolas lesiones que mermaron su confianza y lo enviaron a un mar de dudas.

El balcánico era un hombre desnortado allá por marzo de 2018. Alguien abducido por la falta de confianza en su tenis, merced de un dolor en el codo que era un puñal en su voluntad. No rendía. Ponía su foco en el miedo. Y el miedo, en este deporte como en cualquier otro, te paraliza. La inseguridad ante un futuro incierto le impedía una transformación interna hacia la construcción de un nuevo basamento. Hasta Wimbledon. Ahí comenzó su escalada.

El tenis de Djokovic es un boomerang. Igual que va, viene. Igual que desaparece por culpa del dolor, renace. Pero cuando regresa, lo hace con una fuerza destructora que redime su pasión. Es entonces cuando se vuelve invencible. Un ser por encima de todo y todos. Ahí el número uno mundial es un depredador de moral.

"Djokovic, dentro de pista, se vuelve salvaje. Hoy en día no tiene rival"

Tanto fue así que hasta Rafa Nadal, especialista en fomentar ese mismo efecto en sus oponentes –véase el duelo anterior de semifinales ante Stefanos Tsitsipas-, se diluyó en medio de la efervescencia de una raqueta que aplaca, como muy pocas en la historia, cuando esta en su cenit. Djokovic, dentro de pista, se vuelve salvaje. Hoy en día no tiene rival.

Esa fue la táctica que empleó, de inicio a fin en la contienda por el trofeo; de inicio a fin en esta edición del primer Grande del año. Su tranquilidad fue un bálsamo para crecerse. Solo dejó escapar un punto, en sus juegos al saque, en el primer parcial de la final. Dominó desde el fondo de pista al balear. Lo llevó por el camino que quiso dejando que el mallorquín explorara todos los ángulos posibles de la Rod Laver Arena.

Rafa Nadal: "No hay táctica posible cuando uno juega como Djokovic esta noche"

En medio de esa expedición, Nadal perdió a Nadal. Estaba sobrepasado. No apareció al resto. Eso eran palabras mayores para un restador nato. "No hay táctica posible cuando uno juega como Djokovic esta noche", dijo el propio Rafa ante los medios. No. Lo cierto es que no la hay.

El número dos, en el dique seco pese a que lo intentó sin resultados tangibles. Djokovic cerró el segundo set con 11 golpes ganadores y un 78% de primeros servicios. Duplicó al español en puntos ganados (30-15). El paseo militar era imponente. Su reguero de golpes acalló los análisis previos. El decorado en Melbourne era el mismísimo averno.

Un break en el tercer juego del último parcial le permitía escaparse. Rozar el trofeo con la yema de los dedos. Nadal volvió a intentarlo -no se le puede reprochar lo contrario- pero Djokovic marchaba ya rumbo al Olimpo (6-3 6-2 6-3) profiriendo un grito que es pura reivindicación.

Quince es la cifra mágica de torneos del Grand Slam que le permiten ya superar a Pete Sampras (14) para permanecer en la retaguardia de Nadal (17) y Federer (20). La final perfecta, soñada por Djokovic, fue una realidad efímera para Nadal repleta de trabas.

Síguenos también en el Facebook de El HuffPost Blogs