Contra todo pronóstico, 'rajoyazo'

Contra todo pronóstico, 'rajoyazo'

El término rajoyazo, todavía por acuñar, designaría una suerte de principio de Arquímedes trasladado al campo de la política. Vendría a ser lo que la Real Academia Española definiría -en los próximos años- como «el resultado de una especie de resistencia sobrenatural mediante la cual un partido político aparentemente hundido mejora considerablemente sus resultados electorales, incluso en pleno escándalo, por lo que se merece un respeto».

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Ni sorpaso ni nada apocalíptico. Contra todo pronóstico, "rajoyazo". El término, todavía por acuñar, designaría una suerte de principio de Arquímedes trasladado al campo de la política. Con su permiso, vendría a ser lo que la Real Academia Española definiría -en los próximos años- como «el resultado de una especie de resistencia sobrenatural mediante la cual un partido político aparentemente hundido -en cuanto salpicado por toda clase de escándalos- mejora considerablemente sus resultados electorales, incluso en pleno escándalo, por lo que se merece un respeto».

Lo de que se merece un respeto sería, sin lugar a dudas, también parte de la definición. No solo porque lo dijo con contundencia el mítico president español en funciones, don Mariano Rajoy Brey, en su insuperable discurso, una vez conocidos los resultados definitivos del escrutinio, sino también, y sobre todo, porque tiene mucho sentido. Si no, que alguien me explique cómo se ganan democráticamente unas elecciones con semejante percal. Y más, con estos resultados revisados al alza en comparación con los de hace solo seis meses.

Hay quienes dicen que el pueblo no se equivoca nunca, y que el respeto al voto de los ciudadanos debe ser absoluto. Perdonad, pero esto es solo una opinión. Aunque en este caso tampoco creo que el pueblo se haya equivocado, sino que todo lo ha hecho sencillamente por amor; por «amor de lo bueno».

Hay muchas teorías sobre cómo el Partido Popular ha podido ganar las elecciones. No obstante, la que me parece más convincente es la siguiente: lo del pueblo español con el PP es amor y todo lo demás, como era de esperar, es puro fingimiento. Esto es amor de verdad. Y no de cualquier tipo, sino una suerte de amor a lo bíblico pero pervertido: un amor paciente, que no es rencoroso, que todo lo perdona; que todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Da la escalofriante sensación de que las malas lenguas han fallado, pues este matrimonio es más sólido que una roca. Y lo peor es que resulta, cuando menos, envidiable.

Hay quienes dicen que el pueblo no se equivoca nunca y que el respeto al voto de los ciudadanos debe ser absoluto. Perdonad, pero esto es solo una opinión. Aunque en este caso tampoco creo que el pueblo se haya equivocado, sino que todo lo ha hecho sencillamente por amor, por «amor de lo bueno». Un amor que roza la locura, como quien está dispuesto a saltar al abismo si se lo susurra al oído el -por lo menos hasta ahora- ser amado.

A lo mejor todo lo que acabo de decir son meras ocurrencias. Quizás es tan sencillo como pensar que la ciudadanía ha preferido lo viejo conocido a lo bueno por conocer. O mucho más sencillo: que ha amado al PP y a Rajoy por encima de todas las cosas. Ni que decir tiene que, como buen experto en crisis, Rajoy la salvará.