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26/12/2014 07:25 CET | Actualizado 24/02/2015 11:12 CET

Esta es la apariencia de la normalidad en una casa con niños

"¡Es que no puedo invitar a nadie!", exclama otra madre más. "La casa está hecha un desastre", advierte antes de que las visitas entren por la puerta. E incluso antes de saludar: "En serio, está de pena. No miréis mucho. Qué vergüenza". Pero ante eso yo digo: mentira, mentira y más mentira.

Louis Turner via Getty Images

"¡Es que no puedo invitar a nadie!", exclama otra madre más.

"La casa está hecha un desastre", advierte antes de que las visitas entren por la puerta. Y, antes incluso de saludar, dice: "No me juzguéis. Ya sé que la casa es un caos. En serio, está de pena. No miréis mucho. Qué vergüenza".

Mentiras, mentiras y más mentiras.

Porque, cuando entro en esa casa, la casa de esa madre tan abochornada por el estado de su cocina, o de los juguetes en su salón, o de la suciedad invisible de su baño, no sé si quiero reírme en su cara o darle una colleja.

Por favor. No es que tu casa no sea un caos; tu casa está impecable. Si hasta tienes toallas limpias para los invitados. Los juguetes de tus hijos están apartados en una alfombra (que, por cierto, no está llena de migas). Las tazas usadas están en la cocina. La plastilina no se atreve a entrar ahí y el perro no suelta pelos. Insistir en que tu casa está sucia es un tipo de mentira patológica, falta de comprensión hacia tus hijos pequeños, un deseo secreto de hacerme sentir culpable o una necesidad desesperada de autoafirmación. Probablemente todo sea aplicable. Así que, por favor, déjalo.

Por tanto, y por todas las mamás que insisten en que su inmaculada casa es un desastre, y a todas las mamás que viven con miedo a que alguien entre a su casa porque el nivel de limpieza no es aceptable debido a sus hijos/tiempo/perros/vida/proyectos artísticos constantes, aquí van unas cuantas pautas. Puedes tener o bien sentido de la vergüenza, o bien niños pequeños, y yo tengo tres pequeñajos de menos de 5 años.

Normal: hay una habitación en tu casa que siempre está cerrada y hecha un desastre y, al igual que las manos de Lady Macbeth, nunca estará limpia. En mi casa, se trata del comedor, decorado con los muebles de mi bisabuela, cubertería y cristalería chinas incluidas. Yo coso encima de la mesa y acumulo los materiales artísticos por ahí, entre la cómoda y el botellero. Parece que cuando unos grandes almacenes quiebran, todos sus excedentes acaban en mi salón, al lado de la máquina de coser o debajo de la mesa. El bonito color caoba ya no se ve. Despejo la sala para cumpleaños y fiestas que requieren el uso de la cubertería fina. Pero si no te parece bien, no mires, señora Criticona.

Siempre que los niños estén limpios, tú estás fuera de peligro.

Normal: la colada está por todas partes. Algo habitual en casa: cinco cestos limpios en el lavadero (bloqueando el frigorífico auxiliar y probablemente creando un riesgo de incendio); un cesto limpio en la alcoba; una carga limpia en la secadora y otra en la lavadora. No hay cestos de ropa sucia por todas partes. ¡Somos los héroes de la colada esta semana! Pero, ¿se las apañarán estos cestos para doblar también la ropa e incluso para guardarla en los armarios? Quizás. No sé. Pero sé que alguien que no debe ser nombrado escondió una vez los regalos de Navidad para que no los descubrieran ni sus hijos ni su marido. Y los metió en el cesto de la ropa. Esa persona, queridas mías, es la heroína de la colada a tiempo completo.

Normal: el fregadero está lleno de platos, el lavavajillas está lleno de platos, la mesa y la encimera están llenas de platos y no eres capaz de encontrar una cuchara limpia. Así que te toca usar una cucharilla de café para los cereales. Cuando consigues la cuchara gigante o, peor, cuando te planteas coger una del fondo del cajón de la cubertería de plata, entonces te das cuenta de que tienes que poner el lavavajillas. Sólo para que los niños tengan algún plato donde comer.

Normal: los juguetes del baño de tus hijos están justo donde tus hijos los dejaron después de salir de la ducha. No saques la cortina de la ducha. Sabemos lo que te puedes encontrar.

Normal: determinados tipos de juguetes están desperdigados por toda la casa y, hagas lo que hagas, sobornes con lo que sobornes o reces a quien reces, nunca conseguirás que todas las piezas estén ordenadas. Historia real: he encontrado pelotas en la lavadora, en el jardín y entre los asientos del coche. Lo mismo con piezas LEGO, que a veces les he tenido que confiscar, y figuras de La guerra de las galaxias. Si llego a tu casa y me encuentro con soldaditos de plástico en el lavabo, no te voy a juzgar.

Normal: tazas y tazas, y más tazas. Por todas partes. En todo momento. Sea como fuere, las madres de los 80 no nos dejaban salir de la cocina con cualquier cosa pringosa en la mano y, por increíble que parezca, no nos morimos de deshidratación. Pero estamos en 2014 y mis hijos se olvidan constantemente de mis advertencias y van por todas partes con un vaso de zumo en la mano. Hasta que se lo beben y cogen otro, antes de preguntar: "¿Está bueno, Mamá?". No nos engañemos; los tuyos también lo hacen. Y lo sabes.

Normal: daños en el mobiliario. La bañera tiene, digamos, ciertas marcas. Y tengo que volver a pintar las paredes de la cocina. ¿Quién dejó que los niños usaran la pintura acrílica? ¡Hay que ver, vaya madres! Pero, como poco, seguro que tu hijo también ha cogido el boli y se ha empleado con la pared. Y puede que aún no hayas tenido tiempo para borrarlo...

Normal: no se distingue el suelo del coche. Desde vasos de plástico hasta pañales de sobra por si acaso. De verdad. Y es muy probable que tu marido se queje de ello.

Normal: se te ha vuelto a olvidar bajar la basura. Así que los cubos están hasta los topes y el contenedor de reciclaje parece el de un par de alcohólicos empedernidos. Pero bueno, si al menos sacas la basura al patio, ya es algo. ¡Choca esos cinco!

Normal: no has limpiado el polvo. Quizá nunca, o al menos desde la última visita de tus padres. ¿Tenemos Pronto atrapapolvo? Seguro que por algún rincón... Pero, ante todo, no mires por encima de las estanterías, más que nada si tienes alergia.

Normal: algún lugar de tu casa sigue en-proceso-de-reparación, y lleva en ese estado más de lo que te atreves a admitir públicamente. Mi hijo mayor nunca nos ha visto utilizar la bañera grande. Y ya tiene 4 años. Tenemos que cambiar los azulejos y todavía no hemos encontrado el momento. Pensaba que esto era algo terrible, anormal, horrorosamente vergonzoso hasta que, en un olvido de las convenciones sociales, se lo comenté a otras madres. Dos de ellas reconocieron no usar uno de los baños de su casa. Otra mencionó que tenía algún agujero en el suelo. Otra tiene que avisar a sus invitados de que no pueden utilizar las escaleras de la entrada. Bienvenidas, hermanas del desorden.

Ahí tenéis. O tu casa está limpia, limpia de verdad (y entonces deberías dejar de disculparte), o al menos puedes olvidarte de la vergüenza y atender a tus invitados por una vez. Todos vamos en el mismo barco. Y yo no examinaré tu comedor si tú no examinas el mío.

Este post apareció por primera vez en www.manicpixiedreammama.com.

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de The Huffington Post y ha sido traducido del inglés por Marina Velasco Serrano

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