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09/03/2019 15:19 CET | Actualizado 09/03/2019 15:19 CET

Dejad de decirme que parezco más joven de lo que soy

Courtesy Of Elizabeth Lavis
Mi primera aventura en las alturas, en el volcán Nevado del Ruiz.

Estaba en uno de esos bares horribles la primera vez que lo oí.

Ya sabéis, botellines servidos en cubos de metal desconchados con humedad condensada goteando; socios de una startup y vendedores charlando en una jerga indescifrable; un menú hortera de raciones diminutas con espuma y microplantas. Era el cumpleaños de mi amiga. Cumplía 30.

Se presentó con alguien a quien yo no conocía. Se les veía bien vestidos y frescos con su ropa de verano y sus gafas de sol de Ray-Ban. Él me dijo que estaba en el "sexto aniversario" de su 29º cumpleaños. Me irritó tener que hacer la suma y me sentí insegura con mis uñas descascarilladas y mis vaqueros rotos. Se giró hacia mi amiga y lo dijo, dijo la frase que llevo oyendo desde que cumplí los 30. "No te preocupes por envejecer, cariño. Aparentas 10 años menos de los que tienes".

Ahora que he soplado hace poco las velas de mi 39º cumpleaños y he cumplido un deseo (escalar Machu Picchu), ya me he acostumbrado a oír esa vieja cantinela: "¡Felicidades! Aparentas muchos menos años de los que tienes".

Este esfuerzo por autoengañarnos ensalza la juventud y es un insulto contra el envejecimiento.

Para empezar, no es verdad. Estoy exactamente igual que mi madre y mi abuela cuando tenían 39 años. Tengo arrugas, líneas de expresión y las canas que van apareciendo con la edad, además de los dolores que sufro si se me olvida estirar después de hacer ejercicio. A día de hoy, me apetece mucho más pasarme por un mercado rural que por un bar. Noto cada uno de los 39 años que llevo en este mundo y me sientan bien. Me siento cómoda.

En segundo lugar, este esfuerzo por autoengañarnos ensalza la juventud y es un insulto contra el envejecimiento.

Desvelamos nuestra edad y la de nuestros amigos como si fueran disculpas e inmediatamente después caemos en el comentario absurdo de que aparentamos (o aparentan) muchos años menos. Esto es edadismo (los prejuicios contra la vejez) en su mayor esplendor, pero camuflado de halago.

En una época en la que una mujer de 78 años preside la Cámara de los Representantes de Estados Unidos, ¿hemos vuelto a este discurso sexista? Nancy Pelosi ha sido víctima de ataques edadistas basados más en sus 78 años que en su historial político. Donald Trump Jr. se refirió a ella en una ocasión como "la agotada y vieja Nancy Pelosi" y circulan teorías conspiranoicas sin ningún fundamento sobre que está empezando a sufrir demencia senil.

¿Por esto insistimos en venerar el peligroso mito de que las emociones, la fortaleza, el buen sexo, la belleza y la importancia de las personas mueren una vez superados los 29 años? Esa asociación entre atractivo y juventud fue perfectamente ilustrada por Amy Schumer en su sketch Last Fuckable Day, en el que Patricia Arquette y Tina Fey montan una despedida con motivo del "último día follable" de Julia Louis-Dreyfus con un magnífico pícnic y un puro de celebración. Por desgracia, muchas mujeres no reciben un pícnic de celebración y una tarrina de helado de Ben & Jerry's. De hecho, envejecer es una experiencia sonrojante y les afecta profundamente.

Tener que justificar una edad no es un problema exclusivo de las mujeres, pero sí que sufrimos la mayor parte en la cultura occidental. A las mujeres se nos valora inevitablemente por nuestra juventud, desde los tópicos de que los hombres envejecen como el vino y que las mujeres se echan a perder hasta las tácticas del activismo masculino sobre nuestro "repentino declive". ¿Y ese declive repentino que supuestamente sufrimos? Es más descabellado que Donald Trump, pero aun así nos lo seguimos creyendo. Es el hombre del saco escondido en el armario. Es el miedo a dejar de existir algún día. El miedo a que a los 30, nuestro calendario maya personal inicie una cuenta atrás hasta el fin de nuestro mundo, el día en que podríamos caminar por la Quinta Avenida completamente desnudas sin que nadie reparara en nosotras.

Lo que pretende ser un halago es en realidad un montón de mierda sexista que nos obliga a rechazar todo lo que nos hace tan poderosas.

El intento por evitar ese inevitable "declive" ha dado alas a un mercado antienvejecimiento que no hace más que crecer. Ha propiciado el auge de lemas como "los 40 son los nuevos 30" (traducido: ¡espera, todavía no eres totalmente irrelevante!). También es responsable de algunos de los chistes bienintencionados pero sin sentido como el de preguntarle entre risas a una mujer mayor si está cumpliendo 29 años, un intento de suavizar la llegada de otro año más.

Les decimos a nuestras amigas que parecen 10 años más jóvenes para que superen el atrevimiento de envejecer, para hacerles saber que aunque tengan 42 años en secreto, pasan por una mujer de 32. De buen ver. Es una forma de decir a las amigas que siguen siendo relevantes, que la edad todavía no les ha asestado el golpe mortal y que todavía les queda juventud en el rostro, aunque sea un espejismo que se desvanece al analizarlo más de cerca.

Lo que pretende ser un halago es en realidad un montón de mierda sexista que nos obliga a rechazar todo lo que nos hace tan poderosas. No hay ningún declive después de los 30. Hay nuevas perspectivas de conciencia propia, paz interior e insumisión. Estamos subiendo de nivel. No tenemos que pedir perdón.

Courtesy of Elizabeth Lavis
¡Llegué a Machu Picchu!

Por eso necesito que dejéis de decirme que parezco más joven de lo que soy, y yo os devolveré el favor. Tenemos que rechazar el dañino y doloroso juego del edadismo internalizado. Hay que dejar de fetichizar la juventud y dejar de alimentarnos mutuamente de basura como "pareces 10 años más joven de lo que eres". Tenemos que tratar la progresión natural del tiempo como lo que es: un triunfo y un testamento de nuestra sabiduría y nuestra experiencia.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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