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03/03/2016 07:09 CET | Actualizado 03/03/2016 11:47 CET

Cervantes y la realidad virtual

A raíz de la celebración del Mobile World Congress, hemos tenido ocasión de conocer dos avances tecnológicos que se disponen a revolucionar nuestras vidas: la producción e incorporación del grafeno a móviles y automóviles, a los aviones del futuro, o al sector sanitario; y la tan cacareada evolución de la realidad virtual.

A raíz de la reciente celebración en Barcelona del Mobile World Congress (MWC), hemos tenido ocasión de conocer dos de los avances tecnológicos que se disponen a revolucionar nuestras vidas. A saber: la producción e incorporación del grafeno a nuestros teléfonos móviles, a nuestros automóviles, a los aviones en los que nos desplazaremos en el futuro, o al sector sanitario; y, por otra parte, la tan cacareada evolución de la realidad virtual.

En relación a esta última hemos visto numerosas imágenes de participantes en el MWC, perfectamente alineados unos junto a otros y pertrechados con unas enormes gafas, gracias a las cuales consiguen creer que se sumergen entre glaciares en las heladas aguas oceánicas, suben y bajan por una montaña rusa imposible, o son rozados por la lengua de un camaleón.

Los hemos visto sonreír, estremecerse, intentar apartarse o sujetarse a los brazos de sus butacas, mientras parecen disfrutar enormemente con el engaño. Que las mencionadas gafas serán los gadgets que regalaremos dentro de unos meses -unos años, a todo estirar- es un hecho irrebatible.

¿No son una realidad virtual lugares como la Tierra Media, el País de las Maravillas, Macondo o el País de Nunca Jamás?

Según sostienen los entendidos, la generación de realidad virtual es una disciplina basada en el empleo de ordenadores y de otros dispositivos cuyo fin es producir una apariencia de realidad que permita al usuario tener la sensación de estar presente, de participar en ella. Sensación de formar parte de un entorno imposible, de una fantasía que se esfumará en cuanto nos despojemos de las gafas y abandonemos la butaca, de una ficción de la que saldremos sanos y salvos tras haber escapado al fuego que proyecta sobre nuestros rostros la boca de un dragón.

Yo, que a menudo no acierto a entender la lógica del momento en que vivimos, en ocasiones creo vivir en un mundo algo menos inquietante que el facilitado por las gafas, pero que tampoco es del todo real. Quizás toda realidad sea virtual. No confundir con virtuosa. Pero eso, desde luego, es otra historia.

Al hilo de todo lo anterior, he recordado la definición que utiliza Siri Hustvedt - novelista, ensayista y poeta estadounidense- para referirse a la novela. En palabras de Siri, "escribir una novela es recordar algo que nunca pasó". Es decir: ficcionar. Más o menos como recrear una realidad virtual, presente, pasada o futura, pero sin necesidad de gafas ni de ordenadores, y sí con sonrisas, llanto y algún que otro estremecimiento de aflicción, terror o placer. ¿No son una realidad virtual lugares como la Tierra Media, el País de las Maravillas, Macondo o el País de Nunca Jamás?

Novelar es, para el autor, recrear los rostros y las emociones de los protagonistas de su historia, pintar sus casas de colores, llenar sus habitaciones de muebles, de plantas sus jardines y de dolor y de alegrías sus vidas. Acompañar a sus personajes a sus puestos de trabajo, acostarse con ellos en sus camas, llenar de terrores sus sueños o retratar la soledad en la que pasarán sus últimos años.

Construir una apasionante realidad virtual es lo que Cervantes, que murió hace 400 años, consiguió por partida doble con su enloquecido don Quijote de la Mancha, el mayor de los expertos en realidades paralelas. Lo que lograron posteriormente Balzac, Austen, las Brontë o García Márquez, por citar sólo algunos. Ninguno de ellos necesitó pantallas, gafas ni butacas en movimiento.

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