Estuve 10 años sin practicar sexo y cuando volví a hacerlo tuve que ir a urgencias

Cuando por fin llegó la hora del sexo, me gustó. Me dolió un poco después de tanto tiempo, así que paramos. Lo siguiente que noté fue algo viscoso en las piernas.

Me tumbo de lado, cojo el iPhone y busco en Google “sangre después del sexo” mientras me paso un trozo de papel higiénico entre las piernas. Me pregunto si debería despertar a mi nuevo novio.

La web de Healthy Woman señala que “es muy común que las mujeres de cualquier edad sangren después del sexo. De hecho, el 9% de las mujeres sufren sangrado postcoital (sin contar la primera vez) en algún momento de su vida. La mayoría de las veces no es nada grave y suele desaparecer por sí solo. Sin embargo, también puede indicar un problema más grave”. ¿ALGO MÁS GRAVE?

Genial. Ya había tenido leucemia mieloide aguda varias veces y ahora, WebMD me decía que este nuevo síntoma podía indicar un prolapso del órgano pélvico (cuando los órganos pélvicos, como la vejiga o el útero, se salen de las paredes vaginales).

Encontré un foro en el que una persona preguntó: ”¿Se me podría caer el útero?”. No, eso no podía pasar. Algo es algo.

“El 9% de las mujeres sufre sangrado postcoital, pero la mayoría de las veces no es nada grave y suele desaparecer por sí solo”

“Lo más importante a lo que hay que prestar atención es al ritmo y al volumen del sangrado”, indica el artículo. “La mayoría de estas hemorragias postcoitales son muy leves. Si el sangrado es abundante —empapas una compresa cada hora o expulsas coágulos más grandes que una moneda de 50 céntimos—, te conviene ir a urgencias”.

No tenía una moneda a mano, pero sí un reloj que me indicaba que ya habían pasado dos horas. El médico que atendió mi llamada a la consulta de medicina general a las 2 o 3 de la mañana parecía molesto.

“Debería haber llamado al ginecólogo”, me dijo, pero me derivó a urgencias. Desperté a mi novio y salimos de casa aquella noche primaveral que tan prometedora había parecido. Era consciente de que no era culpa mía, pero me sentía más avergonzada que si me hubiera sorprendido la regla llevando pantalones blancos en el gimnasio.

En la serie Sex Sent Me to the ER (el sexo me mandó a urgencias) pasan cosas peores, como cuando encuentran objetos atascados donde no deberían estar. Mi problema era menos llamativo, pero descubrí que también era muy corriente: falta de información después de mi tratamiento para el cáncer.

Nadie me dijo que la quimioterapia, a la que me había sometido en 2003 y también en mis recaídas de 2007 y 2008, podría provocar una reducción drástica de estrógenos en mis ovarios y que eso podía causar síntomas de menopausia, como estrechamiento del canal vaginal y sequedad vaginal. (De hecho, la primera ronda de quimioterapia hizo que mi menopausia empezara a los 48). Nadie me había dicho que la sequedad vaginal podía provocar dolor y sangrado durante la penetración.

“Nadie me dijo que la quimioterapia podía provocar una reducción drástica de estrógenos en mis ovarios y que eso podía causar síntomas de menopausia”

Aun así, los datos demuestran que la incidencia de disfunción sexual entre mujeres que han sobrevivido al cáncer es bastante frecuente. Los efectos adversos en la vida sexual son: mayor dificultad para alcanzar el orgasmo, pérdida de energía y de deseo, reducción del tamaño de la vagina y dolor en la penetración.

Por mi parte, llevaba 10 años de sequía. No hace falta dar explicaciones sobre por qué no practicas sexo, pero yo tenía buenos motivos: el tratamiento de 2009 para mi recaída de leucemia, infecciones graves tras un cuarto transplante de células madre, un coma, cuatro meses de hospitalización y un año de recuperación solamente para volver a tenerme en pie.

Mi matrimonio de 13 años, ya terminado hacía mucho tiempo, había consistido en 10 años buenos y 3 cuesta abajo en un camino plagado de minas. Después, una relación de cuatro años con un profesor de inglés terminó de forma drástica cuando se reencontró con su novieta de la infancia justo cuando yo lloraba la reciente muerte de mi padre. Pasándose la mano por su grisácea melena, me dijo: “Somos como Heathcliff y Cathy. A ella la quiero más de lo que te quiero a ti”. Tuve que releerme Cumbres borrascosas para entenderlo. Heathcliff y Catherine eran almas gemelas.

Mi alma gemela no aparecía. No era el hombre de piel pálida y cerosa que entró en el restaurante, que no se parecía en nada a su foto de perfil y que me dio ganas de huir por la ventana del baño. Tampoco fue el hombre que conocí en un Matzo Ball, donde van los judíos solteros en Nochebuena para comportarse como adolescentes en un baile escolar; duramos seis meses hasta que se quejó de que mis tres hijos me importaban más que él. Pensé que tal vez sería ese tenista que me ponía el cordaje de las raquetas y me dijo que se estaba enamorando de mí, pero este desapareció sin dejar rastro.

“Los datos demuestran que la incidencia de disfunción sexual entre mujeres que han sobrevivido al cáncer es bastante frecuente”

Decidí seguir el consejo de mis amigos, que estaban hartos de oírme hablar de mis desencantos amorosos: vive la vida a tope como soltera. Dejé de pagar mi suscripción a las aplicaciones para ligar, pero dejé un perfil abierto en una cuenta gratuita.

Deja de buscar y, con suerte, encontrarás eso o te encontrará a ti. Un hombre agradable me dijo que le gustaba mi perfil (detesto la parte de preparar mi perfil). Creía que teníamos mucho en común (nos gustaba salir a correr, los niños, la lectura, teníamos una ideología política parecida, etc.) y dijo que le encantaría tener una conversación conmigo. ¿Es muy pasteloso decir que mientras íbamos al restaurante para conocernos, sentí que algo nos atraía? Igual era solamente el alivio de ver que era una persona normal y se parecía a su foto de perfil.

Nos sentamos en una mesa alta del bar. Nuestras yemas se rozaban cuando sosteníamos el móvil para enseñarnos fotos. Las suyas, de los lugares en los que había estado; las mías, de mis hijos y mis perros. Al día siguiente, cuando quedamos para dar un paseo, superó una prueba importante: conocer a mi labrador retriever chocolate. A ella le encantó. Creo que fue por su voz suave. Conmigo también funciona.

Había estado utilizando una crema vaginal con estrógenos (estradiol) dos veces por semana para reducir los síntomas de la menopausia, como la sequedad vaginal, el ardor y el picor. Aunque me preocupaban los efectos adversos, mi médica me dijo que no se absorbía fuera de la vagina, a diferencia de la terapia de sustitución hormonal, que fluye por el torrente sanguíneo. Me dijo que tampoco pasaba nada si me daba estradiol una vez por semana y Replens —un humectante no hormonal— el resto del tiempo, si quería.

“Una de las mejores formas de tratar la sequedad vaginal es practicar más sexo, ya que incrementa el flujo de sangre y este estimula la lubricación natural”

Recordaba que me había dicho que tendría que aumentar la dosis si planeaba volver a practicar sexo, de modo que reservé una cita con mi ginecóloga para ver si tenía que hacer algo más antes de recuperar el contacto íntimo.

La médica asistente que me atendió me dijo: “Ve a la tienda de juguetes”. Me sentí confundida. Mis hijos ya eran mayores. ¿Para qué iba a necesitar juguetes? Luego me enteré de que se refería a la tienda de juguetes sexuales que había junto a la pizzería.

Compré un paquete de seis dilatadores de color rosa. El más pequeño era como un meñique y se iban haciendo más grandes hasta alcanzar un tamaño terrorífico. El pequeño entraba sin problemas. Lo mantuve dentro unos minutos y pasé al siguiente, y así hasta que tuve suficiente. No hay mucho que puedas hacer mientras estás tumbada con un pene falso de color rosa metido en la vagina.

Cuando por fin llegó la hora del sexo de verdad, me gustó. Me dolió un poco después de tanto tiempo, así que paramos, pero pensé que era lo normal. Lo siguiente que noté fue algo viscoso en las piernas. Era sangre. Sangre en las sábanas y sangre en nuestras piernas. Nos dimos una ducha, cambiamos las sábanas y volvimos a la cama. No podía haber sido menos romántico.

En urgencias fue aún peor: estaba sucio y mal iluminado. Él se sentó a mi lado y me dio la mano tan indignado como yo hasta que me llamaron y él se fue a dormir al coche.

“Cuando llegó la hora del sexo, me dolió un poco después de tanto tiempo, pero pensé que era normal. Lo siguiente que noté fue algo viscoso en las piernas. Era sangre”

“Por favor, dime que has visto cosas peores”, le pedí a mi enfermera una vez tumbada en la mesa de exploración, sintiéndome física y emocionalmente desnuda. Me dijo que sí. El médico hizo una exploración interna y dijo que la hemorragia probablemente se había producido por el roce. Estaba amaneciendo cuando por fin salí de urgencias. Fuimos a desayunar. Al pedir mis panqueques de arándano con huevo, sentí que volvía a la normalidad tras la desventura.

A la semana siguiente, volví a la consulta y esta vez me atendió mi ginecóloga.

“Vamos a ir poco a poco”, me dijo. Me recomendó que me dejara metido un dilatador entre 15 y 30 minutos haciendo respiración diafragmática. Me envió a rehabilitación del suelo pélvico para aprender ejercicios de relajación. Me puse estradiol durante dos semanas seguidas y, cuando volví a practicar sexo, no me dolió nada, pero tardé mucho tiempo en dejar de comprobar las sábanas. Supuse que si habíamos superado una visita a urgencias juntos, podíamos superar casi cualquier cosa.

Puede que no supiera mucho sobre el sexo después de haber pasado un cáncer, pero ahora se empieza a hablar más de ello. Aprendí que después de años en los que se le ha quitado importancia al buen funcionamiento sexual de la mujer como una de las muchas cosas que te arrebata el cáncer, hay muchas personas que consideran que la salud sexual de la mujer es un asunto de supervivencia. Una experta a la que entrevisté para un reportaje sobre el sexo después de padecer cáncer calificó esta escasez de información como “un problema de equidad sanitaria” para las supervivientes.

Muchos centros de tratamiento del cáncer están abriendo programas de salud sexual. El centro en el que me trataron a mí fue uno de ellos. “No entraste solo por un año”, me dijo el director.

Por suerte, no he empeorado y sigo con aquel tipo tan majo. Utilizo estradiol (y a veces Replens) dos veces a la semana y un lubricante cuando practico sexo. Los médicos dicen que una de las mejores formas de tratar la sequedad vaginal es practicar más sexo, ya que incrementa el flujo de sangre y este estimula la lubricación natural.

Ahora que ese recuerdo de la visita nocturna a urgencias queda tres años atrás, este remedio me parece una muy buena idea.

Este artículo fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.