Seis cosas muy dañinas que los padres les dicen a sus hijos

Y las alternativas que pueden utilizar.

Los padres nunca se proponen decirles cosas dolorosas o dañinas a sus hijos, pero es algo que sucede. A veces están cansados, los pequeños empujan su paciencia al límite y se frustran al tener que pedirles 600 veces que aclaren los platos después de comer. Tal vez incluso reproduzcan algunos de los comentarios que les decían sus padres a ellos sin saber que son psicológicamente dañinos.

Como padres, queremos lo mejor para nuestros hijos, pero no siempre lo conseguimos. Por eso es muy necesario conocer algunas de las frases más dañinas a las que recurrimos sin conocer su impacto. Al final, se trata de ser más conscientes del lenguaje que utilizamos.

Estas son las frases que señalan los expertos y las alternativas que puedes utilizar.

1. “Venga, que no es para tanto”

Los niños pequeños muchas veces lloran por asuntos que parecen insignificantes, y aunque los llantos pueden hacer que pierdas la paciencia, sobre todo si piensas que no es para tanto, resulta muy dañino decirles a tus hijos que se guarden sus emociones.

“Estos pequeños problemas y las emociones que conllevan son enormes para tus hijos”, explica Amy McCready, educadora de padres, fundadora de Positive Parenting Solutions y autora de If I Have to Tell You One More Time. “Cuando invalidamos respuestas emocionales a problemas que para ellos son reales, les estamos diciendo: ‘No me importa cómo te sientas’ o ‘Es una tontería sentirte así”.

Alternativa:

Tómate un segundo para ver las cosas desde la perspectiva de tus hijos. McCready recomienda abordar la sutuación del siguente modo: “Pareces asustado/triste. ¿Quieres que hablemos para ver cómo lo podemos solucionar?”. De este modo, les ayudarás a poner nombre a sus emociones (algo fundamental para desarrollar inteligencia emocional) y les dejarás claro que estás ahí para lo que necesiten.

2. “Nunca haces” o “Siempre haces” tal cosa

Los niños manifiestan tendencias o patrones, pero hablar en términos de “siempre” o “nunca” es faltar a la verdad.

Utilizar grandes generalizaciones es un indicio peligroso de que has dejado de tener curiosidad por lo que hace tu hijo, afirma Robbin McManne, fundador de Parenting for Connection.

“Estás perdiendo la oportunidad de enseñarles lo que pueden hacer la próxima vez”, comenta McManne.

Alternativa:

Recuerda que debes mostrar interés por los motivos por los que tus hijos se comportan de una forma u otra en un momento determinado. En esos casos, es muy útil acercarte a tus hijos para no tener que chillar desde la otra punta de la casa y para demostrar que les estás prestando atención y no estás con otros asuntos.

3. “Cuando haces esto me enfado/ me pongo triste”

Claro que te irrita que tus hijos no te escuchen, pero es importante poner límites sin entrar en el terreno de lo emocional. Esos sentimientos son tuyos, no suyos. Además, estás sentando un precedente peligroso al concederles mucho poder negativo sobre ti.

“Cuando los niños descubren que pueden decidir si estás feliz, triste o enfadado, pueden aprovechar esa oportunidad para seguir aprovechándose de la situación”, explica McCready said. “Podrían incluso trasladar esa mentalidad fuera de casa y aprender a manipular a otras personas para conseguir lo que quieren”.

Alternativa:

Pon los límites que consideres necesarios, como por ejemplo: “No puedes ponerte a saltar en el sofá. ¿Prefieres jugar aquí tranquilo o salir fuera a jugar?”.

4. “Haberlo pensado antes”

Cuando dices algo como “haberlo pensado antes”, lo que intentas es que tus hijos se sientan avergonzados por lo que han hecho y cambien. Sin embargo, lo que consigues es que se pongan a la defensiva y no quieran escuchar, explica McCready. Al mismo tiempo, minas su confianza.

“Si les decimos a nuestros hijos que lo hubieran pensado antes (porque claramente no lo han hecho), les estamos diciendo: ‘Eres demasiado bobo o inmaduro para tomar buenas decisiones’. No es precisamente el objetivo perseguido”, añade.

Alternativa:

McCready recomienda decir algo como “Parece que tenemos un problema. ¿Qué podemos hacer para solucionarlo?”. El objetivo es centrar la conversación en las soluciones y no en los problemas, de forma que los niños aprendan a resolver sus propios problemas y a tomar mejores decisiones en primer lugar.

5. “Quita, ya lo hago yo”

Cuando tienes prisa y estás esperando a que tus hijos realicen una tarea simple que se está eternizando, tal vez te entre la tentación de hacerla tú mismo, pero debes evitarlo en la medida de lo posible.

“Les estás diciendo a tus hijos: ‘Eres incapaz de hacer esto, así que déjame a mí’. Resulta frustrante y desalentador”, asegura McCready. “Imagínate que estás a punto de conseguir subirte la cremallera, necesitas un par de intentos más, pero justo mamá o papá te apartan las manos y te sabotean el intento”.

Alternativa:

Controla las prisas y dales a tus hijos el tiempo que necesiten para completar la tarea. Si no es posible darles ese tiempo, explícales de forma clara y comprensible por qué tenéis prisa. Diles algo como “te voy a ayudar esta vez porque vamos a llegar muy tarde, pero en otro momento lo podremos volver a intentar”.

6. “Eres un/a [insertar calificativo]”

Una de las peores cosas que puedes hacer con tus hijos es ponerles etiquetas, sostiene McManne. Las etiquetas dañan la relación entre los padres y los hijos. Al hacerlo, los padres empiezan a asociar todos los comportamientos de los hijos con las etiquetas que les han asignado en vez de profundizar en los motivos concretos por los que sus hijos se están desarrollando de ese modo.

“Las etiquetas nos alejan de la empatía y el interés”, advierte McManne.

Las etiquetas tienen el peligroso potencial de autorrealizarse. Si los niños oyen que sus padres los califican de un determinado modo, quizás acepten que esa es su realidad y empiecen a actuar acorde a dicha etiqueta, aunque no les resulte natural.

Incluso etiquetas positivas como ”¡Qué inteligente eres!” pueden ser peligrosas, según McCready.

“Cuando a un niño le resaltas su inteligencia o sus buenas capacidades físicas, también le estás diciendo: ‘Solamente has conseguido superar ese objetivo por tus capacidades naturales, así que no tienes tanto mérito’. Es más, en el caso de que ese niño suspenda el siguiente examen, se sentirá aún más confuso y desanimado, porque empezará a poner en duda las capacidades a las que se aferraba. ‘Si soy tan inteligente, ¿por qué he fracasado?’”.

Alternativa:

Reconoce y aplaude los esfuerzos de tus hijos, no sus resultados. A poder ser, evita etiquetar a tus hijos, ya sean etiquetas positivas o negativas.

Este artículo fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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