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25/11/2021 07:16 CET | Actualizado 25/11/2021 07:16 CET

90 fotos, 25 conflictos y siempre la mujer en la diana: la mirada de Gervasio Sánchez

El fotoperiodista publica 'Violencias, mujeres, guerras', con historias que relatan los patrones de violencia que viven las mujeres en los conflictos y las grandes catástrofes.

GERVASIO SÁNCHEZ / VIOLENCIAS MUJERES GUERRAS (BLUME)
Mariatu Kamara, de 15 años, que sufrió la amputación de sus dos manos durante la guerra de Sierra Leona, retratada en Freetown en 2001.

La violencia se practica de forma sistemática, brutal y generalizada contra las mujeres y las niñas en los conflictos armados. Guerras recientes, como las vividas en la exYugoslavia, Ruanda, Sierra Leona, Liberia, Nepal o Afganistán se han caracterizado por el acusado grado de violencia contra ellas. 

Se calcula que el 70% de las bajas registradas en los conflictos más cercanos en el tiempo, entre quienes no eran combatientes, correspondía principalmente a estas mujeres, a estas niñas las niñas. Son datos de Naciones Unidas. Hasta medio millón de mujeres fueron víctimas de violaciones en Ruanda durante el genocidio de 1994, aproximadamente 60.000 fueron violadas en la guerra que tuvo lugar en Croacia y Bosnia y Herzegovina, y se estima que en Sierra Leona se produjeron 64.000 incidentes de violencia sexual contra las mujeres y las niñas relacionados con la guerra entre 1991 y 2001. Por poner tres ejemplos de peso. Hoy siguen siendo esclavas del Estado Islámico, están sometidas a los talibanes recién regresados al poder en Kabul o tratan de salvar la vida a sus hijos malnutridos en Yemen. 

Además de bombas y proyectiles que caen sobre las vidas de las mujeres y las niñas, sus cuerpos son también campos de batalla para milicianos armados faltos de escrúpulos y para sus secuaces, así como para quienes aprovechan el caos de la guerra, a fin de desatar la violencia contra los miembros más vulnerables de sus comunidades. 

En ellas ha puesto el foco durante toda su carrera el periodista y fotógrafo Gervasio Sánchez, quien en el marco del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, presenta ahora su última obra, Violencias, mujeres, guerras, con decenas de historias que relatan los patrones de violencia que viven las mujeres en los conflictos abiertos y en las grandes catástrofes humanitarias. 

Son 90 fotografías que reivindican las historias estas víctimas civiles y muestran que los conflictos armados no acaban cuando aquellas finalizan. Historias que ponen de relieve que la consecución de la paz y el fin de la violencia pasa necesariamente por aplicar perspectiva de género en la búsqueda de soluciones a los conflictos internacionales y por la igualdad entre mujeres y hombres.

Las mujeres y niñas sufren graves desigualdades a lo largo y ancho del planeta, que se agravan en situaciones de conflicto armado; hasta 25 se recuerdan en la publicación, acontecidos entre 1984 y 2017. “Las guerras dejan a las mujeres en una situación muy vulnerable ante la pobreza y el acceso a los recursos económicos. Los servicios básicos de salud y de atención materno-infantil se desmoronan, la violación es utilizada como arma y agresión entre contendientes y la violencia de género, la trata de seres humanos, y el matrimonio infantil se exacerban durante el conflicto”, recuerda Blume en la nota de prensa sobre el libro, que ve la luz en colaboración con el Instituto Aragonés de la Mujer (IAM). “Casi la mitad de las personas desplazadas por la violencia en el mundo son mujeres y a menudo atraviesan mayores dificultades por motivos de género en estas situaciones”, concluye.

  • GERVASIO SÁNCHEZ / VIOLENCIAS MUJERES GUERRAS (BLUME)
    Haurin Khader, de 15 años, es curada de sus heridas en el hospital Emergency de Erbil, capital de la Región Autónoma del Kurdistán de Iraq. Su cuerpo es una llaga enrojecida de carne implantada y chamuscada desde que se intentara suicidar a lo bonzo en su pequeña aldea. El amor fue la causa que destruyó su cuerpo y puso en entredicho su futuro. Cometió la osadía de enamorarse de Arcan, un primo de su misma edad, cuando sus padres ya habían pactado su matrimonio con un familiar lejano, mucho mayor que ella. Haurin es una de las escasas víctimas que da detalles sobre su suicidio frustrado. En el 90% de los casos los familiares utilizan la tapadera del accidente doméstico o del descuido para justificar el suicidio. “Me había comprometido con mi primo en secreto y se lo estaba contando a una amiga cuando entró mi hermano Barzan y me obligó a interrumpir la conversación. Venía con la intención de matarme. Me tendió una lata de queroseno, me ordenó que me la vaciase por encima de mi cuerpo y encendiese una cerilla”, cuenta la adolescente. La joven cumplió la orden, pero antes amenazó con una sorprendente valentía: “Me voy a suicidar pero voy a decirles a las autoridades que tú eres el culpable”. Su cuerpo quedó envuelto en llamas ante la pasividad de su hermano. La familia la mantuvo en casa durante dos días envuelta en emplastos de plantas y barro. Ante la gravedad de las heridas no les quedó más remedio que llevarla al hospital. Erbil (Kurdistán iraquí), abril de 2006.
  • GERVASIO SÁNCHEZ / VIOLENCIAS MUJERES GUERRAS (BLUME)
    Una madre y su hija cargadas de bidones de agua que han llenado en una fuente pública observan el traslado al depósito de cadáveres de una persona víctima de un bombardeo. La vida, anclada en la más pura supervivencia, se cruza con la muerte en una calle de Sarajevo durante su brutal cerco que duró tres años y medio. Este tipo de escenas eran muy cotidianas y diezmaban la capacidad de resistencia de los ciudadanos que vivían sin agua, luz y calefacción. Los sitiadores, armados con artillería pesada y sólidamente pertrechados en las colinas que rodeaban la capital bosnia y en algunos de sus barrios, sometieron a un infierno diario a los centenares de miles de ciudadanos. Los cementerios crecían cada día por culpa de un espantoso e inútil goteo de muerte. Sarajevo (Bosnia-Herzegovina), setiembre de 1993.
  • GERVASIO SÁNCHEZ / VIOLENCIAS MUJERES GUERRAS (BLUME)
    Dos mujeres muestran el retrato de un familiar desaparecido. Unos 400 saharauis han desaparecido desde principios de los años setenta en el marco del conflicto armado y la represión política de Marruecos contra la población civil de las zonas ocupadas. Durante décadas no hubo ningún tipo de información sobre el paradero de los desaparecidos. El gobierno marroquí reconoció en 1999 que 43 desaparecidos saharauis habían muerto durante la detención. En diciembre de 2010, el Consejo Consultivo de Derechos Humanos de Marruecos publicó en internet un informe con referencia a 207 casos de desaparecidos, dándoles por muertos “debido a las condiciones del encarcelamiento”,  “en medio de sufrimientos” o en “enfrentamientos militares”. Según la Asociación de Familiares de Presos y Desaparecidos Saharauis (AFAPREDESA), las informaciones proporcionadas fueron limitadas, fragmentadas e imprecisas. Tampoco se informó sobre el destino final de los cuerpos de las víctimas. La desaparición forzada es un crimen de lesa humanidad y  tiene carácter de delito permanente. Campamento saharaui de Auserd, octubre de 2016.
  • GERVASIO SÁNCHEZ / VIOLENCIAS MUJERES GUERRAS (BLUME)
    Mariatu Kamara, de 15 años, sufrió la amputación en 1999 de sus dos manos durante la guerra de Sierra Leona. Cortar manos, piernas, orejas o lenguas se convirtió en una práctica habitual de la guerrilla. La amputación fue la macabra singularidad de la guerra sierraleonesa. La guerrilla del Frente Revolucionario Unido generalizó su práctica a partir de 1995. Daba igual la edad. Algunas víctimas tenían meses. Mariatu lleva años viviendo en un centro especial para amputados en Aberdeen, un barrio de Freetown, la capital sierraleonesa. Aquí ha tenido tuvo su primer hijo que ha muerto al poco de nacer. Freetown (Sierra Leona), enero de 2001.
  • GERVASIO SÁNCHEZ / VIOLENCIAS MUJERES GUERRAS (BLUME)
    María Eugenia Urrutia Moreno, de 38 años, fue violada por paramilitares delante de su marido. “Una noche entraron en mi casa, golpearon a mi pareja y sujetaron a mi hija de cuatro años. Dos me violaron delante de mi familia. Mi marido se sintió humillado y me dijo que hubiera preferido que le pegasen un tiro. Sentía más odio contra mí que contra los violadores. Organicé un movimiento de mujeres afroamericanas y soy su representante legal. La Corte Interamericana de Justicia ordenó medidas cautelares a mi favor por el alto riesgo de vulnerabilidad. Hace dos años me secuestraron con una amiga, nos llevaron a un descampado, nos introdujeron los cañones de sus armas en las vaginas, nos obligaron a hacer sexo oral y nos quemaron con cigarrillos. Todavía siento miedo y pesadillas. Recientemente estaba en mi trabajo junto a mis dos escoltas cuando un hombre se me acercó con una pistola. Uno de los escoltas se abalanzó sobre mí y me tiró al suelo; estuvieron repeliendo el fuego durante 20 minutos. Si no es por ellos, estaría muerta. Sé que el día que me calle habrán ganado la partida”, explica la activista. Bogotá (Colombia), noviembre de 2011.
  • GERVASIO SÁNCHEZ / VIOLENCIAS MUJERES GUERRAS (BLUME)
    Margaret McKinney muestra la fotografía de su hijo Brian ante su tumba. El IRA asesinó al muchacho en 1978, hizo desaparecer su cadáver y negó su implicación en el crimen hasta que en 1999 facilitó información del paradero de sus restos bajo presión del gobierno estadounidense. La mujer le cuenta a Rogelio Alonso sus sentimientos más íntimos: “Morí con Brian y mi obsesión fue encontrarle. No he podido dejar de imaginarme el momento en que lo asesinaron. Veo su cara y sus manos atadas y sé que estaría pensando en mí. En 1999 me visitó el político Gerry Adams (algunos documentos oficiales británicos e irlandeses, desclasificados por haber transcurrido treinta años, le señalan como una importante figura del IRA Provisional a principios de la década de los setenta) y se comprometió a recuperar sus restos. Jamás me pidió perdón. Ni siquiera en privado, cuando estábamos a solas él y yo. Durante años negó que el IRA lo hubiera asesinado. Cuando finalmente lo admitió dijo que son cosas que pasan en una guerra y que todo el mundo sabe la opinión que en Irlanda se tiene de los confidentes. Él sabía muy bien que mi hijo no era un confidente, ni jamás tuvo nada que ver con el grupo armado. Si lo hubiese sido, habrían dejado su cadáver abandonado en cualquier cuneta, como hacían para disuadir a otros”. Belfast (Irlanda del Norte), setiembre de 2001.
  • GERVASIO SÁNCHEZ / VIOLENCIAS MUJERES GUERRAS (BLUME)
    Una niña víctima del huracán Mitch a su paso por Centroamérica se peina en un centro de damnificados de Tegucigalpa, la capital de Honduras. La naturaleza nunca ha tenido piedad del istmo centroamericano. Cada pocos años un nuevo terremoto o un huracán provocan una catástrofe humanitaria. Durante las interminables guerras civiles varios países fueron afectados por terremotos. Los combatientes tuvieron que parar la guerra temporalmente para rescatar a las decenas de miles de muertos entre los escombros. Los vaivenes de la tierra llegaron a provocar más muertos que las propias guerras. El Mitch destruyó gran parte de cultivos, las infraestructuras y la industria. Cerca de 10.000 muertos y otros tantos desaparecidos y hasta tres millones de damnificados fueron las cifras de aquella tragedia, además de inmensos daños en viviendas, cosechas y pérdidas económicas difíciles de cuantificar. Tegucigalpa (Honduras), enero de 1999.

QUIÉN ES GERVASIO SÁNCHEZ

Gervasio Sánchez es periodista desde 1984. Sus trabajos se publican en Heraldo de Aragón, El País y La Vanguardia; colabora con la cadena SER y la BBC. Es autor de varios libros fotográficos, entre ellos Mujeres Women: Afganistán (junto a Mónica Bernabé), Activistas por la vida, Antología, Kosovo, Niños de la guerra, Sierra Leona. Guerra y paz, La caravana de la muerte. Las víctimas de Pinochet, Latidos del tiempo, Vidas minadas y Sarajevo 1992-2008 (Blume).

Ha sido merecedor de los premios Cirilo Rodríguez, Club Internacional de Prensa, Andalucía de Cultura, Derechos Humanos de Periodismo, Liber Press, Javier Bueno y Joan Alsina de Casa América Cataluña; las instituciones aragonesas le concedieron la Medalla de Oro de Santa Isabel de Portugal y la Medalla al Mérito profesional.

En 2008 obtuvo el Premio Ortega y Gasset por la fotografía Sofía Elface Fumo con su hija Alia y en 2009 el Premio Nacional de Fotografía. En abril de 2011 recibió el Premio Internacional Julio Anguita Parrado por “su independencia, su excelencia periodística y por ser capaz de mantener una clara conciencia cívica y un permanente compromiso cívico”. El jurado también quiso “reconocer en su figura el valor del trabajo de los reporteros gráficos”.

En mayo de 2011 recibió la Gran Cruz de la Orden Civil de la Solidaridad Social, y en 2021 le fue concedido el IX Premio Internacional de Periodismo Cátedra Manu Leguineche. Es enviado especial por la paz de la UNESCO desde 1998.