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17/04/2016 10:00 CEST | Actualizado 17/04/2016 10:00 CEST

No me resigno

EFE

Bien entrada la noche del 20D entendimos lo que nos había encomendado la ciudadanía española y nos pusimos manos a la obra.

Cuatro meses después, nadie nos podrá echar en cara a los socialistas que no hemos batallado, que no hemos trabajado sin descanso para intentar cumplir ese mandato y ofrecer a la ciudadanía un gobierno de cambio, un ejecutivo que revierta la merma de derechos, libertades y los recortes que ha perpetrado el Partido Popular, ensañándose con las clases más desfavorecidas.

Era posible. Aún sigue siéndolo, pero las constantes vitales del pacto a tres bandas están muy debilitadas y si Pablo Iglesias no lo evita, en dos semanas habremos perdido el pulso.

Pablo Iglesias nunca ha querido pactar. El líder de Podemos nació en el Parlamento Europeo pero con la mirada puesta en el Congreso de los Diputados, y nada más conocimos los resultados electorales del 20 de diciembre dirigió su mirada a las próximas elecciones generales, a ver si a la segunda va la vencida (al Partido Socialista).

El destino está en nuestras manos y las manos de los socialistas seguirán trabajando lealmente para los millones de personas que han pedido que cambiemos este país.

Y en estos cuatro meses se ha dedicado a eso, a fingir una voluntad de pacto que haga posible un Gobierno que acabe con las injusticias sociales perpetradas por el Partido Popular, un gobierno que recupere la universalidad sanitaria, que sea intolerante a la corrupción, que derogue la ley mordaza y la reforma laboral, que paralice la LOMCE, que acoja a los refugiados que nos ha asignado la Comisión Europea y que haga de la lucha contra la pobreza una de sus prioridades. Pero esa voluntad era simulada.

El Partido Socialista y Ciudadanos sí hemos estado en eso. Otros partidos han estado en funciones, perdiendo un tiempo precioso para quienes solo tienen la política para cambiar su vida y soñar con otro futuro.

El Parlamento Europeo es una tribuna excepcional para comprobar que la derecha no es igual en todas partes, y lo mismo ocurre con las fuerzas de izquierda. Los socialistas hemos denunciado -y lamentando- reiteradas veces que el Gobierno del PP en nada se parece a otros ejecutivos conservadores europeos, mucho más modernos y exentos del radicalismo y dogmatismo del Partido Popular. Y hoy constatamos con igual pesadumbre que un partido como Podemos, que se dice defensor de las personas con menos recursos anteponga sus ansias de poder en forma de sillones a cualquier otra cosa. Una actitud más propia de otros tiempos y otras latitudes, y muy lejos de las fuerzas progresistas europeas que han respondido con lealtad a sus votantes.

Estos cuatro meses nos han servido no solo para desenmascarar a Pablo Iglesias, sino para constatar también que él no es Podemos, que hay otras corrientes, mareas, confluencias y dirigentes que difieren del fondo y la forma practicada por Iglesias.

Y mientras tanto, Rajoy se frota las manos. Porque es Mariano Rajoy el que tendrá que agradecerle a Pablo Iglesias la sonrisa del destino.

Pero yo no me resigno. El destino está en nuestras manos y las manos de los socialistas seguirán trabajando lealmente para los millones de personas que han pedido que cambiemos este país.

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