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27/09/2019 07:19 CEST | Actualizado 27/09/2019 07:19 CEST

A Dos Passos de Hitchcock

Durante la guerra civil, el Hotel Florida fue el enclave más cosmopolita de todo Madrid.

zoom-zoom via Getty Images
Plaza de Callao, en Madrid. 

Durante la guerra civil, el Hotel Florida fue el enclave más cosmopolita de todo Madrid. Sede oficiosa de los corresponsales internacionales, en él se alojaron figuras como Ernest Hemingway, Martha Gellhorn o John Dos Passos, entre una plétora de periodistas de todo el mundo que sobrellevaban nuestro conflicto a base de temeridad y whisky. Fue Dos Passos quien describió en el relato Habitación con baño en el Hotel Florida (Esquire, 1938), cómo aquel edificio de Antonio Palacios, todo él sofisticado con su recubrimiento de mármol, resultaba el colmo de la paradoja en un momento como la contienda, cuando los proyectiles caían y consumían vidas sin empacho mientras la prensa disfrutaba de una habitación limpia con agua caliente. 

En aquel corazón internacional de la Plaza de Callao, a mano izquierda de la Gran Vía si se sube desde la calle de Alcalá, Dos Passos se detuvo, sobre todo, en la mísera comparación del perfil de la ciudad con el que lucía años atrás. En puridad, salvo por el silbido y el humo de los explosivos, y los consiguientes gemidos de los civiles heridos durante los bombardeos, Madrid no se presentaba muy diferente desde su habitación, repleto de “calles estrechas, chimeneas sin humo, torres con cúpulas brillantes y afilados chapiteles de pizarra propios de la Castilla del siglo XVII”.

El Hotel Florida ya no existe, no desde que fuera derribado en 1964; pero en su explanada se levanta otro enclave icónico del Madrid contemporáneo, una franquicia de centros comerciales cuyo espacio había ocupado antes el hotel de Palacios. A su lado, a escasos diez metros, se alza otra edificación también paradigmática, de aspecto racionalista y construida por Luis Gutiérrez Soto, erigida justo en la esquina que todos recuerdan como la de Galerías Preciados. Efectivamente, me refiero a FNAC.

Si he recordado ahora la historia de esa zona es porque el pasado lunes 23 de septiembre, en la planta baja del edificio de FNAC, presenté junto con el editor, historiador y experto en cine Guillermo Balmori el libro del 60 aniversario de Con la muerte en los talones, un trabajo enciclopédico (y también ímprobo) que realizamos Vicente Díaz, Enric Ros, Joaquín Vallet, Juan Carlos Vizcaíno y la abajo (o arriba) firmante. A lo largo del libro no solo desvelamos el modus operandi de Alfred Hitchcock, tan brillante como feroz en ocasiones, sino también los entresijos de un rodaje que acabó derivando en una particular road movie, rodada a lo largo de tres mil kilómetros, durante setenta y ocho días y a través de varios estados, que estuvo trufada de accidentes, de censura y de escollos que acabaron conformando una leyenda épica.

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Si traigo a colación el Hotel Florida es porque, estando en la sala de conferencias de FNAC, en esa habitación roja en la que me sentía dentro de una obra de Henri Matisse, y mientras veíamos extractos de la película de Alfred Hitchcock y de Cary Grant atravesando el Monte Rushmore, no pude evitar pensar en los vericuetos retorcidos a los que nos aboca la historia, y en cómo aquel espacio de total plenitud cinéfila para nosotros, en algún momento y para determinadas generaciones significó algo completamente diferente.  

Con la banda sonora de Bernard Herrmann me fue fácil evocar que, en aquel mismo espacio, ochenta años antes John Dos Passos describía cómo desde el ventanal de la séptima u octava planta divisaba “toda la parte antigua de Madrid por encima de los tejados […] bajo el azul metálico que brilla antes del amanecer”. Y, de nuevo, entendí que seguramente aquel Madrid no difería mucho del nuestro.

Bizarramente, en ese instante imaginé que, separados por algunas décadas, en aquel mismo espacio convivíamos con Ernest Hemingway, Martha Gellhorn y John Dos Passos.

Desde la mecánica cuántica, por la que cada día me siento más atraída y a la que profeso una profunda admiración, se ha abierto la puerta a los universos múltiples, a ese entorno multiverso en el que la realidad discurre a distintos niveles que conviven en el nuestro. Bizarramente, en ese instante imaginé que, en aquel mismo espacio, y separados por la simpleza de varias décadas, los ponentes y los asistentes convivíamos con Ernest Hemingway, Martha Gellhorn y John Dos Passos, y con el resto de los periodistas que informaban desde allí “al otro extremo de los cables”. 

Alfred Hitchcock y Cary Grant, quienes también visitaron nuestro país en reiteradas ocasiones, también podían fundirse con nosotros, cada uno en su respectiva dimensión, y así en mi imaginación todos nos deleitábamos con Con la muerte en los talones de una u otra manera. 

No está mal, de entrada, pensar que no somos un compartimento estanco, y que todos nos solapamos, sin converger, en un mismo universo. Me gusta pensar, llámenme insensata, que, de alguna forma, todos asistimos a aquella presentación de cine, aunque cada uno siendo testigo de su propia historia.


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