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05/03/2020 09:46 CET | Actualizado 05/03/2020 15:52 CET

A propósito del 8 de marzo

¿Qué debe pasar cuando sistemáticamente se te considera la hostia y el rey del mambo no por lo que haces o podrías hacer sino porque eres hombre?

NurPhoto via Getty Images

Este artículo también está disponible en catalán.

 

Hace algún tiempo tuve una experiencia insólita; única. Altamente reveladora.

Estaba en Cádiz pasando unos días fabulosos llenos de paseos por la playa; de baños eternos. Unos días de sol, de arena, de buen pescado de los esteros, de brisa atlántica de la bahía saturada de la sal y de la gracia (que son muchas) de Cádiz.

Una tarde prontito caminaba por el paseo Marítimo con una amiga. De pronto, una señora muy, muy mayor que iba acompañada de una cuidadora latinoamericana fue deslizándose lentamente hacia el suelo.

La gente que estaba cerca —todas éramos mujeres—, acudimos enseguida a ver si podíamos hacer algo. Mientras intentábamos ayudar, la mujer que la cuidaba, ella sola, la levantó con fuerza y traza, y con enorme rapidez; acostumbran a tener mucha pericia. Otra vez en su silla, la señora que había caído se gira hacia mí y de una manera totalmente exagerada, desproporcionada y ditirámbica, sin venir a cuento, un punto arrebatada y con ojos embelesados, exclama:

—Gracias caballero, muchas gracias.

Me quedé atónita. No porque me confundiera con un hombre; de vez en cuando ocurre. Que sé yo: la pinta y los andares, o el pelo, o la manera de ir vestida, o el incipiente bigote y otras manifestaciones pilosas (para otro 8 de marzo queda hablar de las contradicciones que generan los insolentes pelos en los sitios más visibles e inoportunos y cómo tratar y asumir el fenómeno). Me quedé perpleja, no por la confusión, no —no fue la primera vez—, sino porque, francamente, yo no había hecho nada en absoluto. Cualquiera de las que estaban allí había ayudado más que yo. Y ella, dale que dale:

—Gracias caballero, no sé qué hubiéramos hecho sin usted... Muchísimas gracias.

Sorprendente y aleccionador. Todo el reconocimiento (y el agradecimiento) al hombre; indiferentemente y al margen de si hubiera hecho algo o no. Por este motivo, simplemente por el hecho de ser hombre. Incluso es posible que la anciana creyera, «viera», en su deslumbramiento por los hombres, que realmente quien la había levantado era yo.

¿Qué debe pasarte cuando eres un macho en cualquier de sus variantes (hombre, adolescente o niño) y te tratan sistemáticamente así?

Me vino a la mente una escena que había presenciado hacía años por la calle. Una madre, o una tía, o vete a saber, le decía a un niñito que no levantaba dos palmos del suelo y, como es natural, totalmente desvalido y dependiente: «¿si viene el hombre del saco, me protegerás, ¿verdad?». No es imaginable la misma escena protagonizada por una madre, tía, etc. y una niña. O aún menos, por un padre, tío, etc. y una niña. Así, desde pequeños los niños se van acostumbrando a sentir que todo lo pueden, se les va potenciando la potencia.

¿Qué debe pasar cuando sistemáticamente se te considera la hostia y el rey del mambo no por lo que haces o podrías hacer sino porque eres hombre? ¿Qué lugar debes creer que ocupas en el mundo?

Todo el reconocimiento (y el agradecimiento) al hombre; indiferentemente y al margen de si hubiera hecho algo o no.

Si volvemos a la caída de la señora, un profesor de inglés a quien como deberes yo estaba explicando la escena del paseo Marítimo de Cádiz, me dijo muy sorprendido que había vivida una experiencia idéntica. Cuando era un chico, su abuela cayó del sofá y gritó; la hermana pequeña del profesor acudió corriendo, la levantó y la sentó otra vez en el sofá. Cuando él llegó, la abuela ya estaba pues sentada sana y salva, pero a pesar de ello todo fueron agradecimientos y zalamerías para él.

La chica hizo notar a la abuela que era ella la que la había alzado y no su hermano, pero la abuela, impertérrita, siguió elogiando y ensalzando la acción del chico. O sea que a veces ya saben que la acción no la ha hecho el chico, pero no importa; debe formar parte de la educación que creen que merecen los chicos y, por tanto, de la creación y conformación de una cierta masculinidad.

¿Qué efectos tendrá sobre la mentalidad, los sentimientos, el cuerpo, esta percepción y esta (sobre)valoración?

No lo sé, pero cuando pienso en estos casos, me parece que ser hombre debe ser como andar siempre por una alfombra rodante o cinta transportadora de las que recorren los largos vestíbulos de los aeropuertos. A tus pasos, se suma el impulso del rodar de la cinta y, entonces, tu zancada pasa a ser poderosa, elástica, digna de una colosa (el corrector del ordenador me dice que esta palabra no existe), casi embriagadora. Y ser mujer, ir por el lado de la alfombra rodante (con la lengua fuera) y, además, acarrear una maleta. En algunos países, en algunos lugares, en algunas ocasiones, dos o tres maletas; a veces sin ruedas.

(Como decía a su madre la excelente poeta Sylvia Plath (1932-1963) en una de sus últimas cartas poco antes de suicidarse —leída con perspectiva es aterradora—, «sólo necesitaría que alguien me dijera que lo estoy haciendo bien».)

Que tengan un buenísimo 8 de marzo.