INTERNACIONAL
17/09/2021 07:03 CEST

Afganistán bajo el poder talibán, mes 1: todo son incertidumbres, prohibiciones y divisiones

Los islamistas arrasaron en la guerra, pero ni tienen el amor de la calle ni paz en sus propias filas. El país afronta el éxodo, el hambre y la miseria.

STRINGER / EFE
Una patrulla de las fuerzas talibanas, retratada en Kabul, el pasado 15 de septiembre.

Un mes llevan los talibanes mandando de nuevo en Afganistán. Ya no están los focos sobre el aeropuerto del que escapaban los afortunados que tenían conexiones con países occidentales ni habla Joe Biden a diario para decir que la salida de sus tropas fue el colofón a una “misión cumplida”, pero los días siguen pasando bajo el mando islamista, ya con algunas transformaciones importantes pero, sobre todo, con una enorme incertidumbre por el rumbo que adoptará finalmente el nuevo gobierno. De fondo, una terrible crisis humanitaria en la que se suma el exilio, la persecución, la sequía y el hambre. 

Imposición, que no gestión

Los talibanes se hicieron en apenas dos horas con los edificios gubernamentales de Kabul y con el palacio presidencial. Se hicieron fotos en sus instalaciones, entraron en los archivos de los ministerios más sensibles, como los de Defensa e Interior, para hacer listas de sospechosos colaboradores con EEUU y otras potencias y comenzaron a dar órdenes de patrullar cada calle con sus milicias. 

Su bandera blanca y negra ondea por las esquinas, tapando grafitis de colores o rostros de mujeres, se han convocado ruedas de prensa, se han concedido entrevistas a medios internacionales y, al fin, se ha anunciado un Gobierno. El mulá Mohammad Hassan Akhund es el primer ministro en funciones, mientras que el mulá Abdul Ghani Baradar, líder político de los talibán, es el viceprimer ministro. En el gabinete -¿sorpresa?-, ni una mujer. 

Todos estos pasos, sin embargo, les han servido para imponerse en las formas, aupados obviamente por el miedo que los ciudadanos mantienen ante la mano durísima que ya exhibieron en su anterior etapa en el poder, de 1996 a 2004, hasta la invasión norteamericana de castigo por su apoyo a Al Qaeda. Sin embargo, no hay gestión alguna. Se han visto con un Gobierno en las manos, avanzado en los últimos 20 años sobre los rescoldos medievales que ellos mismos dejaron, y que no saben por dónde coger.

Los edificios de la Administración, según relata la prensa local que se juega la existencia por contarlo y la internacional desplazada al país, están vacíos y no hay nadie dando órdenes, en ninguna materia que no sea la seguridad. No hay equipos, sólo grupos de talibanes alrededor de un líder o ministro, poco más. Los funcionarios que hasta ahora han sabido de las políticas públicas están encerrados, ocultos, o han escapado del país por miedo a represalias. 

A ello se suma la división que hay en el seno de los talibanes, según han relatado medios como la BBC o Reuters, entre los más radicales y los más pragmáticos. Parece que van ganando los primeros, dice AP. El mulá Baradar ha tenido que negar estas disputas y salir al paso de informaciones que apuntaban a que resultó herido en una pelea interna precisamente por puro poder. Ha estado una semana desaparecido y sonaron las alarmas. De su compañero Hassan no se sabe nada desde hace un mes. De algunos jerarcas del nuevo Gobierno no hay noticias justo desde que hace un mes llegaron al poder y se habla de asesinatos. 

Discurso ‘light’, hechos represivos

Los talibanes se presentaron en sociedad al poco de tomar Kabul poniendo cara de niños buenos. Eran los muyaidines 2.0, los más modernos y avanzados, los que usaban redes sociales y hablaban varios idiomas, los que prometieron no cobijar a terroristas y respetar a las mujeres y los medios de comunicación, sharia o ley islámica mediante. 

Todo era, obviamente, una pose. Los islamistas tratan de evitar que la comunidad internacional se le eche encima y, mejor aún, tratan de allanar el camino a un posible reconocimiento de su legitimidad en el poder, lo que abriría la puerta a legaciones diplomáticas, a socios, a negocios. 

Lo que se ha visto ya en este primer mes es la imposición de un régimen de miedo en las calles, tranquilas pero vigiladas de cerca por sus milicianos. La aparente seguridad -ya no hay atentados, pues muchos los cometían los propios talibanes para desestabilizar al poder- no oculta la desconfianza de los ciudadanos, por más que se anunciase una “amnistía general”.

Se han reportado ejecuciones sumarias, detenciones arbitrarias y registros sin permiso, denunciados por organizaciones como Human Rights Watch o Amnistía Internacional; se han reportado palizas a periodistas locales y puertas marcadas allá donde viven mujeres destacadas por su actividad pública (periodistas, activistas, actrices...). Hay grabaciones que muestran su vuelta a las andadas.  

Hay oposición

Pese al cansancio de parte de la población con los Gobiernos previos, corruptos e inoperantes pero mantenidos bajo control por EEUU, los talibanes no están siendo recibidos con un apoyo masivo en las calles. Hicieron mucho daño hace 20 años -asesinatos, lapidaciones... que hieren más que la desidia y el mangoneo- y además ha pasado mucho tiempo y los ciudadanos han podido vivir en un mundo diferente, sin su yugo. 

En las ciudades es donde más se aprecia el descontento con su llegada. El campo, más tradicional, protesta menos, pero en las grandes urbes no sólo se ha dado un éxodo masivo de ciudadanos, camino de Irán o Pakistán, sino que se están produciendo concentraciones, emocionantemente lideradas por mujeres, reclamando derechos humanos. Ha ocurrido en Kabul o en Herat, por ejemplo. 

El pasado 6 de abril, los talibanes anunciaron que habían conquistado Panjshir, la única de las 34 regiones afganas que se le resistía. Sin embargo, las milicias contestatarias sostienen que la batalla sigue abierta, por lo que aún queda un pequeño reducto de resistencia, en una tierra no conquistada en 40 años y que ha liderado la pelea contra Al Qaeda en los alrededores, por lo que cuentan con apoyo internacional claro. No son muchos, por más que se les hayan sumado militares del deshecho ejército afgano, y están arrinconados. Los talibanes insisten en que es cosa hecha. 

Lo que las mujeres no necesitan

Las mujeres no necesitan hacer deporte, dicen los talibanes, por eso lo han vetado para ellas. Tampoco necesitan por ahora ir a la universidad o a sus puestos de trabajo, porque para qué exponerse cuando la situación aún no es segura. Si van, mejor separadas de los chicos y con ropa más sobria y tapada. Y, así, se le ha dado la vuelta, como era de esperar, a la situación de las mujeres en el país. 

Todo es muy confuso en este campo: cada vez hay menos mujeres por la calle y las que salen, lo hacen más cubiertas que hace un mes. Los nuevos gobernantes han dicho que dejarán que trabajen, más aún las funcionarias, pero por ahora les dicen que se queden “en sus casas, por su propia seguridad”, a menos que sean maestras o médicas. Por ahora no tienen obligación expresa de que, como antes, un varón las acompañe cuando necesiten o quieran salir de casa, pero muchas mujeres ya lo están haciendo como medida preventiva.   

Las que están regresando a la universidad lo hacen en bancas separadas de los hombres y con cortinas que las tapan. En las televisiones, ya han dejado de aparecer presentadoras de informativos, por más que la primera entrevista oficial a uno de sus portavoces la hiciera una mujer. Pura pose. “Estamos esperando a que se den las condiciones adecuadas”, justifican, pero medios como Euronews han comprobado in situ las distintas versiones que dan sus milicianos sobre la materia a lo largo del país. 

Las que están regresando a la universidad lo hacen en bancas separadas de los hombres y con cortinas que las tapan. En las televisiones, ya han dejado de aparecer presentadoras de informativos, por más que la primera entrevista oficial a uno de sus portavoces la hiciera una mujer. Pura pose. “Estamos esperando a que se den las condiciones adecuadas”, justifican. 

La vida: más tela, menos música, más miedo

En las ciudades afganas no sólo han comenzado a aparecer más velos y más burkas para las mujeres, sino que los hombres han abandonado en buena parte los pantalones vaqueros y las camisetas, en favor de ropas más tradicionales y discretas. 

Unas y otros pasean poco, amedrentados, por calles en calma por la falta de atentados y por la vigilancia islamista, con pocos atascos porque hay menos gente (los exiliados, los escondidos) y se fueron las tropas extranjeras (el 31 de agosto era la fecha tope que se había impuesto EEUU). 

Según relata la Agencia EFE, las bodas afganas, que suelen ser multitudinarias y un auténtico acontecimiento para la comunidad, “se han visto silenciadas por temor a los islamistas” y ya no se celebran en grandes salas. La BBC añade que muchas se están suspendiendo.

Los talibanes llegaron a prohibir la música cuando gobernaron el país entre 1996 y 2001, aunque ahora no han dado esa orden expresa. Hay temor a que vuelva o a que cualquier grupo de muyahidines de patrulla, más radicales que parte de su Gobierno, se tome la justicia por su mano y cargue contra quien la ponga, por lo que “ya no hay música en directo en los salones de bodas, solo hay un pequeño reproductor en la parte de las mujeres. No hay ni bailes ni felicidad para los jóvenes”, afirma a Efe Qari Malik, gerente de una de estas salas en Kabul.

Los medios de comunicación afganos han dejado también de emitir programas musicales, cuando eran muy populares. 

Los horarios de rezo en las mezquitas también han sido separados por sexos y la vida cultural se ha visto paralizada por completo, siendo como es la cultura una de las dianas preferidas por los talibanes. Apenas hay hueco para reivindicarla en las redes sociales, donde por ejemplo han surgido iniciativas de mujeres que reivindican sus trajes típicos, frente al burka. 

Los mercadillos están, mientras, más llenos que nunca, repletos de bienes de quienes necesitan vender y tener dinero rápido para marcharse o restos de las casas vacías que un día fueron hogares y hoy están abandonadas. 

Enorme crisis

Los talibanes han tomado un país que ya arrastraba una crisis económica y humanitaria, que ahora se ve agravada. Es muy complicado hacer negocios cuando el país está paralizado tras la guerra, cuando no hay un Gobierno que regule y ponga orden, cuando no hay inversores y los principales empresarios se han marchado del país. Están prometiendo hasta rebajas en tasas arancelarias para intentar atraer esas inversiones, pero por ahora nadie regresa. 

El aislamiento internacional sigue siendo intenso, ya que sólo se han recuperado vuelos comerciales, a cuentagotas, con tres países: Irán (con la compañía Mahan Air Bus), Pakistán (PIA) y Qatar (Qatar Airwish). Se trata de dos países con frontera terrestre con Afganistán y un tercero, del Golfo, que está ejerciendo de mediador internacional entre los países occidentales y los talibanes. 

Hay, también, una importante escasez de efectivo. Los afganos se ven visto obligados a formar largas colas frente a los pocos bancos que siguen abiertos y sólo pueden retirar un máximo de 200 dólares por semana. Ya nada vale ni cuesta lo de hace un mes. 

La crisis económica afgana amenaza con sumir a un 97% de la población en la pobreza a mediados de 2022, según la ONU. “Podemos decir que en general, la tasa de desempleo está en su punto más álgido de los últimos 20 años. Los empleados del Gobierno no reciben sus sueldos desde hace tres o cuatro meses”, señaló a Efe el activista y analista Ghulam Jailani Humayoon.

A ello se suma la crisis humanitaria. Es muy difícil, también, mantener el flujo de ayuda sin compromiso por parte del nuevo Ejecutivo y su inexperiencia-reticencia-desconocimiento del proceso. Por eso la ONU, a través de agencias como el ACNUR y ONU Mujeres, está tratando de acelerar los contactos con los islamistas, no por gusto o reconocimiento, sino para mantener cauces de ayuda abiertos para los desplazados dentro del país, los que se han ido fuera, los heridos por la contienda, los que se han quedado sin casa y los que afrontan una pobreza crónica y problemas alimenticios derivados de la sequía que sufre el país. 

Bernat Armangue via AP
Samina, de cinco meses, con desnutrición severa, en brazos de su madre, en el hospital infantil Indira Gandhi de Kabul, el pasado 15 de septiembre.

El alto comisionado de la ONU para los refugiados, Filippo Grandi, ha estado esta semana de visita en la zona y ha confirmado que la situación es “desesperada”. Ya antes era difícil, con 18 millones de afganos precisando ayuda urgente y 3,5 millones que han abandonado sus casas, 630.000 sólo en lo que va de año. Grandi sostiene que sacó en sus reuniones con los talibanes temas como el respeto a los derechos humanos, pero no ha concretado qué le respondieron. 

ACNUR había calculado que la llegada al poder de los talibanes podría llevar a que 500.000 personas más tratasen de escapar del país como refugiados, pero por ahora esos flujos están siendo más lentos de lo previsto. El Alto Representante para la Política Exterior de la Unión Europea y vicepresidente de la Comisión, Josep Borrell, afirmó el miércoles que no cree que la situación en Afganistán vaya a producir una crisis de refugiados como la que sucedió en Siria en los años 2015 y 2016, que era lo anticipado un mes atrás. Lo ha achacado a que la mayoría e la gente es “muy pobre”, vive en zonas de “montaña” y , a su juicio, no tiene “fuerzas” para migrar.

Por el momento, la ONU ha conseguido esta semana la promesa de más de mil millones de dólares de la comunidad internacional (España pone 20), y los talibanes han visto en esta inyección de ayuda un paso positivo para establecer relaciones diplomáticas y capear la crisis. Pero no lo ven así las potencias internacionales, que siguen avisando de que cooperar por la gente no es reconocer a nadie. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, lo dejó claro el miércoles, en su discurso del Estado de la Unión, cuando anunció cien millones de euros extra de ayuda al país, sobre los 200 ya avanzados. Ayuda para evacuaciones es lo que por ahora se limitan a negociar países como España, con el ministro de Exteriores José Manuel Albares al frente, que ha estado de visita en Pakistán y Qatar estos días.  

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación (FAO) calcula que un 70% de la población, concentrada en zonas rurales, necesita de forma urgente 36 millones de dólares para cultivar trigo o alimentar al ganado en los próximos meses. Hay cuatro millones de afganos están en situación de emergencia alimentaria, directamente, con carencias de consumo, desnutrición severa y exceso de mortalidad. 

Este Afganistán nuevo de un mes no es sólo el de los talibanes, sino el de los afganos que no pudieron tener desarrollo digno en 20 años de presencia internacional, abandonados luego y que ahora se ven sometidos, de nuevo, por el puño de hierro del islamismo.

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