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25/09/2021 10:08 CEST | Actualizado 25/09/2021 10:08 CEST

Afganistán, las mujeres que nos salvarán

Mi esperanza está en estas inmensamente valientes mujeres. Mucho más allá que víctimas, protagonistas de su destino.

Anadolu Agency via Anadolu Agency via Getty Images
Un grupo de mujeres se manifiesta en Afganistán pidiendo continuar con su educación.

Tengo una amiga que explica que cuando a finales del franquismo estaba presa en la Trinidad (una cárcel de Barcelona) uno de los triunfos más grandes, una de las alegrías más profundas que tuvo fue cuando una Cruzada Evangélica de Cristo Rey (sí, cualquier tiempo pasado fue peor) se vio en la obligación de espetarles, enfurecida, cuando las encontró riendo a mandíbula batiente (eran jóvenes), que no estaban allí ni para divertirse ni para reír.

La abyecta prohibición de reír que los talibanes han decretado contra las afganas resume y engloba —por crueles, despreciables e inhumanas que sean todas— las otras veintiocho prohibiciones y es un claro exponente del mundo de pesadilla que quieren perpetrar.

No es extraño, por tanto, que a principios de septiembre, el subjefe de la comisión cultural explicara que no permitirían que las mujeres hicieran deporte puesto que no era adecuado ni necesario. El cuerpo, siempre el cuerpo. El estallido gozoso, la carcajada que es un cuerpo en movimiento sin restricciones físicas ni mentales.

De todos modos, más allá del régimen talibán, para entender lo que ocurre en Afganistán se deben tener en cuenta las prohibiciones, el esclavismo, un trato peor que el que se inflige a los animales, que ya imperaba en el país contra las mujeres antes de los talibanes. Se puede resumir en aquel dicho que proclama que las esposas deben tener la primera regla en casa del marido; «costumbre» que pone la piel de gallina. Centrarlo todo en los talibanes es —aparte de simplificador y falso— práctico y cómodo porque evita criticar países, habitualmente empapados de petróleo, que aplican el mismo tipo de prohibiciones. Parece que antes de los talibanes todo fuera orégano.

Otra mentira, más que simplificación, es la opinión repetida y repetida hasta la saciedad, que Occidente, que Europa, que los EEUU, llevarían la democracia al país (y a todo el mundo), que salvarían Afganistán. No es que las potencias occidentales hayan aceptado la corrupción en Afganistán pensando que así —parece mentira tanta burricie— se garantizaría la seguridad, es que sólo hay que recordar algunos episodios protagonizados por estas potencias.

No muy lejos de Afganistán, hace menos de un siglo, en 1953, algunas de estas potencias potenciaron un golpe de estado contra el primer ministro iraní elegido democráticamente, Mohammad Mosaddeq, porque creía que ninguna potencia debía tener influencia en el país y, por tanto, ninguna tenía que tener concesiones petrolíferas; es decir, a la que se olieron una posible nacionalización del petróleo. Sólo hay que recordar el horror y el caos en que sumió a la región un político tan alabado como Winston Churchill.

Lejos de allí, pero no de las políticas e intereses occidentales, hay que recordar el asesinato en 1961 del congoleño Patrice Lumumba, el político más capacitado para llevar al país a una independencia ordenada. Parece probado que Dwight D. Eisenhower habría ordenado su eliminación un año antes. En otro continente, se podría recordar el golpe de estado del 11 de septiembre de 1973, perpetrado a medias entre los EEUU y la extrema derecha chilena, contra el presidente Salvador Allende, elegido democráticamente en las urnas.

Sólo hay que recordar las traiciones reiteradas, por decirlo de manera suave, contra el pueblo saharaui, contra kurdas y kurdos, contra las primaveras árabes, pueblos y movimientos bastante más pacíficos y demócratas que los entornos donde les ha tocado vivir, para pensar que quizás las potencias occidentales son producto, no sólo de no promover la democracia y la libertad fuera de sus fronteras, sino de impedirlas. Que son democracias fundamentadas en la depredación y el expolio continuados, generalizados y sin fronteras del colonialismo.

Por lo tanto, es al menos cínico decir que el objetivo de la guerra occidental en Afganistán era llevar la democracia, era salvar nada. Como la hipocresía de decir que hacían lo que hacían por las afganas: las han apuñaladas siempre que les ha convenido. Me gustaría mucho saber qué porcentaje de afganas han evacuado. Puesto que son ellas a quienes más se atacará, debería ser muy alto. Cuando una miraba las noticias, veía pocas mujeres saliendo de los aviones.

Es hora de recordar justamente algunas salvadoras excepciones, por ejemplo, a la demócrata Barbara Lee, la única legisladora que hace veinte años en el Congreso yanqui osó votar «no» a la invasión de Afganistán y la subsiguiente guerra, y bien caro que lo pagó. El resultado fue 420 sí, 1 no; fue peor en el Senado: 98 a 0 y en la ONU: unanimidad.

Por ejemplo, el compromiso cada vez más firme con la no-violencia y la reconciliación de Phyllis Rodriguez, madre de una víctima del 11-S que, desde el primer momento, se manifestó contra la intervención militar en Afganistán.

Y sobre todo, sobre todo, y no como excepción sino como una constante, se adscribe ya a una vieja y sólida tradición, que incluye la de las Mujeres de negro de todo el mundo, la manifestación el 17 de agosto de unas inusitadamente valientes afganas sólo caer Kabul. Algunos medios decían que eran cuatro, algunas fotos mostraban cinco, y otras, algunas más; tanto da: representaban una multitud. También en Kabul, la manifestación del 4 de septiembre (reprimida con gases lacrimógenos y disparos al aire) y la del 7 (dispersada a tiros); la del día 12 en Herat. Y tantas y tantas que debe de haber habido.

Mi esperanza está en estas inmensamente valientes mujeres. Mucho más allá que víctimas, protagonistas de su destino. Una vez más, si alguien las salvará (y nos salvará) serán ellas.

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