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14/09/2019 09:15 CEST | Actualizado 14/09/2019 09:16 CEST

Aguadas cuotas

Sólo se propala la presunta discriminación positiva si es femenina y se esconde cuidadosamente la omnipresente cuota masculina.

Getty Editorial
Ignacio Aguado, vicepresidente de la Comunidad de Madrid. 

Este artículo también está disponible en catalán

 

Gracias a Bibiana Aído Almagro (1977), ministra de Igualdad de 2008 a 2010, disfrutamos desde el 23 de febrero de 2010 de una razonable ley de plazos para regular el aborto, parangonable con las de los países europeos más avanzados y progresistas.

Gracias a Leire Pajín Iraola (1976), ministra de Sanidad del 2010 al 2011 y sucesora de Aído en el cargo, disfrutamos de una exitosa ley antitabaco desde el 2 de enero de 2011. Este mismo año Pajín estableció un método para comprar los productos farmacéuticos que supuso un ahorro considerable al Estado y, por tanto, a quien paga impuestos.

Fueron sonadas la histeria, el machismo y la caza de brujas (un vistazo a la hemeroteca es esclarecedor) que se desencadenó tanto contra las dos ministras como contra las leyes que felizmente lograron aprobar. A la vista de los resultados, sin embargo, parece que hay motivos para afirmar que el frente del ministerio había algunas de «las más preparadas y las más capacitadas para la tarea».

Es totalmente lógico, pues, que el vicepresidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio Aguado (Ciudadanos), no las quiera ver ni en pintura en un gobierno que, como el suyo, acoge desde una derecha que cree poco en las libertades y el progreso de la humanidad hasta la ultraderecha; ni, por cierto, en ningún otro gobierno. Si lo que quiere es menospreciar, despreciar e insultar a Pajín y Aído es de una gran incoherencia que Aguado lo intente diciendo: «Es que para poner ‘pajines’ o ‘aídos’ en un gobierno, prefiero no hacerlo, prefiero potenciar y tener en cuenta el mérito y la capacidad». La incongruencia es aún mayor si tenemos en cuenta que, a la vista de lo que dice y cómo actúa, Aguado es un ejemplo de cuota por excelencia.

En efecto, he manifestado en otras ocasiones que en realidad lo que hay son cuotas masculinas. Comparen los méritos y la labor de Mariano Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría; piensen en los banqueros de la corrupción... Elijan y escojan, la lista es larga, larga.

En realidad lo que hay son cuotas masculinas.

Observas a la nueva ministra de Interior de Italia, la abogada Luciana Lamborgese, inteligente, eficaz, educada, que con tacto y discreción consiguió frenar las ordenanzas antiasilo de las alcaldías liguistas de la zona de Milán (multaban, por ejemplo, a quien acogía en su casa) cuando presidía la prefectura, ya que está firmemente convencida de que acoger la diferencia es una riqueza, y te das cuenta de que Matteo Salvini es cuota de la peor.

(Las cuotas están relacionadas con cualquier avance de las mujeres y los campos que consiguen ocupar, por eso despiertan tanta rabia y rechazo entre el machismo, pero lo dejaremos para otro artículo.)

Dos imágenes pueden ilustrar las cuotas. La foto del primer artículo corresponde a la apertura del año judicial, el pasado lunes 9 de septiembre. Al rey Felipe VI —cuota masculina pura, cruda y dura (ya se quedaron bien descansados, ya, los padres de la Constitución)—, le acompañan trece magistrados.

Hay que recordar que las abogadas tuvieron prohibido el acceso a la carrera judicial hasta 1966 (no es que no les interesara, no; no es que no quisieran participar, no; una masculina ley amante de las cuotas radicales las discriminaba), a pesar de ello, desde 2013 son mayoría. Según el Consejo General de Poder Judicial, en enero de 2018 había 2.858 jueces (53%) y 2.519 jueces (47%). A menudo se justifica que no asciendan porque son jóvenes y, por tanto, aún con poco currículum, pero en 2018 la diferencia de edad era escasa: había 875 juezas que tenían entre 51 y 60 años frente a 972 jueces de la misma franja de edad. 

Ni Margaret Atwood podría pintar un panorama tan siniestro.

La foto del segundo artículo no puede ser más expresiva. En la inauguración de un congreso internacional sobre ¡demografía! que acaba de clausurarse en Budapest, en primera fila, convenientemente espatarrados —sobre todo el ultraconservador Viktor Orbán que por eso es quien más manda—, sólo hay hombres, entre los cuales, un cura; en la segunda fila parece que también; en la tercera, se vislumbra a dos mujeres. Si tienen el humor o el estómago de leer el artículo verán lo que planean perpetrar todos estos hombres con los vientres de las mujeres casadas, cristianas, húngaras y caucásicas, y con la inmigración. Ni Margaret Atwood podría pintar un panorama tan siniestro.

Hay dos tipos de cuota masculina, la que de tan frecuente, tan evidente, tan nítida, tan presente, no se detecta. La que se esconde a conciencia y, seguramente, mala fe.

Por ejemplo, es bien sabido que las alumnas tienen un rendimiento superior al de los chicos a lo largo de todo el sistema educativo, y entonces pasan cosas como ésta.

En la práctica, la «discriminación positiva» lleva tiempo ejerciéndose en determinadas universidades privadas que buscan asegurar un cierto equilibrio de matrículas masculinas y femeninas. «Sé de una universidad, cuyo nombre no diré, en el que las mujeres necesitan medio punto más de nota media para poder ser admitidas», indica un profesor.» (El País). 

«Cuyo nombre no diré». Sólo se propala la presunta discriminación positiva si es femenina y se esconde cuidadosamente la omnipresente, y muy negativa para la humanidad, cuota masculina. Aguado, cuota eres tú.


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