POLÍTICA
11/11/2019 12:48 CET

Albert Rivera o cómo la ambición de Colón rompe el saco

El supuesto liberal que soñaba con ser presidente... y acabó hundiendo a Cs

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Rivera anuncia que se retira de la vida pública

Hiperliderazgo, blanqueamiento de la extrema derecha, dilapidación de los críticos internos, confrontación en Cataluña, bandera del 155 y el arresto de Quim Torra, radicalización en la derecha, abandono del centro, bandazos ideológicos, bloqueo institucional, formas groseras, estupor entre sus colegas europeos, la foto de Colón, adoquines en debates...

Resultado: de tercera fuerza en abril con 57 diputados a sexta en noviembre con tan solo diez. Albert Rivera ha dimitido como líder de Cs y deja la política tras el descalabro electoral. Para los electores, fue el principal culpable del bloqueo y tuvo un papel inútil durante estos meses.

Rivera se creyó que podía ser presidente, y arañó varias veces ese puesto en las encuestas. Se obsesionó con ellos, narcisismo demoscópico. Hoy podía ser vicepresidente del Gobierno con Pedro Sánchez con un pacto que hubiera dado mayoría absoluta a los socialdemócratas y los liberales. La realidad: fracasó en un su intento de liderar la derecha y ha hundido un espacio electoral en España que triunfa en países como Francia con Emmanuel Macron.

Son varios momentos clave los que han llevado a este negro momento para Cs. El primero fue en febrero de 2017, cuando el partido dio un giro ideológico y borró de sus estatutos la palabra socialdemócrata y se convirtió en “liberal progresista”. ¿Traducción? Vuelco a la derecha.

Y el segundo giro total fue el veto que hizo a Pedro Sánchez antes de las elecciones de abril. No salió mal a corto plazo, arañando el sorpasso a Partido Popular. El problema ha sido que Rivera y Cs no ha sabido gestionar bien los resultados electorales.

Decepción entre votantes y blanqueamiento de Vox

El votante de Cs esperaba que su voto sirviera para algo, y no sucedió en el Congreso. Pero tampoco sucedió en Cataluña, donde Cs en diciembre de 2018 logró una histórica victoria frente al nacionalismo. Inés Arrimadas ni se presentó simbólicamente a la investidura en el Parlament.

Y lo mismo sucedió tras las municipales y autonómicas. Cs lo tuvo claro: prefirió pactos con el PP apoyándose en la ultraderecha. En la sede central naranja siempre se dijo que no había acuerdo con Abascal, pero era imposible disimular las fotos en Madrid, Murcia y Andalucía. La semana pasada, por ejemplo, Cs hacía seguidismo de Rocío Monasterio y apoyaba ilegalizar a los partidos separatistas.

La propia imagen de Rivera ha visto caerse en picado, ni siquiera su relación con Malú la mejoró. En abril del año pasado dejó de ser el político mejor valorado en el CIS, superado por Joan Baldoví, y en la última encuesta preelectoral Sánchez era el elegido. Siempre impaciente, queriendo llegar más rápido de lo que su partido podía.

Cataluña, siempre Cataluña. Y Rivera falló también en competir por ser el más duro: Vox ha capitalizado en votos esas imágenes de fuego y barricadas. Competir a más extremo con la ultraderecha... pues siempre te va a ganar la ultraderecha (y encima te llamarán veleta).

Cs se queda huérfano

Pero también hay mucha decepción entre los suyos y sus votantes. Rivera fue un hombre valiente, que preside el partido desde que surgiera en el año 2006 en el Parlament. Fue la voz más clara contra el independentismo y consiguió convertir un pequeño partido autonómico en una formación nacional clave.

De aquellos actos en los que apenas había dos o tres periodistas a comparecencias llenas en su imponente sede en la zona de Ventas en Madrid. Como la de este lunes: “Permitidme que me dedique a mi familia”, ha aseverado. Y no cogerá su acta en el Congreso y se lanzará a la empresa privada. Nunca llegó a asimilar que no podría superar al PP ni aceptar su papel de partido bisagra.

Una historia detrás muy American dream (hoy ha citado a Obama), cuando por azar fue elegido en el verano, por sorteo alfabético, liderar la plataforma cuando era un veinteañero que trabajaba en La Caixa. Con la evolución que todo el mundo conoce, con los fundadores dándole trece años después la espalda, empezando por su querido mentar Francesc de Carreras.

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Rivera durante la rueda de prensa en la que ha anunciado su dimisión

La cascada de dimisiones fue durísima en los últimos meses, con gente tan valiosa como Toni Roldán y Francisco de la Torre. Y el distanciamiento del fichaje estrella de Manuel Valls. Una imagen lo dice todo: de tener de gurú económico a Luis Garicano a hacerle caso a Marcos de Quinto.

La caída de la nueva política

Rivera fue junto a Pablo Iglesias el rostro de la nueva política y el fin del bipartidismo. Siempre con muletilla del Ibex y del establishment. Pero es que sus votantes también buscaban que sirviera para la estabilidad y mejorar el sistema.

Pero luego se envolvió en su ego y personalismo, y cambió sus formas. Aquel ‘abrazo’ con Sánchez se convirtió en animadversión y odio con el socialista. El presidente nunca le perdonará el episodio de la tesis. Rivera se va también con su cúpula hundida: no han sacado escaños ni José Manuel Villegas ni Fran Hervías ni José Manuel Espejo ni Melisa Rodríguez ni Miguel Gutiérrez.

Ahora se enfrenta a Cs a su futuro sin saber bien qué es. Hasta ahora se había convertido en una plataforma a favor de Cs. No se ha puesto fecha a un congreso extraordinario. El futuro parece que pasa por Inés Arrimadas. Y se abre la duda de qué hará ahora el partido en una investidura y si se abstendría con Sánchez.

Rivera ha dicho adiós en una comparecencia sin preguntas: “Hay que seguir disfrutando y ser feliz. La vida es mucho más que la política”. Se va sin autocrítica y sin pedir perdón a sus compañeros por el resultado.

Comienzan Los Juegos del Hambre en Cs.

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