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22/11/2020 11:14 CET | Actualizado 22/11/2020 11:14 CET

Àlex Rigola y Angélica Liddell o el padre y la madre que me parió

Es, desde ese mundo, previo a la pandemia, desde el que nos llegan dos reflexiones escénicas sobre la muerte del padre y de la madre.

Susana Pavía (Festival de Otoño)
Una costilla sobre la mesa: Madre.

El teatro sigue hablando. Sigue ofreciendo temas para el debate. Ahora que la pandemia se lleva por delante fundamentalmente a nuestros mayores, muchos adultos están perdiendo a sus padres en un mundo en el que hasta hace bien poco se les intuía eternos. En un mundo en el que se acariciaba la posibilidad de vivir para siempre.

Es, desde ese mundo, previo a la pandemia, desde el que nos llegan dos reflexiones escénicas sobre la muerte del padre y de la madre desde el punto de vista de sus hijas. Las dos con largos, larguísimos títulos. La de Alba Pujol mediada por Àlex Rigola en el Teatro Abadía, Un país por descubrir del que no regresa ningún viajero. Y la de Angélica Liddell, obra que escribe, dirige y protagoniza, llamada Una costilla sobre la mesa: Madre en los Teatros del Canal. Ambas estrenadas en Madrid bajo el paraguas de Festival de Otoño que se celebra en la actualidad.

La primera, la del país del que no se vuelve, la desencadena un diagnóstico con un terrible pronóstico. El cáncer metastatizado y su mal pronóstico. Pero no hay que alarmarse. No es tragedia o ese dramón de sobremesa y de película de Hollywood en el que se construye para que al final la sala al completo llore sin parar. No.

Aquí se recurre a un buen tipo, majete, y, se intuye, que algo cabroncete, de vez en cuando. Un sesentón educado en el hipismo y la revolución sexual, que descubrió que el amor conyugal no es para siempre. Y que los otros, los amigos, los enemigos y la colectividad, sin que sirvan para eliminar la terrible soledad de la condición de ser humano, son lo que vale, sin ellos no se es nada. Un tipo al que Pep Cruz, el actor que lo interpreta, le da con maestría el hálito de vida específico que tiene todo ser humano. 

Isabel Orriols (Festival de Otoño)
Un país por descubrir del que no regresa ningún viajero.

Pues bien, este hombre culto y formado, que opina que filosofar es coger el toro por los huevos y lo demás son tonterías, se despide de la vida que es, ni más ni menos, que despedirse de su hija. La vida que dejará y le continuará y de la que ya no sabe hasta qué punto será responsable. Si es que alguna vez lo fue.

Y para hacerlo colabora con su propia hija y con Àlex Rigola en la creación de esta obra. Se somete a las peticiones del director, recibe lo que le da y lo comenta. Reflexiona en voz alta sobre la vida y la muerte. Sobre lo divino y lo humano. Sobre ser esposo, padre y amigo. A veces con sorna, ¿seny catalán?, otras con melancolía y siempre con cierto auto engaño, ¿autoayuda?, cierta mentira, a sí mismo y a los otros. Porque la mentira tiene un recorrido corto, pero la verdad, la verdad en estas circunstancias... ¿para qué sirve?

Y, sí, a mucha gente esta obra le (con)moverá. Otra verá la enésima boutade y el agotamiento de una forma de trabajar de Álex Rigola. Pues bien, ni una cosa ni otra. De nuevo, este autor, muestra con desarmante sencillez, cómo las formas teatrales al uso y los textos canónicos, esa corrompida palabra por la ciencia (teatral), la academia y la crítica, que tanta seguridad da, ya no sirven para hablar de nosotros a nosotros mismos. 

No, no somos príncipes de Dinamarca. Tampoco reyes tebanos a los que el oráculo nos pronosticó la desgracia por usurpar el tálamo del padre. La vida pasa y nos pasa como simples mortales en un sencillo escenario, tan falto de glamur, por mucho Apple y pantalla gigante que se usen, como el que se ve en esta obra. Porque vivir está más cerca del truco y trato de Halloween, magnífica metáfora la de Alba Pujol vestida de esqueleto, que de las hecatombes griegas. Aunque morirse es para muchos, como para el protagonista de esta obra, una putada, lo mejor que pueden hacer padres e hijas es despedirse. Decirse adiós. Dejarse ir. Dejarse quedar.

Una hija adulta que juega en escena con su madre como si esta fuera una niña. ¿Dónde está la culpa? ¿Qué perdón hay que pedir por ello? ¿A quién?

Frente a la aparente sencillez de esta despedida, Angelica Liddell se monta un dramón de tomo y lomo en Una costilla sobre la mesa: Madre. Se golpea. Llora. Grita. Recupera la antigua tradición española de los funerales y los entierros de hay que llorar, llorar mucho, y desgarrarse ante el muerto. Sufrir, sufrir mucho. En este caso, ante la muerta. Su madre. Una madre a la que le hace todo un funeral en los Teatros del Canal, para analizarlo usando el arte del teatro que la mueve y nos (con)mueve a esa reacción. ¿No es morirse algo natural?

Actitud que enfrenta a Mientras agonizo, ese fantástico libro de Faulkner en el que una familia de no muchos posibles, ni económicos ni intelectuales, lleva a la madre muerta a enterrar al pueblo natal de esta. Viaje que sirve para descubrir que lejos de enterrar y honrar a la muerta, cada uno lo hace por sus propios intereses. Unos intereses que muestran como la vida hace por vivir, no hay más tu tía.

Mientras tanto, la Liddell se mortifica en escena, como si estuviéramos en Semana Santa. Se se viste de tradición, de la de Montehermoso, el pueblo de su progenitora. Llama al Niño de Elche a cantarle una saeta a su madre muerta. La llora. Se golpea. Mientras suena el Canon de Pachelbel tecnificado, industrializado, como está en nuestra sociedad. Al que sigue un kirie, un réquiem. Todas músicas para celebrar la muerte que emocionan a los vivos ¿será por algo?

Y busca cuando y de donde nació todo eso. Busca porque ese sentimiento de culpa que se ha creado frente a los padres muertos y esa necesidad de los hijos de ser perdonados por todas y cada una de las veces que como hijos le fallaron. Recuerda, en esa investigación, al simio cazador y al simio recolector que somos. Al mono que tenía que moverse y mantenerse alerta, y que no estaba para tonterías pues le iba la vida en ello. Frente al que se acomodó en la granja, ese día que aprendió a matar a los cerdos, y pudo dedicarse a cultivar las emociones, liberar el cómo se siente.

Todo lo anterior hecho con tanta sabiduría dramática, de puesta en escena, de creación de imágenes, que aquellos que se queden en la superficie, que no se planteen ese trabajo como la profunda reflexión que es, vean, como con Rigola, la enésima tontería de la Liddell. Cuando ambos suponen, una puesta en escena con seguridad y valentía.

Festival de Otoño
Un país por descubrir del que no regresa ningún viajero.

Una seguridad que en el caso de la Liddell le permite empalarse en escena y tomarse su tiempo para ello. Recordando a quien lo ve el tiempo que nos tomamos en mortificarnos, en hacernos daño a nosotros mismos, y pasear nuestro escenario con ese daño. Haciendo que la audiencia se pregunte, de forma emotiva, para qué sirve todo esto. O que le permite subvertir el rol entre madre e hija. Una hija adulta que juega en escena con su madre como si esta fuera una niña. ¿Dónde está la culpa? ¿Qué perdón hay que pedir por ello? ¿A quién?

Son todas esas extrañezas, esas revisiones de los roles de padres, madres, hijos e hijas, y la vida y la muerte que los une los que convierte estos dos espectáculos en buenas opciones para los espectadores. Para el público cansado del lugar común, de leer siempre el mismo texto, de seguir interpretándolos como les han dicho que hay que hacerlo, en vez de releerlos de forma crítica, desde lo que se sabe ahora, desde lo que se piensa ahora. De ahí la importancia de las citas de Cioran, Handke o Faulkner proyectadas en escena. Las evidencias de todos estos outsiders, de esos marginales centrales de la cultura global en la que vivimos.

Dos creadores de teatro que tienen una poética diferente y asentada. Que en su dilatada carrera han desarrollado herramientas que usan con la profesionalidad de un experto operario. Haciendo cortes con la precisión de cirujanos, buscando, no el relato de esa vena que palpita, sino la vena misma para mostrarla en su humilde palpitar.

#YONOMEOLVIDO