'Alfombra de luciérnagas'

Relatos a la sombra: los cuentos de Abraham García.
Una imagen de Madrid de finales de los sesenta.
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Una imagen de Madrid de finales de los sesenta.

Siempre he sentido lástima por el infortunado niño que, en un golpe de suerte, arranca a Excalibur de la falsa piedra en ese Camelot azucarado llamado Disneylandia. Después de que el dadivoso azar le haya permitido reinar por un momento, pocas ilusiones le quedarán para el resto de la jornada. Sospecho que pasarán los años y al infante trastornado por su hazaña se le antojarán poca cosa, minucias, los cotidianos logros.

Dejé Robledillo, una aldea tan hermosa como mísera, en la que los curas fracasaron al tratar de explicar que a Dios le requirió nada menos que seis días crear el mundo.

El mundo, para nosotros, limitaba con el Risco Grande y la sierra de la Hiruela.

Delgado, inmortal y ágrafo (con la beeeee me sobraba para hablar con mis ovejas) me marché con trece años en busca de un dorado llamado Madrid.

Aún en el supuesto, harto, dudoso, de que viviera más que Matusalén, el ascua de mi memoria mantendría vivo e incandescente el recuerdo de mi despedida.

Adiós que en nada difería del que otros habían recibido en igual trance. Pero cada uno vive el suyo.

Una caja grande de cartón, que portaba mi padre, con mis pertenencias era todo mi equipaje.

La luz eléctrica estaba por llegar; también el coche de línea, que nos ignoraba, obligándonos a fatigar atajos cuando el día aún no merecía su nombre hasta el cruce donde, camino de Talavera, abrevaba La Jareña.

Bajo la boina de la noche, caminamos despacio sobre los cantos de la calle, abrillantados por el relente, atisbando en cada puerta un candil y una mano que me decía adiós y buena suerte.

Comprenderán que a quien sorprendió el alba sobre una estera de luciérnagas ya no le impresione la más gloriosa de las alfombras rojas.

Cuando llegué a Madrid me acomodé en la calle del General Tabanera esquina General Ricardos. No muy lejos estaba el General Gómez Ulla. Pronto entendí que más me valía ponerme firme.

Para que el desarraigo con el campo no fuera tan drástico, aún quedaban por las riberas de Carabanchel espigados sembrados con su linde de amapolas, bucólicos huertos con espantapájaros como fusilados de Goya, tentadoras viñas… pero eso duró poco. Antes de que llegaran los setenta, sobre la cebada, los bancales de lechugas, la higuera y la garnacha, cayó la filoxera del cemento; un mal endémico para el que aún no se ha descubierto pesticida.

En tan lejano ayer, y teniendo que elegir entre tener para el cine (seis salas, seis, había en Carabanchel, ahora polvo y olvido) o ir al tajo en tranvía o en los autobuses 34 o 35 (por lo que se demoraban, debía de haber menos), irremediablemente ganaba John Wayne.

Cuántas mañanas, para ahorrarme el autobús, fatigaba las aceras hasta cruzar el Manzanares, un mar comparado con el regato en pena de mi pueblo, y me guiaba por el olor de las panaderías.

No es la mía la afinada napia de Jean Baptiste Grenouille (suerte que me permitía viajar en el metro sin pinza), pero cada tahona (la inútil “h”, malicié, era la silla en la que se aposentaba el panadero mientras las levaduras obraban su milagro) elaboraba una barra distinta (nadie, entonces, las llamaría pistolas, con lo que proliferaban las otras), un suizo más dorado y más grande, una bamba que desbordaba diferente nata o crema y aquellos merengues que envidiaba la nevada.

E igual que los santos tienen octava (y San Beethoven novena, gracias Gloria Fuertes) cada señalada fiesta tenía su dulce especifico, su bouquet y su olor. Así que, en mi nomadeo, la covacha de mi napia me alertaba de con qué piedra del calendario tropezaba.

Había pasteleros que, rememorando al árabe que habita en nosotros, derrochaban agua de azahar. Otros exornaban sus rosquillas de anís o matalauva. Incluso los había tan promiscuos que se amancebaban a la vez con la canela y la vainilla.

Olores que, en el frescor de la mañana, creaban otra alfombra, voladora, que trascendía de los mostradores a la acera premiándome con una cartografía aromática por la que podía caminar, sin perderme, con los ojos cerrados.

Hoy, cuando compramos el pan, con plomo y sin plomo, en las gasolineras o en el chino próximo y en muchas panaderías que huelen a quirófano, creo que me perdería incluso con los ojos abiertos.

Gracias por no dejarme solo.

Madrid de noche y vacío