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10/04/2021 11:11 CEST | Actualizado 10/04/2021 11:11 CEST

Amar, un acto revolucionario para el que no tenemos tiempo

Spoiler: este artículo puede contener trazas de problemas estructurales, laborales o de cualquier otro tipo.

Celia Rodríguez Jiménez
Calendario.

La ilustración es cortesía de Celia Rodríguez Jiménez

Empezaré el análisis por aquello que me toca de cerca, bueno, más bien me toca de lleno: la juventud —o lo que queda de ella—. Si estás en este grupo, conceptos como prácticas sin remunerar, becario a tiempo parcial o contrato por obra y servicio seguramente no te resulten ajenos. Y es que hablamos de generaciones enteras sumidas en la más profunda precariedad.

En concreto un 40% del colectivo joven se encuentra en situación de desempleo. Los que no lo están se hallan en el otro extremo: contratos basura, mal remunerados; en ocasiones echando más horas de las legalmente permitidas. En muchos casos, el fin de semana es utópico: en algunos, se trabaja en negro; en otros, “vente hoy y mañana, pasado ya lo iremos viendo”.

Lo único claro es que el común denominador de todo esto es la incertidumbre y fruto de esta los trastornos ya habituales: depresión, ansiedad, tristeza, insomnio e inseguridad. Cualquiera puede deducir que la emancipación y la correspondiente independencia están solo al alcance de unos pocos.

¿Qué hay del resto de la población? Bueno, la situación no es muy distinta: de lunes a viernes, trabaja ocho horas diarias, suma una de ida y otra de vuelta; llega a casa, haz la cena y la comida del día siguiente; plancha lo que te vas a poner; con suerte habla con tu pareja, tus compañeros de piso o tus familiares y a dormir; que mañana más de lo mismo. El sábado, descansa de la semana que te has echado a hombros; el domingo, haz la compra de la semana y, si te sobra tiempo, disfruta.

No es casual que ante esta situación exista otro concepto que tampoco se nos hace raro: las aplicaciones de citas. El capitalismo es un gas que se adentra en todos los recipientes y lugares donde hay vacío, lo que en términos económicos se denomina cubrir una necesidad. En este caso la de relacionarnos y sociabilizar con otras personas, pero ¿de dónde sacamos tiempo para hacerlo? No os preocupéis; ya hay negocio en esto.

La cultura del consumismo, ligada a la industria de las redes sociales, ha conseguido que algo intangible y fuera del alcance de las manos del mercado, hoy, esté disponible para todos: el amor bajo la ley de la oferta y la demanda. Tampoco nos engañemos, estas plataformas no venden amor, pero al igual que otras grandes empresas —y como buenos capitalistas— mercantilizan a las personas. Como si de una tienda de ropa se tratase: “date un paseo, mira cual te gusta más, qué conjunto te queda mejor o con cuál te ves en el escaparate social y prueba suerte”.

Pretenden que nos acostumbremos a esta precaria forma de relacionarnos

Pretenden que nos acostumbremos a esta precaria forma de relacionarnos, y lo hemos hecho sin darnos cuenta de lo que suele haber detrás: fomento del individualismo, del egoísmo y la búsqueda inmediata de la satisfacción personal. Los usuarios, de una manera o de otra —incluso de manera recíproca— acaban convirtiéndose en medios para cumplir un fin. Nuevamente reluce esa perturbada y enferma idea que el neoliberalismo trata de vendernos como positiva, cuando es todo lo contrario: el fin justifica los medios. Pero no, el fin no justifica los medios, y no, las personas no son —o no deberían ser— tratadas como tal.

Es una solución rápida, un parche, una tirita bajo la cual nunca sana la herida. No hay nada de revolucionario en esto, el verdadero acto revolucionario es amar y cuidar al resto. Es lo único de lo que el sistema no te puede privar y aquello que debes explotar sin mesura. Como dijo la gran poeta Gata Cattana: “No aman de igual forma los ricos y los pobres. Los pobres aman con las manos, aman en la carne y con gula, en las peores estampas, en condiciones famélicas y con todo en su contra. Entienden de lunes y de tedios domingueros, y de gastos imprevistos  de facturas y de angustias  que embisten mes a mes a quemarropa (…) Los pobres han aprendido a aprovechar los vis a vis entre jornada y jornada de trabajo. Aunque no haya trabajo”.

El verdadero acto revolucionario es amar y cuidar al resto

Y cuando digo “quieren que nos acostumbremos a esto” es porque cuando el sistema aprieta y te roba algo intenta que no te des cuenta de que te lo ha quitado, pues es la única manera de evitar que te revuelvas y alces la voz. En este caso, nos han robado el activo más valioso de las personas: el tiempo y, en su lugar, han puesto bonitos afterworks, de modo que cuando salgas tarde de la oficina no te des cuenta de lo explotado que te tienen. También aplicaciones rápidas e intuitivas para que no te percates de que en la situación en la que te encuentras es la única manera que tienes de poder conocer a alguien.

Me niego a aceptar que esta sea la deriva, repensemos el futuro y volvamos a ser dueños de nuestras vidas. La capacidad de elección está en juego, por ello, os propongo un reto como país y como sociedad: conquistar un nuevo derecho reduciendo la jornada laboral a 32 horas semanales. Dejemos de estar a la defensiva intentando que no coarten los derechos y libertades ya ganados.

Debemos pasar a la ofensiva e ir a por más, porque no olvidemos otra cosa: uno solo es libre para elegir cuando tiene opciones, y tener tiempo es aval y garantía de tener opciones. No diré que sea la solución, pero sí parte de esta, por lo tanto, más tiempo y vidas más lentas para disfrutarlo o en su defecto, si nada de esto es posible y tenemos que aceptar lo impuesto, sigamos al pie de la letra el eslogan y consumamos con responsabilidad.

Posdata: este artículo no trata de estigmatizar ni colocar etiquetas. Todas las formas de amar, cuidarnos y relacionarnos son perfectamente válidas: una app, un bar, amigos de amigos y cualquier otra forma o lugar. El foco debe ponerse en propiciar el tiempo suficiente como para no mermar el libre albedrío de cada persona.

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