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18/04/2020 10:18 CEST

Aplausos a las 8 y ‘puñaladas’ a las 9: qué nos lleva a convertirnos en justicieros de balcón

Los gestos solidarios han dado paso a las ofensas y amenazas a vecinos, sobre todo si son sanitarios. La sociología puede explicar (no justificar) estas actitudes.

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Un hombre regaña a un vecino que camina por la calle. Madrid, 3 de abril de 2020

Primero se dijo que a los nueve meses de esta pandemia surgiría un baby boom de criaturas concebidas durante el confinamiento. Luego se dijo que lo que aumentaría no sería la población, sino la tasa de divorcios, y el estrés postraumático. Algo parecido ocurrió con los ánimos de la población general con respecto al resto de congéneres. 

Si al principio salíamos puntuales a las 8 de la tarde para aplaudir a los sanitarios en perfecta armonía, pronto surgieron las caceroladas contra el rey, contra el presidente y hasta contra los vecinos que protestaban (o ponían el Resistiré). Si uno se ofrecía a hacerle la compra a la señora del cuarto, otro se convertía en delator de balcón de quien andaba por las calles saltándose supuestamente el estado de alarma. Si un día cantabais cumpleaños feliz al vecino de enfrente, al día siguiente dejaban una nota amenazante a la enfermera del portal. O una pintada en el coche.

Este martes se anunció que la Policía perseguirá como delitos de odio los mensajes contra trabajadores expuestos al coronavirus. ¿Qué es lo que lleva a la gente a atacar porque sí a quienes ven desde su ventana, o incluso a quienes les cuidan y pueden llegar a salvarles la vida? La respuesta corta es: se debe a una mezcla de factores sociológicos, psicológicos, culturales y hasta históricos. La respuesta larga puedes leerla a continuación.

El peligro del concepto ‘que a los míos no les pase nada’

“Al principio hay una primera fase en la que todo el mundo está con el ‘yo me quedo en casa’ y se utiliza la carga emocional para conseguir motivar a la población. Pero, al cabo del tiempo, la convivencia y la unidad se van erosionando. Las emociones también son finitas, y la sociedad pasa por fases”, explica Víctor Renobell, sociólogo y profesor en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).

A eso hay que sumar el miedo, que reaviva un “instinto de supervivencia que nos hace tratar de evitar a toda costa el peligro desconocido”, añade el experto. Lo paradójico es que veamos ese peligro en los profesionales de la sanidad. “Ante un vecino que trabaja en los servicios médicos, la primera sensación que surge es de apoyo y la segunda puede que sea miedo y un deseo de salvarse”, argumenta. “Es ese ‘que a los míos no les pase nada’ por el que empezamos a considerar como enemigo a cualquiera que pueda causar peligro al núcleo familiar, la unidad mínima social”, señala Renobell, que observa un peligro en el hecho de que la gente, en ese afán de protección “a los suyos”, no considere al resto de la sociedad como parte de ese núcleo.  

Con el tiempo, la convivencia y la unidad se van erosionando. Las emociones también son finitas

Según Natàlia Cantó, doctora en Sociología y profesora de Estudios de Artes y Humanidades de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), estas actitudes se deben a “una combinación de miedo, pánico, sensación de riesgo y vulnerabilidad y, al mismo tiempo, al hecho de haber aprendido a protegernos con estrategias profundamente individualistas”. Según la socióloga, esta especie de rivalidad ‘individualista’ se produce entre partidos políticos, entre equipos de fútbol y hasta entre países, pero también puede ocurrir en el patio de vecinos. “Como el sanitario no es mi hijo, no lo quiero aquí. Si fuera mi hijo, otro gallo cantaría”, ilustra Cantó. Es la máxima que se resume como “o el otro es de los míos o que se vaya a la mierda”.

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Una mujer aplaude en Hospitalet de Llobregat (Barcelona).

Enrique Anrubia, filósofo y profesor de Antropología de la Universidad CEU Cardenal Herrera, coincide en que el miedo —una emoción “anticipatoria” y “ficcionalizada”— está entre los principales motivos antropológicos de esta actitud, pero también la forma que tiene nuestra sociedad de entender el concepto de libertad.

“Siempre se ha dicho que la libertad de uno acaba donde empieza la del otro, y no siempre es así. Según esa afirmación, tú tienes una libertad y yo otra, y mi espacio no puede tocar el tuyo. Si has vivido con esa concepción, piensas que el enfermero del edificio no debería tocarte ni tocar nada tuyo”, explica. “La libertad es una cosa plural, no individual, pero si siempre nos han educado en que mi libertad no tiene nada que ver con la tuya, habrá gente que quiera expulsar al otro. Y ese es un problema de convivencia cívica”, apunta.

La solidaridad “de boquilla” o “de like

Para Natàlia Cantó, no es que haya habido una primera fase solidaria y ahora una segunda hater, sino que las dos tendencias han convivido y siguen conviviendo hoy en día. Aunque también observa una especie de solidaridad “de boquilla” que “no soluciona nada”. “Cuando entiendes que los sanitarios lo están dando todo y no te sientes vulnerable y amenazado, es mucho más fácil animar con ese ‘todos a una’. Pero este tipo de solidaridad es similar al de darle un like en redes sociales a cualquier iniciativa solidaria que lucha contra una catástrofe a miles de kilómetros de tu casa”, explica. En cambio, “cuando tienes a esa gente al lado, ser solidario cuesta más porque requiere algo más que un like, y aquí de algún modo nos está pasando eso”.

“Cuanto más lejos lo ves [el problema], más fácil es ser solidario e imparcial, y menos requiere de tu ser. Pero si sabes que puedes estar afectado en primera persona, si estás encerrado en tu casa, pones las noticias y lo único que escuchas es eso, acabas un poco obsesionado y sale el carácter de cada persona”, ilustra la socióloga. “Hay gente que se emparanoia y dice: ‘Bueno, esto lo afrontamos juntos porque, si no, no salimos de esta’, y luego hay otro tipo de personas que piensan ‘primero los míos, y a los demás, que les den’”, añade.   

Cuanto más lejos ves el problema, más fácil es ser solidario e imparcial, y menos requiere de tu ser

También se pueden buscar motivos más prosaicos, apunta Anrubia, como los conflictos no resueltos dentro de la comunidad de vecinos. “Lo normal es que en este día de la Marmota general que estamos viviendo, el problema no se elimine, sino que salga a la luz”, señala el filósofo. 

Control social informal o cómo te conviertes en justiciero de balcón

Por otro lado, están los ‘juicios’ gratuitos desde el balcón a cualquiera que se atreva a saltarse (en teoría) las normas, ya sea por capricho para tomar el aire o por necesidad, si sales a hacer la compra con tu hijo porque no tiene con quién quedarse, por ejemplo.

“Es lo que se conoce como control social informal, cuando cualquier persona intenta que todo el mundo cumpla con las normas sociales”, aclara Víctor Renobell. “Si en condiciones normales ves a alguien tirando un papel al suelo, como mínimo va a recibir una mala mirada o una reprimenda. En una situación de confinamiento un poco más extrema, la gente intenta aplicar de cualquier manera este control social”, señala.

Somos seres sociales e intentamos mantener el contacto aunque sea grabando en vídeo a otra persona y colgándolo en redes

Además, a esto hay que añadir el deseo de entablar cualquier tipo de contacto social con la gente. “Somos seres sociales e intentamos mantener ese contacto, aunque sea grabando en vídeo a otra persona y colgándolo en las redes sociales, como si eso fuera una amenaza”, apunta el sociólogo. 

“En el sentido más político, histórico y sociológico, en el siglo XX se han creado sociedades en las que la gente prefiere tener menos libertad a cambio de más control y seguridad”, opina Enrique Anrubia, que cita “los ejemplos de la Stasi o de la Unión Soviética, donde por mor de una seguridad del Estado, a la gente no le importaba delatar a sus propios vecinos”. “Habría que preguntarse quién ha convertido al ciudadano en vigilante delator de los demás y por qué”, plantea. 

En el siglo XX se han creado sociedades en las que la gente prefiere tener menos libertad a cambio de más control y seguridad

“Este comportamiento lo hemos conocido en muchos otros momentos”, comparte Natàlia Cantó, que menciona la época de posguerra en España y opina que seguimos teniendo muy arraigada “esa actitud fundamental de ‘yo protejo a lo mío’”. “En muchas ocasiones se nos enseña a actuar así, o se nos castiga implícitamente por no hacerlo. Tú intenta ayudar a un colega que está compitiendo por tu plaza, a ver qué pasa”, ilustra.

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En estos momentos de encierro, esta actitud podría ser fruto incluso del aburrimiento. “Hace años, estaban los viejitos de balcón, que se pasaban el día en la ventana y si llegabas con tu novio se lo decían a tu madre. Ahora se está practicando mucho esa costumbre de balcón, más que nada por salud mental, y eso lleva a que la gente controle más lo que hacen los vecinos”, sostiene Cantó, “y entonces salen estos patrones de comportamiento de juzgar y sancionar”.

“Unamuno y las dos España”

Estos días, la socióloga piensa mucho “en Unamuno y las dos Españas”. “Parece una especie de esquizofrenia. Mientras hay gente dispuesta a apoyar y a arriesgar, incluso a saltarse las normas si eso implica ayudar a alguien (acogiendo en su casa a los hijos de un sanitario, por ejemplo), también hay otra gente que sería capaz de patear a las personas que quizás al día siguiente les están salvando”, lamenta.  

¿Se puede dar una justificación a esas actitudes deplorables? “Hay poca justificación pero mucha explicación”, responde Cantó. “A la gente se le olvida que durante los cuarenta años de dictadura ha habido una socialización persistente por delatar al otro: observarlo, sancionarlo y juzgar lo moralmente correcto o no; y erradicar estas conductas cuesta un esfuerzo enorme”, apunta.

Sociológicamente, puedes explicar estas conductas. Pero justificarlas, ni de coña

Cantó reconoce que, como persona, no puede soportar esas actitudes, pero como socióloga, llega a entenderlas. “En realidad no es por maldad. Si miras cómo ha sido socializado ese individuo, quién lo ha hecho, cómo ha sido su biografía, en qué condiciones y qué contexto social ha vivido, te lo puedes explicar. Pero justificar, ni de coña”, sostiene. 

Decidir “qué sociedad queremos ser”

La socióloga opina que depende de todos nosotros decidir “qué sociedad queremos ser”. “Eso no viene dado ni hay ninguna Biblia social. Si colectivamente decidimos no respaldar este tipo de comportamientos, dejarán de reproducirse”, apunta. 

Estos días, se escribe mucho sobre lo positivo que puede tener esta crisis y lo “reforzados” que podemos salir de ella. Y, en cambio, la socióloga no es tan optimista. “Hace diez años se nos decía lo mismo: que con la crisis iba a haber un cambio de valores, que todos aprenderíamos de la situación, que la gente no volvería a coger jamás una hipoteca…”, recuerda.

En su opinión, un cambio de modelo tras la crisis actual sí es posible, e incluso deseable, “pero que vaya a pasar es otra cosa”, vaticina. “No hay una correlación entre lo que es factible y deseable y lo que luego acaba ocurriendo”, afirma. Además, añade Cantó, “hay indicios de que en situaciones de crisis y de cambios posibles se ha optado por volver al patrón conocido inmediatamente después de que sea posible”. 

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