Trump 2024: una aterradora pelea por la reelección que no frena (por ahora) ni el FBI

El expresidente de EEUU tiene a su partido con él, a sus partidarios en la calle por el registro en su casa y a Biden blando. Horizonte ideal si la justicia no lo ensombrece.
Donald Trump sonríe ante sus seguidores en un mitin en la campaña de 2020 en Grand Rapids, Michigan.
Donald Trump sonríe ante sus seguidores en un mitin en la campaña de 2020 en Grand Rapids, Michigan.
Evan Vucci via AP

Hace más de un año que la prensa estadounidense lo da por hecho: los allegados de Donald Trump, desde familiares a asesores pasando por compañeros del Partido Republicano, confirman que se quiere presentar a la reelección en los comicios presidenciales de Estados Unidos, previstos en 2024. El magnate, hace un mes justo, dijo en una entrevista con New York Magazine que ya ha tomado “esa decisión”, y que la única pregunta por responder será cuándo lo anunciará. Parece blanco y en botella.

Sin embargo, a la luz de los acontecimientos de esta semana, del registro de su mansión de Mar-a-Lago (Florida) en busca de supuestos documentos oficiales sacados ilegalmente de la Casa Blanca en sus tiempos de mandatario -a saber con qué propósitos-, y de su comparecencia ante la fiscal general de Nueva York para (no) declarar sobre sus negocios, es natural plantearse de nuevo la pregunta. ¿Va a concurrir, dadas estas circunstancias y algunas más pendientes, de enorme gravedad judicial?

La respuesta coincidente es sí: no pese a lo que está cayendo, sino gracias a lo que está cayendo, en parte. Fuerte por lo que llama “persecución” y “caza de brujas” de la “izquierda radical”. Fuerte por el victimismo.

Como escribe en The Washington Post el analista Paul Waldman, desde que dejó la presidencia, en enero de 2021, Trump ha estado jugando “como un villano de una película de terror” a la presentación de su candidatura: ahora sí, ahora no, ahora no sé. Ya ese tiempo ha pasado y la apuesta es por la Casa Blanca, pero necesitaba tiempo, organización y apoyos. Ya los tiene. “Si bien la posibilidad de que se convierta en presidente en 2025 es suficientemente aterradora, incluso el hecho de soportar otra campaña que culmine con su derrota sería una catástrofe para EEUU”, escribe.

Por el principio: ¿puede presentarse?

Trump puede presentarse a la reelección sin problemas, al menos a día de hoy. La 22ª Enmienda de la Constitución de su país sostiene que “ninguna persona podrá ser elegida para el cargo de Presidente más de dos veces”. Sin embargo, no detalla expresamente que tengan que ser periodos consecutivos, con lo que con el descanso de la legislatura actual del demócrata Joe Biden le basta para cumplir la ley. No sería el primero que lo logra, ya le ocurrió al demócrata Grover Cleveland en 1893 y 1897.

Las dudas vienen de los procesos e investigaciones que tiene abiertas actualmente en su contra y que podrían complicar su candidatura. La clave está en la Sección 2071 del Título 18 del Código de los Estados Unidos, que explicita que cualquier persona que “deliberada e ilegalmente oculte, elimine, mutile, borre, falsifique o destruya” documentos gubernamentales es culpable de un delito que conlleva una pena de hasta tres años de prisión y multas de 2.000 dólares. Y lo más grave, hablando de reelección: cualquier persona que viole la ley perderá su cargo y será inhabilitada para ocupar cualquier cargo público en EEUU.

Es de eso de lo que podrían acusar a Trump, después de que el Departamento de Justicia confirmase en primavera que tenía 15 cajas de papeles oficiales en su poder y de que ahora el FBI se haya llevado otra docena de cajas de Mar-a-Lago. Si se confirma una condena, ¿puede dejarle eso fuera de la carrera presidencial, si ahora mismo además Trump no ocupa cargo público alguno? No, porque la Constitución es la que establece los requisitos para ser presidente y eso está por encima de cualquier ley.

Lo han confirmado numerosos analistas en la prensa local estos días, el más destacado Rick Hasen, profesor de la Escuela de Derecho Los Ángeles de la Universidad de California, que ha publicado una tribuna para el New York Times en la que no deja lugar a dudas: el Congreso carece de autoridad para alterar la lista de criterios para la candidatura, por ejemplo, añadir el requisito de no haber sido condenado por llevarse de manera ilícita documentos del Gobierno.

“No, no se pueden imponer requisitos para ocupar la presidencia por ley; los requisitos están establecidos en la Constitución. La búsqueda de ‘un truco extraño’ para desterrar a Trump de la política tendrá que continuar”, añade Jason Willick, columnista del Washington Post.

Nunca hasta ahora ha habido que plantearse la aplicación de la ley y la prevalencia de la Constitución en el caso de un presidente, pero sí hay dos precedentes en el Congreso, en 1969 y 1995, que juegan a favor de Trump: la Constitución gana.

Aún así, estos días la 2071 no para de salir en los debates porque fue objeto de una breve revisión en 2015; fue cuando Hillary Clinton, que quería ser candidata de los demócratas a la Casa Blanca, había utilizado un servidor de correo electrónico privado para realizar asuntos gubernamentales mientras era secretaria de Estado. Decenas de miles de correos pasaron por allí.

Trump fue el mayor impulsor de una campaña para que se vedara a Clinton de la campaña y, así, nunca llegase al Despacho Oval. Clinton nunca fue acusada de ningún delito relacionado con su uso del servidor y la conclusión final fue la misma: el Congreso no puede alterar los criterios de elegibilidad establecidos en el texto de la Constitución. La situación actual de Trump ya tiene respuesta en lo legal, pero aún así se puede esperar que genere pelea en el barro electoral, importante.

Los pros...

Aclarado el contexto legal, vamos con lo puramente político. Para el americanista Sebastián Moreno, tras la “travesía del desierto” inicial de un presidente-magnate que deja la Casa Blanca, ahora viene la “apuesta”. No tiene dudas de que es por la reelección. “Todas las señales que lanza apuntan a eso”, constata. Ahora tiene varios factores que le ponen “el viento en cola”. El primero es el “cierre de filas” de su partido, ese mismo que tantas dudas albergó en su candidatura de 2016. “Ese debate ya no se va a dar. Trump viene de ser presidente y, tras su entrada en la formación como un independiente o outsider, se ha hecho con el timón”, sostiene.

Sostiene que se ha “normalizado” su liderazgo, hasta el punto de que no hay críticas apenas, porque “las consecuencias se temen”. No es una cuestión de “admiración o liderazgo”, más de bien de “temor”, lo cual “es triste para un partido con tanta historia”. “Nadie va a salir a decir que Trump no debe ser su líder. Es impensable”, remarca, citando encuestas del centro Pew y del New York Times que dicen que, por primera vez, menos de la mitad de los republicanos lo quieren como candidato.

Hasta ahora habían surgido nombres muy potentes que podrían tratar de tomar su relevo (Ted Cruz, Marco Rubio, Josh Hawley, Greg Abbott, Mike Pompeo, Nikki Haley...), pero ninguno ha seguido con la crítica. No hay verso suelto. Ni siquiera el más robusto de sus perseguidores, el gobernador de Florida, Ron DeSantis, quien estos días, al hilo del registro en Mar-a-Lago, ayudó al lucimiento de su jefe cargando contra Biden. “La redada es otra escalada en el armamento de las agencias federales contra los opositores políticos del Régimen (en alusión a la Administración de Biden), mientras que personas como Hunter Biden son tratadas con guantes de seda”, en alusión al hijo del presidente y sus problemas con las drogas. Otro sondeo, de Politico, sostiene que Trump es el favorito entre sus electores, con un 52%, frente a un lejanísimo 21% de De Santis.

“Otra cosa buena es que Trump tiene enfrente a un mandatario en sus horas más bajas. Biden tomó el país en condiciones muy complicadas y se ha visto enredado en urgencias y problemas de mayorías que han embarrado su labor. Superó, se puede decir, la crisis del coronavirus, pero no la división nacional, como se sigue viendo con temas como el aborto o el racismo, y tiene que lidiar con la inflación sobre todo por la guerra de Ucrania, cuando el bolsillo es lo que más preocupa al ciudadano medio”, enumera. Su popularidad está en el 38% (el 56% de los ciudadanos desaprueba su gestión), cuando Trump tenía un 42,5% en el mismo momento de su legislatura, según datos de Real Clear Politics.

A ello se suma su aparente debilidad física, con episodios “preocupantes”, que hace que se cuestione la posibilidad de un segundo mandato. Un 64% de los votantes demócratas creen que es mejor que haya otro candidato dentro de dos años y medio, un dato que sube al 71% de los ciudadanos si se incluyen todas las sensibilidades. Lo dice un sondeo del Siena College para el New York Times. Aún así, esta misma encuesta indica que Biden hoy ganaría las elecciones con el 44% de los sufragios, frente al 40% de Trump.

Trump se hace la víctima y denuncia que van a por él para encerrarlo, que hay una “conspiración para cambiar el mundo” cuando las incertidumbres crecen en Ucrania o en Taiwán. Se erige así en el hombre en posesión de la verdad, capaz de darle vuelta a todo eso, y vuelve a salir a la calle gente que dice que mataría por él. En las primarias republicanas empiezan a ganar sus aliados, sus apuestas, y las encuestas sobre su papel en el asalto al Capitolio, el 6 de enero de 2021, no dañan su imagen. Todo eso ayuda, dice Moreno, a “apuntalar” su deseo “entre el poder y el narcisismo” de presentarse y ganar de nuevo. “No quiere quedar como un perdedor. La suya es una especie de reconquista”.

Eso le puede llevar, previene, a hacer todos los “esfuerzos” para ganar las elecciones, sea como sea. En 2020, sus quejas de fraude estaban menos argumentadas, pero ahora ha tenido tiempo para mejorar la estrategia, lo que “puede ser un elemento muy inquietante de cara a la estabilidad de las instituciones norteamericanas”.

... y los contras

Trump tiene piedras en el camino electoral y de las grandes. El expresidente tiene que hacer frente al comité de la Cámara de Representantes que busca arrojar luz sobre el papel que jugó el multimillonario en la peor crisis de la democracia del país: la irrupción de sus seguidores en el Capitolio de Washington. Cientos de sus seguidores sembraron la violencia y el caos dentro de la sede del Congreso, retrasando la certificación de la victoria de Biden, poco después de escucharle a él un discurso incendiario.

El Departamento de Justicia está investigando el ataque, pero aún no ha presentado cargos contra el expresidente. Sin embargo, a finales de julio, el fiscal general, Merrick Garland, no descartaba esta posibilidad. “Pretendemos hacer rendir cuentas a quien sea penalmente responsable de (su papel en) los hechos ocurridos alrededor del 6 de enero, en cualquier intento de interferir con la transferencia legal del poder de una administración a otra”, dijo.

Las últimas informaciones han dado cuenta de que el Pentágono borró los mensajes sobre el asalto al Capitolio al marcharse Trump, por lo que se teme que fueran comprometedores, y, lo peor, que la toma al Capitolio fue el culmen del intento de golpe de Trump, dice el comité investigador, entre otras cosas por su dejadez al no llamar a la Guardia Nacional.

También se enfrenta a la investigación de un gran jurado en Georgia para considerar si debe ser acusado penalmente por sus esfuerzos para presionar al secretario de estado de este territorio y a otros funcionarios para que anularan los resultados de las elecciones de 2020, que él consideraba un fraude. El Departamento de Justicia está examinando esa impugnación de Trump a los resultados de las elecciones presidenciales de 2020, también pueden surgir problemas.

Y tiene pendiente el proceso más doméstico, por el que fue llamado esta semana: los fiscales neoyorquinos han presentado cargos contra la Organización Trump y contra su jefe financiero, Allen Weisselberg, a quienes se acusa de una trama de años para ayudar a los ejecutivos de la firma a evadir impuestos.

“Más allá de todo eso, que no sabemos en qué va a quedar ni cómo va a afectar a su popularidad ni el impacto que puede tener en la calle, Trump parte de una mala base, porque no ha hecho los deberes en este tiempo para acabar con los motivos que lo llevaron a la derrota”, indica el investigador. “Trump sigue ofreciendo un liderazgo incierto en tiempos que son ahora aún más duros, no hay más que ver el escenario internacional. No ha propuesto nada contra la inflación y el desplome de la economía ni ha suavizado su postura en cuestiones de supremacismo o racismo, tan sensibles”, indica. Todo eso, sumado, generó una corriente de antipatía que acabó en la victoria de Biden, que sabe bien que no todos los votos que cosechó son de sus partidarios, sino de los antiTrump, también.

Se ha aliviado un poco su imagen incendiaria, manda menos tuits porque su cuenta no está activa, pero sigue moviendo a su público en las redes que ha creado ex profeso. Ahí no ha parado. Tiene mecha y no para de convocar actos, y eso que en 2014 tendrá 78 años, la edad que él le reprochaba a Sloppy Joe.

La primera prueba de fuego para los republicanos, de la que depende en gran parte lo que ocurra en 2024, son las elecciones de mitad de mandato del próximo 8 de noviembre. Hay que renovar el Congreso (435 escaños), un tercio del Senado (34) y más de la mitad de los gobernadores (35 de 50). El desencanto con Biden augura una victoria de los conservadores, pero habrá que ver porcentajes, arrastres, motivos. Y, si eso ocurre, estar atentos al avance de los dos siguientes años de mandato, en los que los de Trump pueden bloquear el ambicioso paquete legislativo del demócrata y hacerle muy amargo el final.

Estados Unidos está en ebullición y se enfrenta a meses decisivos para el futuro de su democracia.

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