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29/09/2020 09:50 CEST | Actualizado 29/09/2020 09:58 CEST

Andrea Abreu: “Enseguida fui consciente de que yo no era hija de la guiri, sino de la señora que limpiaba”

Entrevista con la autora de 'Panza de burro', que habla de precariedad, de periferias y de su realidad canaria.

ÁLEX DE LA TORRE
Andrea Abreu

Andrea Abreu (Icod de los Vinos, 1995) desprende canariedad hasta en la forma de definir su novela. “Panza de burro es un libro de lo mago escrito con orgullo de mago”, dice.

Según el diccionario de la RAE, ‘mago’ en Canarias significa “campesino inculto”. Según la explicación de Abreu, la expresión se utiliza “para hablar de la gente de los barrios rurales”. “La gente del área metropolitana dice ‘¡no seas mago!’ con condescendencia, para dirigirse a alguien que grita mucho, por ejemplo”, ilustra. Para ella, en cambio, lo ‘mago’ es lo rico, “un elemento realmente bello y una materia prima espectacular para las historias”. “Muchas veces huimos de lo barriobajero y eso hace que las historias no estén localizadas en ningún sitio, que no tengan ninguna riqueza”, sostiene. 

Panza de burro no huye de lo barriobajero, sino que lo exprime. En la novela, publicada por la editorial Barrett, Abreu consigue elevar lo mago a lo universal y convertir una historia de amistad y amor entre unas niñas canarias en una tragicomedia difícil de olvidar. 

“Déjense envenenar, misniños”, pide la escritora Sabina Urraca en el prólogo de Panza de Burro, que ella misma edita. Y los niños se han envenenado. Seis meses después de su publicación en pleno estado de alarma, la novela de Andrea Abreu va por su séptima edición, y lo que le queda.

Abreu ‘recibe’ por teléfono a El HuffPost desde Tenerife —donde se ha mudado recientemente— mientras termina de desayunar y trata de callar a su perrita, que se resiste a obedecer a su dueña, emocionada por tenerla en casa entre promoción y promoción.

¿Estás harta de que te pregunten por qué decidiste escribir Panza de burro con esa oralidad?

Harta no estoy, pero a veces siento que se solapa todo lo demás, que no se tiene tan en cuenta la historia. Hay gente que se me acerca y me insinúa que no sé escribir bien. Evidentemente, sé escribir según las normas gramaticales y ortográficas del español estándar. Pero en un momento descubrí que no tenía por qué ser así. 

Empecé a leer a autoras latinoamericanas. Por ejemplo, Rita Indiana, que es dominicana y en el libro Papi utiliza una forma de escribir que imita la forma de hablar de su pueblo a finales de los 90, con todo lo que lo rodea: el espanglish, la salsa, el reggaeton. Me di cuenta de que yo podía hacer un paralelismo con la sociedad canaria de principios de los 2000. 

Si la literatura es como una serie de fotografías de un álbum, me pareció que precisamente faltaba la foto de las niñas que se criaron a principios de los 2000 en Canarias. Toda esa realidad de los barrios neorrurales, con el boom de la construcción, con toda esa gente trabajando en el paraíso de sol y playa que te venden de Canarias. Me di cuenta de que ahí había una cosa que quería yo contar, y que la mejor forma de hacerlo para adecuarme al contenido era 1) no respetando las normas del español estándar y 2) no respetando las normas del canario ‘culto’, el que recoge el Diccionario Canario de la Lengua.

Me ha costado mucho encontrar historias narradas desde la voz de los hijos de los obreros

Me parece muy poderosa la imagen de la madre yendo a limpiar la casa de los guiris mientras la niña juega con los hijos de esos guiris. En Desencajada, de Margaryta Yakovenko, se muestra, tal cual, la misma imagen. ¿Estaba hasta ahora poco contada esa visión de hijos de obreros?

Seguramente yo no he leído todo lo que debía leer, pero me ha costado mucho encontrar historias narradas desde la voz de los hijos de los obreros. Es verdad que en mi generación hay muchas más personas que lo están haciendo, como Anna Pacheco o la propia Margaryta, y creo que lo que nos une es una visión crítica de la realidad propiciada por la llegada del feminismo a nuestra vida. La teoría feminista me ha hecho repensar incluso el concepto de colonaliedad. Creo que hay una realidad colonial innegable que en la actualidad precisamente se convierte en la desigualdad que hay entre los dueños de todos los hoteles de las islas y la gente que trabaja para ellos. Me parece innegable la correlación que tiene con la base colonial de nuestra historia.  

Muchas veces me dicen que Panza de burro parece la cara B de la realidad canaria de turismo de playa. Pero para mí es mi única cara; no podría narrar la otra cara de Canarias. Lo que yo he vivido en realidad es lo que ha vivido la protagonista de Panza de burro. Yo he acompañado a mi madre a limpiar los hoteles y las casas rurales. Yo he vivido esa sensación de estar en un espacio al que me gustaría pertenecer, porque eres pequeña, y eso es lo que te venden en los dibujos animados y en la tele. A mí me hubiera gustado pertenecer a esa realidad de sombrilla y tumbona, de palmera y de tomates cherry, pero también muy temprano fui consciente de que yo no era parte de ese mundo, de que yo no era hija de la guiri del hotel, sino de la señora que limpiaba

También se pueden hacer cosas desde la periferia

Ahora has decidido volver a Tenerife…  ¿Fue a raíz de la publicación del libro? ¿Por la pandemia?

Me iba a ir antes de la pandemia, y justo declararon el estado de alarma y no me pude mudar. Cuando escribí el libro, me hizo pensar, y vi que estaba todo el tiempo como viviendo en otro lugar, que era Tenerife, claro. Físicamente vivía en Madrid, pero mentalmente estaba en Tenerife. Y me di cuenta de que no tenía que forzarme a vivir en una ciudad donde era tan difícil pagar el alquiler, donde tenía que trabajar de dependienta para vivir. Aquí ahora también es difícil, pero lo de Madrid es una cosa desproporcionada… Además, mi familia ha pasado por una situación complicada en los últimos años, y me di cuenta de que no tenía por qué estar en ese centro de la cultura y de las cosas que se considera Madrid. Vi que en la época en la que estamos no importaba tanto dónde vivieses. También se pueden hacer cosas desde la periferia.

Casi es un acto político mudarse, ¿no?

Sí, sí, total.

¿Encontraste algún tipo de clasismo o discriminación en Madrid?

Sí, por supuesto que sí lo viví, sobre todo relacionado con la forma de hablar. Cuando alguien no me conocía y hablábamos y yo decía una palabra que no conocía, o me ponía cara de asco, de ‘¿qué me estás contando?’, o directamente me corregía. La gente no tiene asimilada, o no entiende muy bien, la realidad cultural que hay en Canarias. 

Alex de la Torre
Andrea Abreu

¿Eso te hizo neutralizar tu acento, de alguna manera?

Cuando me fui a Madrid, sí que viví un proceso de neutralización, pero simplemente por motivo de supervivencia. Si continuamente estás diciendo palabras que la gente no entiende y se lo tienes que explicar, se pierde la gracia al hablar, es como explicar un chiste. Luego me fui habituando y ahora pienso que incluso es una posición política hablar de la forma en que yo hablo. 

Si no, es como cuando la gente habla en otro idioma distinto al suyo, que tiene que interpretar otro papel. Si normalmente ya somos un personaje, esto era como hacer el personaje del personaje, y era incómodo. Luego ya me fui relajando, y me di cuenta de que si la gente me quería tenía que aceptarme tal cual soy, y yo soy canaria.  

Me di cuenta de que si la gente me quería tenía que aceptarme tal cual soy, y yo soy canaria

Antes te preguntaba si estabas harta de que te cuestionaran por la forma de escribir Panza de burro. ¿Recibes también muchos comentarios sobre tu edad?

Uauh… sí. Soy consciente del momento en el que estoy y de la edad que tengo, pero cuando la gente me dice ‘para la edad que tienes…’, ya empiezan mal. Además creo que por el hecho de ser mujer se nos etiqueta como ‘poeta joven’ o ‘escritora joven’ hasta más allá de los 40. ¿Cuándo vamos a ser escritoras válidas, o enteras, no ‘a medias’ o ‘en proceso’, o ‘en potencia’? 

La calidad de una obra no depende de la edad que tenga una persona, y se puede dialogar desde el respeto sin necesidad de estar remarcando continuamente la edad. Molesta sobre todo cuando lleva un componente de paternalismo.

En el prólogo escrito por Sabina Urraca se habla de Panza de burro como un libro cargado de precariedad, desde el momento en que empieza a concebirse.

Panza de burro es un libro precario en todos los sentidos. En el del contenido, porque la protagonista es de una familia obrera, y luego en su escritura, porque cuando lo estaba escribiendo, vivía en una ciudad con unos alquileres inflados y cobrando la mitad del sueldo mínimo. Estaba escribiendo contra todo. Todo el rato pensaba: ‘¿Esto me va a reportar algo económico?’. A nivel económico, lo estaba pasando muy mal, y me daba miedo que escribir el libro me rematara aún más. Pensaba que el libro no podría sacarme de pobre. Pero lo hice a pesar de eso, o en contra de eso. 

Durante mucho tiempo he vivido con muy poco dinero

¿Es difícil que un libro te saque de pobre?

Como estoy acostumbrada a vivir con muy poco, ahora tengo la sensación de que estoy muy bien gracias a la venta, pero cobrar por un proyecto es muy lento. Potencialmente, sé que puedo vivir más tranquila de lo que estaba antes por un tiempito. Pero es que durante mucho tiempo he vivido con muy poco dinero. En ese sentido, salir de pobre no era tan difícil. Por ejemplo, ahora me he hecho autónoma, puedo escribir artículos, y hace un año, antes de Panza de burro, no podría ni habérmelo planteado. 

O sea que no has abandonado el periodismo...

No, no. Yo soy periodista, lo que pasa es que a mi generación se le ha negado la posibilidad de dedicarse a ello. Mis compañeros o están en el paro o trabajando en una agencia de publicidad. 

Mi intención cuando me vine a Tenerife era seguir trabajando en la misma tienda de ropa interior en la que trabajaba en Madrid. Cuando vi que las cosas me iban mejor, decidí lanzarme a la piscina y hacerme autónoma.

#YONOMEOLVIDO