Ángeles de la muerte

Contra el abandono y por un sacrificio cero.
Ángeles de la muerte.
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Ángeles de la muerte.

En una perrera como hay tantas, disfrazada sutilmente de protectora con un disfraz mal cortado y peor cosido, una mujer se dirige a una jaula llena de gatitos. En su interior, uno de color blanco y negro implora una caricia desde los barrotes. La mujer abre la puerta, agarra al gatito y se lo lleva pasillo arriba hasta una habitación.

Al llegar a esta, la puerta se abre. Es una habitación oscura; al fondo, una ventana entreabierta deja pasar unos hilillos de luz que apenas bastan para iluminar fríamente la estancia. Frente a ellos hay una mesa, una gélida mesa de metal gris. Sobre esta, reposa una jeringuilla —muerte rebozada de cristal, con aguja punzante—, y al otro extremo se destaca una figura oscura, difuminada, borrosa, con cara de enfado y semblante de pena, una pena que congela el alma.

El pequeño gatito es colocado en la mesa; sigue pidiendo atención y cariño. Con su pata busca la caricia frugal del humano que lo mira, le ronronea, se restriega en su mano volviendo a inquirir cariño. La humana lo mira y le acerca sus dedos, acaricia fríamente su cabeza; el gatito responde ronroneando con fuerza. Se tumba boca arriba, pidiendo que le acaricien su barriga. La mano humana, que parece haberlo entendido, se acerca y la acaricia débilmente. La intensidad de los ronroneos aumenta y pueden escucharse fácilmente desde toda la habitación; y hasta desde el pasillo.

El gatito cierra sus ojos para saborear más dulcemente el momento. La mano humana coge lentamente la jeringuilla y con un golpe seco, frio y mortal, clava la jeringa en el pequeño corazón felino. El gatito sufre un intenso dolor, un dolor que no entiende, un dolor al que le cuesta reaccionar, no sabe lo que le está pasando e intenta sin éxito respirar; el corazón se rompe, se deshace, se revienta y el pequeño animal empieza a tener convulsiones cada vez más fuertes, hasta que por fin estas cesan y el felino muere.

La figura oscura que esperaba a un lado de la mesa se mueve despacio, va hacia el gatito, el cual en ese momento vuelve su cara hacia ella y la mira con una mirada fría, heladora, mezcla de pena y rabia, una mirada que habla sin hablar.

La humana continúa su camino y al llegar frente al gatito lo coge con suavidad divina, lo toma en sus brazos y lo abraza suavemente. La figura oscura poco a poco empieza a iluminarse, contagiando con su luz al cuerpo del pequeño bebé felino, que también se empieza a iluminar, la luz se torna cada vez más fuerte, las dos figuras se funden en una sola la luz, la luz más pura que pueda existir, la luz más blanca, más limpia y pura que jamás se ha visto.

El gatito se despierta, no sabe qué ha pasado, ni qué hace ahí. Estira sus patitas, se despereza y mira a la figura que lo tiene cogido en brazos, envuelta en un haz de luz como él. La golpea suavemente con su patita, buscando de nuevo cariño; a lo que la figura responde acariciándolo dulcemente, como jamás nadie lo había hecho, con dulzura y suavidad. El gatito está encantado y con su patita juega con su mano, mientras le ronronea a pleno pulmón.

La figura mira al gatito y le sonríe, el gatito le devuelve la mirada, le acerca su cabecita y restriega su morro con su nariz, mientras se deshace con su ronroneo. El pequeño gatito es tremendamente feliz, más feliz de lo que nunca había sido y de lo que nunca soñó que podría llegar a ser.

La figura, esa silueta que una vez fue oscura, negra, difuminada y borrosa, y que ahora es claridad, pureza, limpieza y brillo… con el gatito tomado en sus brazos comienza a caminar fuera de la estancia y de ese recinto de pena, horror y muerte. La luz que los envuelve a ambos se torna cada vez más fuerte y más brillante, sus pasos se aceleran, y levitando, ambas siluetas fundidas en una sola, desaparecen rumbo al sol.

Para quien desee acompañar la lectura de este articulo con la música que sonaba de fondo mientras lo escribía, os dejo a continuación el enlace.