Angustia, insomnio, pesadillas, llanto, hipervigilancia, estrés: el trauma de huir de la guerra

Grupos de ucranianos ya han llegado a España, sus vidas no corren peligro, pero ahora les toca lidiar con el trauma de empezar una vida lejos de todo lo conocido y seguro.
Carme enseña catalán a los ucranianos Tetiana y su hijo Maxym en Guissona, Lleida, el pasado 22 de marzo.
Carme enseña catalán a los ucranianos Tetiana y su hijo Maxym en Guissona, Lleida, el pasado 22 de marzo.
via Associated Press

Angustia, insomnio, pesadillas, llantos, estado de hipervigilancia... son algunos de los síntomas que se repiten en las personas que han huido de la guerra en Ucrania. Ya han llegado a España, sus vidas no corren peligro, pero ahora les toca lidiar con el trauma y el acompañamiento de los psicólogos que les atienden a su llegada les ayuda a gestionar sus emociones.

Mujeres preocupadas por haber dejado a sus maridos o a sus hijos adolescentes en el frente, niños aterrorizados por el sonido de las bombas, personas mayores que han abandonado sus hogares a los que no saben si volverán algún día. Son las personas que pasan cada día por los centros de recepción de refugiados habilitados por el Gobierno en Pozuelo de Alarcón (Madrid), en la Ciudad de la Luz de Alicante y en la Fira de Barcelona.

EFE ha conversado con dos psicólogas de Cruz Roja y Accem (encargadas de la gestión de los centros de Alicante y Madrid, respectivamente) para conocer el impacto psicológico que padecen los ucranianos que han tenido que huir de su país a consecuencia de la invasión rusa, de la que este jueves se cumple un mes.

Desde el inicio de la guerra han salido del país 3,5 millones de ucranianos, en su mayoría mujeres y niños, según la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). El Gobierno calcula que a España han llegado unos 25.000, aunque el número total se desconoce porque muchos lo han hecho a través de redes familiares y de amigos.

Trastorno de estrés postraumático

El denominador común en todas las personas que atienden los equipos de psicólogos, trabajadores sociales y educadores cuando llegan a los centros es el estrés agudo que les ha provocado la experiencia traumática de tener que abandonar repentinamente su país.

“Han dejado de forma brusca e inesperada todo lo que tenían construido en su país. Familiares, amigos, trabajo, rutinas, colegio, bienes materiales que también son importantes como su casa, su coche. Antes de salir del país, la mayoría han vivido situaciones de estrés muy fuerte con temor intenso, miedo por la propia vida y de otras personas”, explica a EFE Ana María Romo, psicóloga del departamento de Refugiados de Cruz Roja en Alicante.

Son situaciones que generan mucha ansiedad, algunos están en estado de shock, deambulan como perdidos, bloqueados emocionalmente y con estrés postraumático: “angustia, desesperación, tristeza por todo lo que dejan, incertidumbre ante lo que va a pasar porque hay que reconstruir la vida y no saben ni cómo ni cuándo ni si van a poder regresar a su país ni en qué momento. Ni cómo se lo van a encontrar”, añade Romo.

“Hay que reconstruir la vida y no saben ni cómo ni cuándo ni si van a poder regresar a su país ni en qué momento, ni cómo se lo van a encontrar”

Para la responsable de programas de atención psicológica de protección internacional de Accem, Carolina Flores, esta respuesta es “totalmente normal porque les ayuda a reajustarse a esa experiencia tan atroz”. Advierte, no obstante, de que la intervención es fundamental para prevenir la “patologización” de esos síntomas.

Coinciden ambas en que lo primero es detectar sus necesidades más básicas y cubrirlas y luego contener, escuchar y transmitir tranquilidad porque están a salvo, lejos del conflicto bélico.

“Alojamiento, comida, atención médica, que los niños puedan ser escolarizados (...) También es muy importante tener una mano que coger, un espacio de escucha para que en un futuro, cuando estén en un dispositivo de acogida más estable, el equipo de intervención puede hacer ese enlace y esa intervención psicoterapéutica más profunda”, explica Flores.

Es importante también hacerles ver que son personas fuertes y resilientes, con “muchas fortalezas” porque cuando uno deja su país por una guerra, siente que se queda indefenso al perder los recursos personales que tiene: “la atención se focaliza en rescatar esa fortaleza que hay que poner en marcha aquí porque la tienen”, incide Romo.

Y sin olvidar reparar la confianza en las personas. “Esto ha sido causado por un ser humano. Y hay que restablecer esa confianza en el ‘otro’ porque hay personas, países y entidades que les están ayudando”, añade la psicóloga de Cruz Roja.

Un duelo extremo

Hace dos décadas que el psiquiatra Joseba Atxotegui describió el denominado “Síndrome de Ulises” o síndrome del emigrante con estrés crónico y múltiple. “Es un cuadro de duelo migratorio extremo, no un trastorno mental, que aparece en quienes migran en circunstancias terribles, como sucede ahora en Ucrania”, explica a EFE este profesor titular de la Universidad de Barcelona.

Un duelo migratorio muy diferente al que se experimenta por la pérdida de un ser querido porque, explica el doctor, cuando alguien muere desaparece y en la migración no desaparece nadie, sino que hay una separación del país de origen, “que sigue estando allí y da lugar a que el duelo sea recurrente y se prolongue toda la vida”.

También percibe esta continuidad Carolina Flores, que asegura que quien huye de una manera tan abrupta “siempre está como con un pie aquí y otro en su país de origen: el alma, el corazón, se han quedado en donde ha nacido porque la patria es como una madre”.

El riesgo es mayor en niños

Atxotegui dirige el Servicio de Atención Psicopatológica y Psicosocial a Inmigrantes Refugiados (SAPPIR) del Hospital Sant Pere Claver de Barcelona desde 1994 y por su experiencia alerta del alto riesgo de los niños ucranianos tras abandonar sus casas por una guerra.

“Los niños están en un período de maduración, de crecimiento, necesitan mucha protección y apoyo. Lo peor para ellos es la separación de los padres. Hay investigaciones que demuestran que están mejor con ellos escondidos en un sótano que muy lejos en un centro bien atendidos. Están aterrorizados sin saber dónde están sus padres, sus madres están angustiadas... Es la población que más hay que proteger para que no queden traumatizados”, alerta el psiquiatra.

“Los niños están en un período de maduración, de crecimiento, necesitan mucha protección y apoyo. Lo peor para ellos es la separación de los padres. Hay investigaciones que demuestran que están mejor con ellos escondidos en un sótano que muy lejos en un centro bien atendidos”

Lo ven cada día en los centros de acogida los psicólogos que trabajan con estos menores, siempre con un traductor para que la barrera del idioma no sea otro factor añadido al estrés.

“Su reacción emocional es de otra forma. Nenes que vuelven a hacerse pipí en la cama, movimientos muy nerviosos, dificultades para dormir, llanto continuado... El problema es que no pueden expresarlo como los adultos pero no por eso no deja de ser complicado para ellos, sostiene Romo.

Es difícil saber cuál será el impacto de la guerra en estos pequeños, pero por supuesto que les marcará, opina Flores, que va más allá: “es un trauma colectivo que va a marcar no sólo la historia de Ucrania, sino también la historia de toda Europa y el mundo”.

Los expertos apuntan que el deseo de todos es que la guerra acabe pronto para poder regresar a su país y recuerdan que ese sufrimiento y dolor es el mismo en la mayoría de refugiados de todos los países.

Las imágenes de los refugiados ucranianos en Siret, la frontera de Rumanía