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30/08/2019 07:05 CEST | Actualizado 30/08/2019 07:05 CEST

Anna Pacheco crea un retrato de la precariedad y reivindicaciones de la generación millenial

'Listas, guapas, limpias', una novela que parte de un lema de su abuela para contar la realidad de un sector esencial de la población.

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Por Anna Pacheco

 

La búsqueda del origen y metamorfosis de la identidad y del reconocimiento del mundo que le ha tocado vivir es la línea central de Anna Pacheco (Barcelona, 1992) en su debut novelístico: Listas, guapas, limpias (Caballo de Troya) que será uno de los hallazgos literarios del otoño. Alrededor de estas ideas motoras y con un lenguaje fresco y ágil, Anna Pacheco levanta un mundo íntimo y reflexivo que refleja a buena parte de su generacion nacida en los años noventa que llega a la adultez con buenos estudios, precariedad económica y reivindicaciones diversas como de género y clase, pero también con todas las ilusiones y bajo la etiqueta de generación millenial.

Anna Pacheco crea un retrato de la precariedad y reivindicaciones de la generación

Anna Pacheco crea un retrato de la precariedad y reivindicaciones de la generaciónWMagazín avanza en primicia el primer capítulo de Listas, guapas, limpias y un vídeo donde la escritora lee un pasaje de su novela en el acto de WMagazín Avances literarios de viva voz celebrado en la Feria del Libro de Madrid, el pasado 15 de junio, junto a otros cuatro escritores de lso que ya hemos publicado dos vídoes y avances: puedes ver en este enlace la lectura de José Ovejero por su novela Insurrección(Galaxia Gutenberg) y de Cristina Fallarás por su ensayo Ahora contamos nosotras (Anagrama).

Listas, guapas, limpias es el lema con el que la abuela de Anna Pacheco resumía, según recordó la escritora en la Feria, lo que debe ser una chica: “con esos tres requisitos, estaría todo solucionado” y podría encontrar un hombre “la mitad de bueno que mi padre”. Copn esa novela ha vuelto a la memoria familiar para, añade, “entenderme y entender mi identidad”.

En Anna Pacheco, señala la editorial, “encontramos a una mujer en permanente conflicto con sus ideas políticas, la construcción social de su género y de su clase. En Listas, guapas, limpias no faltarán las referencias a la cultura pop de los noventa, la exploración de la sexualidad femenina y una constante cascada de reflexiones-puñetazo cargadas de humor negro”.

Anna Pacheco es periodista en PlayGround. Sus artículos centran la mirada en temas sociales, feminismos y cultura con perspectiva de clase y género. El siguiente es el comienzo de la novela que llegará a librerías a mediados de septiembre:

Anna Pacheco (izquierda) lee un pasaje de su novela ‘Listas, guapas, limpias’ en el acto de WMagazín en la Feria del Libro de Madrid 2019, a su lado Cristina Fallarás y María Hesse. /WMagazín

‘Listas, guapas, limpias’ (Caballo de Troya)

Por Anna Pacheco

Yaiza y yo estamos en la torre de mi abuela comparando el tamaño de nuestros muslos. Yaiza dice que ha engordado, pero yo no se lo noto. También dice que yo soy muy hija de puta porque siempre estoy delgada sin hacer ningún tipo de esfuerzo. Yaiza y yo nos conocemos desde que somos bebés. Hemos sido niñas y adolescentes a la vez. Nos hemos restregado con cojines alargados y peluches cuando no sabíamos que masturbarse era masturbarse. Lo que quiero decir es que siempre hemos estado juntas. Nuestros padres se conocieron de jóvenes en el barrio: frecuentaban discotecas vestidos con pantalones de campana y polos con cocodrilos bordados. A veces salían por el centro y aparentaban ser pijos. Cuando eran jóvenes, el padre de Yaiza, Jacinto, estaba enamorado de mi madre, pero eso no importa. Los amores prescriben y después todo el mundo hace como si nada. Los amores caducan por el bien de una convivencia pacífica. Si no fuera así, el ambiente sería sofocante. Ahora Mariloles está casada con Jacinto y todos somos muy amigos. En verano hacemos sardinadas.

Ahora también es verano y estamos en la torre, el mismo lugar en el que mi madre pasaba los veranos. Transitamos los mismos espacios que nuestros mayores, siendo otras distintas, y cuando ellos se mueren esos espacios adquieren otra dimensión. Los recuerdos se fabrican ahí: donde el ajuar bordado por mi abuela con las iniciales de mi madre, el bikini rayado que se ponía mi madre cuando tenía mi tipo, la figurita en honor al campesino que hay encima de la tele.

Esta casa es la segunda residencia de mi abuela, opción de veraneo de las familias como la mía. Antes, las familias trabajaban todo el rato para ahorrar un poco, pagarse un piso en propiedad y, con suerte y si se les daba bien, aspirar a una segunda residencia. Todo el mundo quería su terreno con un huerto y, tal vez, incluso piscina, y luego, automáticamente, te convertías en clase media. Ahora todo es distinto. Tengo veinte años. A mi edad mi madre estaba casándose, yo solo reclamo dinero y estar sola en mi cuarto. Toda mi familia sube a la torre. Lo decimos así, pero en realidad solo hay que ir. La torre está cerca, es periférica, a veinte minutos de Barcelona saliendo por la Meridiana. Está al lado de una floristería cercana al cementerio donde los fines de semana hay coches aparcados en doble fila y familiares preparados para saludar a sus muertos. El día de Todos los Santos se forman largas colas. Pasamos con el Seat Córdoba, conduce mi padre, yo siempre miro por la ventanilla, lo hago así desde hace años. Pienso: “Otro día que esa gente tampoco somos nosotros. Otro día que esos muertos tampoco son los nuestros”.

—No lloréis por mí. Yo siempre ataúd cerrado. —Es mi padre. La misma frase otra vez. Mi madre niega con la cabeza y se miran como se miran las parejas entre las que ya no existe conexión alguna desde hace treinta años—. Acordaros.

—Acordaos, es acordaos —corrijo la gramática de mi padre como un impulso que no puedo frenar.

En la radio, el boletín semanal habla de violaciones “gravísimas” de derechos humanos en Palestina, con más de mil bajas de civiles. Por supuesto, es mejor que mi padre nos hable de su propio funeral a que mi madre haga comentarios culpables y antisemitas en el coche.

En la torre hay un huerto y habitaciones mal decoradas. Hay restos de las casas de todos mis tíos: cubertería vieja y variada, cojines con bolitas, estampados mal combinados. Nada encaja y eso es parte del encanto, eso dice mi madre. Qué masía ni qué masía. Esto es mejor que nada porque aquí nada es bonito y lo puedes estropear. Las casas son para vivirlas. No somos como esa gente que tienen alfombras o coches y no se pueden ni pisar, a mi madre le encanta decir todo eso. Mi madre odia los coches caros. Mi madre odia a la gente que se preocupa por sus coches caros. Le parece que esa no es forma de vivir. He pasado todos los veranos de mi vida en este lugar. Está lleno de gatos abandonados que no paran de reproducirse por nuestra culpa. Les damos restos de huesos y boles de leche. Los gatos maúllan y están hambrientos y siempre parecen llenos de enfermedades. Los vecinos de al lado tienen una montaña de basura. Hay restos de bicicleta oxidados, ratas correteando entre plásticos y metales tan afilados que podrían matar a un niño. A estos vecinos los llamamos “los gitanos” aunque no sean gitanos. Mi madre asegura que decir eso no es racista.

Desde la terraza de la torre se ve Barcelona como un manto enorme de bloques de hormigón. Los pinos altos amortiguan el ruido de la autopista que pasa por aquí al lado. No diría que esto no sabe a campo ni huele a campo, pero sin duda es lo más parecido. Nunca he hecho ningún amigo aquí, por eso siempre invito a Yaiza.

Yaiza dice que le da igual que a Cristian le hayan cambiado los turnos, que ella no piensa cambiarse la hora del gimnasio. Yaiza dice que Cristian ya se apañará. Ella tiene su rutina después del trabajo y no piensa cambiarla. Escucho a Yaiza, como solía escucharla, pero mientras me habla pienso cómo puede llevar seis años con su novio. No me imagino cómo puede vivir tranquila pensando que solo ha besado a un chico en todos estos años. Calculo que en ese tiempo yo habré besado a unos diez. Por ese motivo, yo me siento más independiente que Yaiza. Yaiza se muestra orgullosa porque dice no es de esas que dejan de cuidarse cuando tienen novio: sigue maquillándose, haciendo spinning y gastando dinero en ropa. Ella y yo íbamos cogidas del brazo al centro comercial cuando hacíamos primero de la ESO: mirábamos tiendas, y en la época de robar nos apropiábamos de baratijas de un euro (aros, piercings, calcomanías con brillantina) que colocábamos con una técnica cada vez más refinada en el interior de nuestros sujetadores push-up. Había suficiente espacio entre el relleno y las tetas. Era muy práctico. Luego, íbamos al McDonald’s a merendar dos hamburguesas de un euro. En la época de mayor transgresión llegamos a pintar un grafiti diminuto.

N × L
Y × F

(y dos corazones razonablemente grandes)

Era un mensaje para nuestros amantes moteros. Nos trataron muy mal. Eso lo hicimos un viernes, después de clase. Cuando nos dejaron después de tratarnos muy mal, fuimos a tachar sus iniciales con Tipp-Ex. Quedaron los dos corazones y nuestras iniciales, la de Yaiza y la mía. A Yaiza se le ocurrió decir ese día que lo que más echaría de menos de tener un novio era sacarle pelusillas de dentro del ombligo. A las dos semanas, conoció a Cristian y ya nunca más volvió a hablar de otros chicos. Yaiza siempre caminaba muy digna, mucho más digna que yo, y siempre me controlaba la espalda porque decía que me saldría chepa. Yo seguía a Yaiza a todos los sitios, la habría seguido mil veces con los ojos cerrados. Y eso que muchas veces la aborrecía o me parecía demasiado vulgar. Yo sacaba siempre mejores notas que ella.

Aun así, la quería mucho, pero sus padres me querían mucho a mí porque decían que era una “buena influencia” y, sobre todo, no fumaba. Las dos fumábamos, en realidad. Cuando nuestros padres se enteraron de que las dos fumábamos dijeron que al menos yo no fumaba porros. En eso llevaban razón. Otros puntos a mi favor eran que nunca me había hecho mechas en el pelo, ningún piercing, y que “hablaba con mucha propiedad”. También que había sido elegida tres años consecutivos delegada de la clase. En otras palabras, yo era el buen camino, Yaiza el fracaso escolar.

Yaiza no hizo el bachillerto, y eso fue un golpe duro en su casa. Su madre me dio cuarenta euros para que los gastáramos en una tarde de chicas e intentara convencerla a toda costa. No lo conseguí. Nos compramos un bikini Roxy cada una y luego fuimos a cenar al Burger King. Yo intenté convencerla de que hiciera el bachillerato. Le dije que así tendría más salidas, que es lo que no paraban de repetir todos nuestros profesores en el año 2007, en el que ya se oía algo sobre el fantasma de los impagos hipotecarios en Estados Unidos y la crisis de hipotecas subprime. No teníamos ni idea de nada, pero parecía que lo importante seguía siendo tener una carrera. Le dije que conseguiría un mejor trabajo y un mejor sueldo. Le dije que, pese a la crisis y todo eso, ir a la universidad parecía siempre la mejor opción y que por eso tenía que estudiar bachillerato. El hijo medio tonto de la Enriqueta también iba a la universidad, cómo no iba a ir ella. Le dije que conoceríamos a un montón de gente nueva, interesante, distinta. Al menos, tendríamos que tomar el metro cada día. Ella me dijo que tenía clarísimo que quería ser esteticien en un Depiline. Me dijo que yo ya sabía lo mucho que le gustaba a ella sacarse los pelos enquistados de las piernas y las ingles. La verdad es que sí que lo sabía. La había visto cientos de veces arrancándose pelos con las pinzas en la piscina y en la playa. Nunca paraba de hacerlo. A veces se dejaba la piel roja porque no sabía cuándo parar. ¿Me ves los pelos desde aquí?, me preguntaba. Luego hacía la misma pregunta pero acercándose un poco más. Se le daba muy bien.

Hablamos tanto aquella tarde que al final se me olvidó lo que me había pedido su madre. Yaiza no iba a ir a la universidad, eso es lo que estaba pasando. Aquello, que en aquel momento fue un asunto crucial, al poco lo olvidamos. Aunque, en el fondo, yo también pensé que algo estaba haciendo mal. Y mi madre. La pusimos verde en casa un par de veces. Quizá más. Era una de aquellas veces en las que mi madre y yo nos alimentábamos la una a la otra. Normalmente hablábamos de la otra gente en la cocina, mientras mi madre preparaba la cena y yo troceaba algo de queso o fuet en la mesa, dejando el suelo lleno de migas. Cuando creíamos que la conversación había terminado, una de las dos decía algo más y siempre parecía la última cosa.

—¿Y tú te acuerdas de lo que se chuleaba la Mariloles con las extraescolares de su hija cuando erais pequeñas? ¡Y mira ahora! —decía mi madre con evidente inquina.

Mariloles alguna vez había insinuado que me estaba quedando atrás porque practicaba patinaje tres veces por semana, y a veces incluso cuatro. Parecía decirle a mi madre: “Mucho cuidado, que yo he apuntado a la mía a informática y a inglés, y en el barrio de al lado. Seguro que le va mejor. Hacer tanto deporte no puede ser bueno”.

Criticamos tanto a los Muñoz entre las cuatro paredes de nuestra casa que casi parecíamos gusanos, y eso que, y supongo que precisamente por eso también, eran nuestros amigos más antiguos y más valorados.

Un día mi madre le dijo a la madre de Yaiza tomando el café:

—Bueno, Mariloles, lo importante es que cada una se dedique a lo que quiera. En esta vida tiene que haber de todo.

Y ella le dijo:

—Sí, guapa, pero bien que tus dos niñas van a la universidad.

Anna Pacheco crea un retrato de la precariedad y reivindicaciones de la generación

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