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01/12/2020 16:18 CET | Actualizado 01/12/2020 16:18 CET

Ante la tercera ola de la pandemia: otra Navidad es posible

Lo triste sería que precipitando la normalidad provocáramos otra tercera ola aún más dura y con menos capacidad de respuesta.

Alvaro Calvo via Getty Images
Personal sanitario en una UCI durante la segunda ola de la pandemia, en un Huesca. 

La tercera ola está servida, pero se trata de que sea menor y lo más tarde posible para con ello preservar a los más vulnerables, dar tiempo a la llegada de las vacunas y mantener la capacidad de respuesta del sistema sanitario, tanto frente a la covid-19 como a las listas de espera de la sindemia de las enfermedades crónicas. 

Entre las razones para optar por un modelo de confinamiento parcial basado en restricciones a la movilidad y en los horarios y los aforos en lugares de ocio, se argumentaba básicamente que había que permitir la normalidad de las actividades escolar y laboral y evitar los efectos acumulados de todo tipo de confinamiento, así como las consecuencias de una desescalada precipitada, abrupta y desordenada, como ocurrió al final de la primera ola, que en opinión de algunos expertos ha tenido mucho que ver con la incapacidad, aunque no generalizada, de contener en España la pandemia durante el verano. 

Aunque la experiencia de países de nuestro entorno, que ampliaron hasta hace bien poco el estado de emergencia y que después de un periodo de control en verano se han visto ante una aún más dura segunda ola que les ha situado en una incidencia muy por encima de la nuestra, debería llevarnos a valorar también otros factores que influyen en los rebrotes y a evitar la tentación, de nuevo, tanto de la soberbia de creernos con todas las claves de la pandemia, cuando es más lo que ignoramos que lo que sabemos, como del reparto de medallas y de culpas en cada repunte o mejora en la incidencia de la misma. 

Los efectos acumulados a que nos referimos son ya significativos en el ánimo de los sanitarios sometidos a un estrés prolongado, así como en el de los ciudadanos en general, situados entre la incertidumbre y el miedo después de meses de pandemia, pero también la profundización de los efectos sociales de la crisis de la economía, en particular del sector turístico, los autónomos, los trabajadores informales y el sector servicios. 

A pesar de todo, ésta no ha sido una decisión exenta de controversia, ni entre los expertos ni tampoco entre las distintas administraciones. De hecho, ha habido propuestas de una estrategia alternativa de un nuevo confinamiento drástico, replicando el habido desde mediados del mes de marzo, que ha contado con ejemplos internacionales y también con la solicitud concreta de algunas comunidades autónomas (CCAA) como Asturias, rechazadas inicialmente por el Gobierno central, a la espera del resultado de las medidas generales de cierre perimetral, toque de queda y confinamientos parciales. 

El anuncio de la disponibilidad de la vacuna a partir de principios del próximo año parece haber disparado las expectativas de una pronta vuelta a la normalidad

El principal ejemplo de esta estrategia de corte brusco, fuera de nuestras fronteras, ha sido el de Irlanda, seguida luego por otros países como Francia ante la resistencia de la segunda ola a pesar de las medidas parciales de restricciones y confinamientos. Aquí también el confinamiento ha vuelto a demostrar su efectividad, como en la primera ola, si bien el seguimiento por parte de la ciudadanía no parece haber sido el mismo que entonces, tal y como se temía, y queda también la incógnita sobre la gradualidad de la salida. 

En el polo opuesto, también se ha dado una resistencia frente a las medidas de restricción de la movilidad, tanto por parte del sector de la hostelería que se encuentra entre los más afectados, como en especial por el PP en el Gobierno de la derecha en la Comunidad de Madrid, forzando incluso al Gobierno central a la declaración puntual del estado de alarma para luego atribuirse el éxito de haber doblegado la curva mediante medidas locales y cierres perimetrales de fin de semana, incluso con carácter retroactivo. 

Ahora, cuando nos encontramos en un descenso significativo de la incidencia acumulada, de la tasa de positividad y con un índice reproductivo del virus por debajo de uno en España, pero lejos de los 25 a 50 por 100.000 establecidos como objetivo por el Ministerio de Sanidad, y todavía con una situación dramática en número de fallecidos y en la presión hospitalaria y de UCIs, parece sin embargo que el debate se ha desplazado sin solución de continuidad a cómo salvar las fiestas de Navidad, cuando todavía no hemos cerrado el balance trágico de esta segunda ola. 

Y no solo se ha abierto el debate. Buena parte de las comunidades autónomas están ya adoptando o previendo medidas de flexibilización de las restricciones adoptadas para conciliar la Navidad y el control de la pandemia evitando una mayor presión y el desbordamiento sanitario y su consiguiente incremento de la mortalidad, sin que ni siquiera la mortalidad se haya reducido, como consecuencia del lógico retraso entre los casos detectados, su ingreso y el tiempo de la estancia hospitalaria y en UCI hasta el deceso. Más que salvar la Navidad se trata pues de salvar el mayor número de vidas posible. 

Las condiciones parecen favorecer una relación de casi continuidad entre esta segunda ola de la pandemia y una más que probable tercera ola

Porque ni la pandemia ni su rebrote, ni tampoco el debate de la flexibilización ni las medidas de desescalada son tampoco una cuestión solamente nacional. Muy por el contrario, los países europeos y en general el hemisferio occidental, a pesar de que han ido por detrás de España en esta segunda ola, se están planteando medidas muy similares de flexibilización de las restricciones adoptadas, sin siquiera haber extraído las conclusiones sobre lo ocurrido y corriendo por tanto el riesgo de repetir los errores favoreciendo una tercera ola de la pandemia antes siquiera del inicio de la vacunación. Una vacunación que el equipo multidisciplinar ha decidido que comience por los más vulnerables para con ello disminuir ingresos, estancias en UCIs y por tanto mortalidad, para luego continuar con una quincena de grupos durante el año 2021. 

Y aquí es donde pudiera estar precisamente la razón de esta excesiva precipitación. El anuncio de la disponibilidad de la vacuna a partir de principios del próximo año parece haber disparado las expectativas de una pronta vuelta a la normalidad y con ello las presiones para flexibilizar las medidas adoptadas y la sensación anticipada de una falsa seguridad. Si a todo ello le sumamos los reflejos condicionados de la sociedad de hiperconsumo digital ante las compras de Navidad, las condiciones parecen favorecer una relación de casi continuidad entre esta segunda ola de la pandemia y una más que probable tercera ola. 

Sin embargo, ni la curva ha sido definitivamente doblegada ni su saldo trágico de enfermedad y muertes ha terminado. Tampoco las vacunas, por mucha efectividad que tengan y por mucha prisa que nos demos en su distribución y aplicación, nos van a proteger, en particular a los más vulnerables, de una más que probable y dura tercera ola si no mantenemos tanto las medidas de control de la movilidad como las restricciones de las actividades más favorables para la trasmisión del virus, como nos han alertado la OMS y nuestro CDC europeo.

Porque hoy ya no podemos alegar ignorancia. Ahora sabemos que la correlación entre la movilidad de los fines de semana y el fuerte incremento de la incidencia es sólida, al igual que las reuniones familiares o sociales en los lugares cerrados y mal ventilados es el caldo de cultivo más favorable para el aumento en el número de casos. También hemos comprobado que la pandemia va por clases y por barrios, afectando más a los que viven en condiciones más desfavorables, hacinadas o más precarias. 

Lo triste sería que precipitando la normalidad provocáramos otra tercera ola aún más dura y con menos capacidad de respuesta

Se trata pues, en primer lugar, de valorar la efectividad de la estrategia por la que optamos en en mes de octubre. Eso significa reconocer que, así como el confinamiento total con mando único doblegó la primera ola, también las medidas de confinamiento parcial, mando autonómico y coordinación e indicadores consensuados están obteniendo en esta segunda ola también buenos resultados. Pero las restricciones y el civismo no bastan si no van acompañados de medidas sanitarias y sociales que los respalden como el fortalecimiento de la salud pública, la atención primaria, las prestaciones sociales y los cuidados sociosanitarios. El objetivo por tanto, es mantenerla y modularla de cara a la Navidad, reconociendo la singularidad de este periodo festivo y por tanto acotando la flexibilización a las fechas señaladas y sus horarios, fundamentalmente a las reuniones familiares y las celebraciones al aire libre para tener unas fiestas controladas. 

El borrador elaborado, ahora en fase de acuerdo con las CCAA, establecerá unos criterios comunes para todos, a desarrollar y concretar en función de la situación epidemiológica y sanitaria de cada comunidad autónoma, ya sería una buena muestra de que el camino iniciado con los indicadores y la cogobernanza del estado de alarma de octubre, tiene potencialidades también para la puesta en común, el aprendizaje mutuo y la capacidad de mejora. 

En definitiva, estamos ante unas navidades distintas, con menos movilidad y más familiares, pero no por ello menos felices. Lo triste sería que precipitando la normalidad provocáramos otra tercera ola aún más dura y con menos capacidad de respuesta en el mes de enero, sin que todavía hayamos salido aún de la segunda. 

Se trata de lograr entre todos una flexibilización y una desescalada controladas como paso previo hacia la vacuna y la deseable normalidad.