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30/04/2020 16:42 CEST | Actualizado 30/04/2020 16:42 CEST

Antes del confinamiento

De lo que vaya a pasar después no tengo ni idea, pero no me gusta nada lo que está ocurriendo políticamente.

NurPhoto via Getty Images

Desde ahora siempre que recuerde algo diré: “esto ocurrió antes del confinamiento”. El confinamiento será un antes y un después en nuestras vidas;  nada volverá a ser igual, aunque dicen que con el trascurso del tiempo, de mucho tiempo, se van reajustando las cosas y nuestras vidas volverán a otra normalidad que ojalá sea mejor. 

“Como escribí casi al principio de la vigencia del estado de alarma, esta crisis nos desvela una vez más, como es la fragilidad lo que nos define como seres humanos. Es decir, todo lo contrario a ese ideal de omnipotencia, tan masculino, que siempre ha cotizado tan alto en el mercado y que ha servido para justificar sistemas económicos y políticos”, me escribe el catedrático, feminista, Octavio Salazar. “Aquel era otro mundo, le contesto, nuestro mundo, este que se nos avecina es un desconocido, que se nos ha impuesto de golpe, y que no sabemos cómo será”.

He leído un artículo de Eva Cifuentes en el que afirma que: “Aunque la pandemia tiene una mayor mortalidad en los hombres, las mujeres sufren un mayor impacto social, y así lo confirman diversas organizaciones como ONU Mujeres y Oxfam Intermon, así como estudios realizados por diversas investigadoras”. “Ellas conforman alrededor del 70% del volumen de los trabajos sanitarios y del sector de los cuidados y, por otro lado, también son el colectivo que más abunda en cuanto a trabajos no remunerados. De hecho, según un reciente informe de Oxfam Intermon, las mujeres desarrollan dos terceras partes de los trabajos de cuidados remunerados y asumen tres cuartas partes de los que no lo están. Unas cifras que, en caso de pandemias como la del Covid-19 ponen de manifiesto la cantidad de tareas que asumen las mujeres. Unas tareas vitales que en la mayoría de ocasiones no tienen el reconocimiento necesario, tanto económica como socialmente”. Me temo que seguirá ocurriendo.

Desde ahora siempre que recuerde algo diré: “esto ocurrió antes del confinamiento”.

Tengo la sensación de que mi vida ya es, para siempre, estar encerrada, tanto me lo parece, que los últimos recuerdos de lo que hice los tengo muy presentes. Todos ellos tienen que ver con la igualdad, con el feminismo, que tanto me ha marcado. Ya sabemos que las manifestaciones del 8M, sobre todo las de Madrid, han quedado para siempre como la causa de la introducción de la pandemia en España, olvidando la verdad, pero da igual. Interesa que sea así.

Me gusta que mis últimos recuerdos sean, precisamente, sobre el 8M; el 6 de marzo, Carmen Calvo, la vicepresidenta primera del Gobierno, vino a Sevilla a un desayuno informativo del Grupo Joly, en el que, por supuesto, había mucha gente, y saludó con besos y abrazos; después fue a la Delegación del Gobierno a un acto con el alcalde de Las Cabezas de San Juan (Sevilla), y mucha más gente, en conmemoración del bicentenario del general Riego. Más tarde, en la Plaza de España se leyó el manifiesto del Gobierno del 8M y también hubo mucha gente; el 8 fue a la manifestación en Madrid, tuvo la mala suerte de contagiarse del coronavirus, y todos saben, a ciencia cierta, que el contagio fue en la manifestación, no en ningún otro sitio.

De lo que vaya a pasar después no tengo ni idea, pero no me gusta nada lo que está ocurriendo políticamente.

Yo estuve en Sevilla, en donde hubo dos manifestaciones; en una de ellas estaba también la ministra de Hacienda y portavoz del Gobierno; por la tarde asistí al partido de fútbol Betis-Real Madrid, dedicado a la mujeres,-por cierto, ganó el Real Betis-, y había miles de personas; el palco lleno de mujeres, entre ellas la presidenta del Parlamento de Andalucía (Cs), y no pasó nada; estuve otro día en Jerez, en uno de los muchos actos que se celebran con motivo del 8M, y el 9 fui a Santander a recibir el premio por la igualdad Carmen Alborch; al día siguiente en Airbus-Sevilla otro acto con hombres y mujeres de la empresa, y se me quedó colgada la presentación, en el Ateneo de Málaga, con María Gámez, la directora general de la Guardia Civil, del libro de Sami Naïr, Acompañando a Simone de Beauvoir. Empezó el confinamiento. 

De lo que vaya a pasar después no tengo ni idea, pero no me gusta nada lo que está ocurriendo políticamente, y me malicio que el sufrimiento de la gente va a ser muy largo y muy doloroso; hay quien pide “un golpe de Estado”, se publica, y nadie reacciona. Se está buscando “la instauración práctica de una dictadura”.

Personalmente soy, dicen, una anciana, no una persona mayor, que es menos peyorativo. Sobre esto, escribiré otro día, hoy les recomiendo que lean el artículo de Octavio Salazar, Menores y mayores: las afueras de la ciudadanía; el titulo ya lo dice todo.