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10/12/2018 07:20 CET | Actualizado 10/12/2018 07:20 CET

Antifranquismo

'Duelo a garrotazos' (Goya)
'Duelo a garrotazos' (Goya), un referente icónico de las 'dos Españas'.

Cuando una sociedad se propone neutralizar un legado que considera tóxico, lo primero que debe decidir es cómo hacerlo. Ésa es la situación que confrontó España tras la muerte de Franco y, cuarenta años después, el debate continúa con mayor virulencia si cabe.

Franquismo y antifranquismo no son sino una vuelta de tuerca de una dinámica que se remonta a principios del XIX y que ha tenido consecuencias muy negativas para el país. Los liberales de aquella época, víctimas de la tiranía de Fernando VII, se plantearon la mejor manera de combatir un régimen que se negaba a realizar los cambios que España necesitaba. Algunos pensaron que debían hacer lo contrario que hacían los absolutistas, mientras que otros creían que era más efectivo, aunque más lento, invertir la manera de hacerlo.

Hubo dudas, pero se impuso la primera opción. Condicionados por la agresividad de sus adversarios, todo hay que decirlo. Los conservadores pretendieron monopolizar el concepto de lo español y, acusando a sus enemigos de traidores, los enviaron a las cárceles o al exilio. Viéndose tratados como extranjeros en su propia patria, una parte de los liberales crearon una identidad alternativa en la que ellos tuvieran cabida y que era simétricamente inversa a la tradicional. El nacimiento de las "dos Españas" data de esas fechas y es producto de un doble movimiento de acción y reacción en el que se invierte el qué, pero no el cómo. En lugar de contrarrestar la actitud excluyente de la España oficial con un proyecto incluyente, los liberales adoptaron una actitud similar, pero opuesta, creando así lo que en otro lugar he denominado una "España al revés". El enfrentamiento de estas dos identidades antagónicas ocasionó una fractura en el imaginario nacional que dura hasta nuestros días. Las persistentes guerras civiles que se suceden a lo largo de los siglos XIX y XX se explican por el carácter incompatible de esos dos proyectos, que reflejan una forma excluyente de entender la relación con el otro.

La forma más radical de antifranquismo es la que menos lo parece, porque no solo se opone a lo que hizo la dictadura, sino (y sobre todo) a su manera de hacerlo.

Esa fue la herencia que los españoles recibimos tras la muerte de Franco. Una España polarizada en dos identidades refractarias que durante dos siglos habían tratado mutuamente de destruirse. La Guerra Civil de 1936-39 fue su culminación. El panorama se complicaba aún más con la existencia de los denominados nacionalismos periféricos, también excluyentes. Los que llevaron a cabo la Transición sabían bien lo que esa tradición significaba. Dice mucho de su inteligencia política, que comprendieran que la mejor manera de superarla consistía en asentar la convivencia sobre nuevas bases. Puesto que todos los españoles ocupaban, y tenían derecho a ocupar, un espacio común, la única forma de conseguir estabilidad consistía en que las principales fuerzas políticas se comprometieran a hacer concesiones y a llegar a acuerdos. De ese modo, se llegó a una solución aceptable para la inmensa mayoría.

Esta forma de oposición al franquismo, aunque parezca moderada, es en el fondo la más radical. Porque cambia fundamentalmente la manera de hacer política, no solo del franquismo, sino de toda la tradición anterior. Sustituye el enfrentamiento por la negociación. Que es, justamente, lo que constituye el núcleo de los sistemas democráticos. La democracia se basa en la voluntad de encontrar espacios medios de entendimiento para los problemas que confronta una sociedad. Ése es su ADN. Y de ahí su éxito. En las democracias, todo se pacta. En este sentido, puede decirse que, por primera vez en la historia, imitamos bien a nuestros modelos. Porque imitamos los procedimientos, no los resultados. No es casual que, por eso mismo, nos convirtiéramos en un modelo a seguir para muchos países.

Los únicos que no se involucraron en la Transición fueron los radicales de todo tipo, no porque nadie los excluyera, sino porque se negaban a hacer concesiones. Su hostilidad contra el sistema se manifestó muy pronto. Desde la extrema derecha, propiciaron el golpe de estado de Tejero. Desde el independentismo vasco, el terrorismo de ETA. Grupos radicales fueron también los que, hace ya más de una década, propusieron la necesidad de iniciar una Segunda Transición "democrática y plurinacional" que superara el horizonte de la primera.

La regla de oro de la democracia consiste en ser flexible con los que no piensan como yo, pero inflexible con los que violan las normas.

Lo preocupante de esta última ofensiva es que, a diferencia de las anteriores, consiguió dividir el campo constitucional, atrayendo a sus posiciones a la mayoría del nacionalismo catalán y a una buena parte de la izquierda no nacionalista. Contribuyeron a ello un uso tergiversado del concepto de democracia y una coyuntura de crisis muy propicia para calentar los ánimos (corrupción generalizada, paro creciente, desahucios masivos). En este contexto, impusieron la idea de que sus propuestas de cambio eran más radicales que las de la Transición. Y efectivamente lo eran (y lo son), pero solo en la superficie. En el qué, no en el cómo. Por eso mismo, enlazan con el espíritu de la España tradicional. Suponen, de hecho, un paso atrás, porque recuperan la polarización y el espíritu de confrontación como forma de resolver los conflictos. A diferencia de la actitud negociadora, que implica que todos deben hacer concesiones para obtener algo a cambio, esta deriva, cuando se impone, conlleva la necesidad de que haya vencedores y vencidos. No tiene nada de extraño que sus avances hayan provocado un preocupante aumento en la crispación social.

La forma más radical de antifranquismo es la que menos lo parece, porque no solo se opone a lo que hizo la dictadura, sino (y sobre todo) a su manera de hacerlo. Frente a la división del mundo en buenos y malos (donde los buenos son siempre los míos), ofrece una visión menos maniquea de la realidad en la que el otro es simplemente alguien que no piensa como yo. Alguien que, por el mero hecho de existir, tiene derecho a que se respete su espacio. Frente a la confrontación, propone la necesidad de dialogar, acercar posturas y llegar a acuerdos. Con una sola excepción. La regla de oro de la democracia consiste en ser flexible con los que no piensan como yo, pero inflexible con los que violan las normas. Sea por la causa que sea: por afán ilícito de lucro, por dejarse llevar por el nepotismo o la corrupción, por fanatismo en la defensa de sus ideas... Una democracia demuestra su fuerza defendiendo de manera firma las bases en que se sustenta. Esas bases, que han sido aprobadas por todos, pueden ser negociadas de nuevo, pero nadie puede comportarse como si no existieran.

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