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26/07/2020 12:15 CEST | Actualizado 26/07/2020 12:15 CEST

'Antígona', porque todos quieren la verdad... ¿verdad?

Siempre ha interesado la lucha individual contra el sistema, contra el poder y contra el mundo.

Jero Morales

El Festival de Teatro Clásico de Mérida ha comenzado con varios espectáculos. El primero su inauguración con la presencia de los Reyes de España y sus hijas en el que la platea se dividió entre el abucheo, los menos, y el aplauso, los más, según las crónicas. A ese, se añadió la bronca que hay cada noche por los asientos y las medidas de seguridad, pues no se puede sentar al personal tal y como salieron las entradas a la venta (aunque es cierto que solo sacaron el 50% del aforo) y los tienen que redistribuir al llegar. El tercero, el realmente importante, es la Antígona con la que David Gaitán ya triunfara en México y que aquí monta en una producción nueva con elenco español.

Puede parecer que la referencia al contexto nada tiene que ver. Sin embargo, no es el caso. Hay que recordar que este festival debido a la distancia de los grandes núcleos urbanos, su excentricidad en el mapa, sus malas comunicaciones, su grandísimo aforo y su corta temporada, necesita ser comercial y popular, sí o sí. Llamar la atención para ser rentable y que los poderes públicos, sometidos a la frugalidad, los recursos escasos y la necesidad social, puedan mantener la partida presupuestaria que el festival necesita. Y la empresa que lo gestiona siga invirtiendo para obtener rentabilidad. Algo en lo que la sociedad española de derechas y de izquierdas se entienden. Sí, en lo de ganar dinero con el teatro. Es algo que viene de largo, por eso, Cervantes las pasó como las pasó, mientras Shakespeare vivió como vivió.

En este contexto, se abre un festival raro, tras la aparición del covid-19 en nuestras vidas, con una obra que ya se sabe que gusta al público, aunque sin ningún nombre de relumbrón y en la versión de un autor desconocido en España. Es decir, sin una estrella, como tendrá, por ejemplo, Anfitrión, la comedia que se verá la semana que viene, protagonizada por Pepón Nieto. O Penélope, el drama con el que cierra el festival en agosto y que unirá en el escenario a dos estrellas televisivas como son Belén Rueda y María Galiana.

Seguramente, esta versión de la obra ha sido elegida por varios motivos. El primero es que su montaje original fue un bombazo en México, de acuerdo con la información que llega de allá. Segundo, es una obra muy querida por el festival donde se han visto muchas versiones y adaptaciones. Tercero, el tema que plantea es muy actual. Esa lucha que se produce siempre entre la ética, individual, y la moral, social.

La historia es sencilla. Antígona, hija de Edipo y princesa, entierra a su hermano Polinices incumpliendo el mandato del rey Creonte de no hacerlo. Prohibición impuesta porque Polinices es considerado un traidor al iniciar una revolución contra el statu quo de Tebas, la ciudad-estado en la que viven todos ellos. Esa acción la condena a ser lapidada, es decir, apedreada hasta morir.

Sí, uno podría preguntarse cómo una historia tan simple ha dado para tanto. Pero es que siempre ha interesado la lucha individual contra el sistema, contra el poder y contra el mundo. Más, cuando se habla de que cada uno pueda enterrar a sus muertos dignamente. Despedirse de ellos y quedarse en paz. Curiosamente, algo que la pandemia de covid-19 le ha escamoteado y les está escamoteando a muchas personas globalmente. O las dificultades para la aplicación efectiva de la ley de memoria histórica impiden que se haga con muchos muertos de la Guerra Civil española, todavía ahora.

En este montaje los espectadores, a los que se les asigna el rol de ciudadanos de Tebas, asisten a un juicio sumarísimo a Antígona. Donde el rey Creonte es juez y parte. El fiscal una llamada Sabiduría. Y los abogados defensores la hermana de Antígona, Ismene, y el novio de aquella, Hemón. Alrededor de todos ellos un personaje anonimizado por una careta, el guardaespaldas real, que, como servidor, ve, escucha y calla. Ni si quiera se expresa, cumple su función y punto. Aunque también tiene su vida y su opinión, como se verá en una de las escenas más hermosas del montaje. La escena del hombre corriente que se reconoce en su prole, en sus hijos, consciente de que no le pertenecen, pero son suyos.

Todos ellos trabajados como arquetipos a los que se aplican con eficiencia cada uno de los actores. Sin embargo, no todos son capaces de dotarlos de humanidad. Esa humanidad que le da Elías González a su guardaespaldas en su monólogo. La que le da Clara Sanchis a Sabiduría, mostrando que es ese tipo de actriz que como el vino en las bodegas va ganando a medida que acumula años en la escena y poco a poco la van convirtiendo en una buena baza para cualquier obra. Pero, sobre todo, Fernando Cayo. A parte de otras virtudes, esta Antígona merece verse por este actor. Su energía. Su capacidad para ser rey. Ya sea vestido de gala, con un traje poco favorecedor, como en calzoncillos y descalzo, y se pasa de esta guisa una gran parte de la obra.

Y, es que Fernando Cayo es capaz de ser el payaso que se ve en Donald Trump o en Boris Jonhson, por poner dos ejemplos mundialmente conocidos, a la vez que es capaz de hacer entender que tras estos personajes no hay locos, aunque lo parezca. Sino una inteligencia y un conocimiento muy humano de los afectos y sus efectos. Ese que sabe que los ciudadanos quieren la verdad, ¿verdad? Que no quieren ser engañados, que no están dispuestos a creerse las fake news, excepto si se las dice su periódico, su telediario, su partido o su influencer de cabecera en las redes sociales.

El registro elegido no le quita su complejidad. No. Lo que hace es beneficiar el debate público, que es la función principal del teatro.

Puede que este montaje se rechace por su simplicidad, más aparente que real. Es cierto que no es redondo, que hay escenas, como la imagen final, que se pueden considerar forzadas. Y otras complacientes con un público más joven, como la escena del rap. Hay que tener en cuenta que su objetivo de ser entendido hace que se recurra muchas veces a un lenguaje coloquial y actual, y al humor. El que le chirriará al público de siempre, el que ocupa el teatro como si le perteneciese. Un público que va buscando un drama de cejas altas que, al no encontrarlo, es más, al ser accesible, puede sentirse defraudado porque permite entrar a cualquiera.

Sin embargo, el registro elegido no le quita su complejidad. No. Lo que hace es beneficiar el debate público, que es la función principal del teatro. Es decir, fomentar el debate político, no el debate artístico o técnico, aspectos profesionales en los que se pierden muchas veces la crítica y las audiencias, sobre todo si el montaje tiene poco o nada que decir. Un debate que esta obra plantea con una claridad meridiana, con una verdadera vocación democrática, para discutir lo que nos pasa con lo que pasa. Y la convierten en una buena obra de formación, ya no para un rey, que debería llegar a su puesto suficientemente preparado, sino para una princesa.

Porque los clásicos, no hablan de nosotros, sino que nos ayudan a pensar en nosotros, como recientemente apuntaba Mary Beard, la académica inglesa experta en clásicos y premio Princesa de Asturias, en El País. Eso lo ha entendido muy bien David Gaitán, lo que le permite actualizar el texto, el conflicto y a los personajes, sin complejos. Consciente de que él no es Sófocles, pero es que no pretende serlo. Su urgencia, su necesidad, es señalar que el rey no está desnudo. El rey, como dice el corrido mexicano, sigue siendo el rey, el soberano. Un soberano que en las democracias a la occidental, es el pueblo mismo, sus ciudadanos. Los que tienen el crédito que le da el uso de la palabra y la posibilidad de actuar, de accionar.