'Antoine', el musical sobre un pequeño príncipe de las letras

Lo que hace de esta obra un buen producto teatral es la humildad con la que está hecho este montaje.
Escena de 'Antoine'. 
Escena de 'Antoine'. 

Llega a la cartelera madrileña Antoine, una extraña adaptación de El principito de Antoine de Saint-Exupéry. Extraña porque no es una adaptación al uso, sino la lectura del libro como hilo conductor de la biografía de su autor. Un activo hombre de letras del siglo XX a la antigua usanza, en el sentido de que era un piloto que escribía y publicaba con éxito. Por eso, los grandes hitos, lugares y movimientos del siglo XX no le fueron indiferentes, sino que formaron parte de su biografía. Una vida novelesca que proporciona todo el material que un musical necesita, como este que ha escrito y dirigido Ignasi Vidal y al que le ha puesto música Elefantes.

Un musical que destaca por que tiene una interesante historia que contar. La de una persona comprometida con su tiempo. Una persona que identificó los riesgos del fascismo y el comunismo, en los que no encajaba su humanismo. Una persona que amaba vivir y amaba contar ese amor.

La historia de una persona inquieta con sus contradicciones que seguía a la vida allí donde se producía. Por eso como en los buenos best-sellers, esta obra transcurre en Nueva York, Buenos Aires, Casablanca, París y los desiertos del Sahara. Lugares en los que se enamora, lucha por la libertad, trabaja como piloto de correo aéreo, pero, sobre todo, reflexiona y escribe sobre lo que pasaba y lo que a él le pasaba.

Un autor que se dio cuenta que lo que había perdido en todo ese proceso de hacerse adulto era al niño que fue. Niño al que le escribió una larga carta llamada Le petit Prince, El pequeño príncipe. Título que en España se infantilizó más allá de lo debido titulándolo El principito. Un libro corto, de poco texto y dibujo infantil, pues los hizo su autor que no era un gran dibujante, que situó el libro para siempre en la literatura para niños, aunque lo que esconde son mensajes para adultos, dichos con la naturalidad y sencillez con la que los niños dicen y contradicen las verdades de sus mayores.

Con todo este rico material y con humildad se presenta en el Teatro Edp Gran Vía, después de la gira que ha tenido por España, un musical que combina El principito con la biografía del autor. Donde las claves del género se mantienen. Una buena historia. Unos personajes que arrastran al personal. Unas buenas canciones que funcionan y que la gente sale tarareando. Música y canciones que se acercan más al gusto contemporáneo, a los grupos indies o independientes. Un pop amable que se aprecia porque las canta el propio autor, Shuarma, quien interpreta al principito con credibilidad, tanto que no importa que lleve barba, y que pasea los trajes imposibles del personaje y dice sus frases extrañas con naturalidad, con el oficio de un gran actor.

Le acompaña en escena Javier Navares como Saint-Exupéry. Una muy buena elección para interpretar a ese fenómeno de la naturaleza humana que, según este musical, fue el autor de El principito. Capaz de dar los matices necesarios para tan contradictoria persona y arrastrar el vendaval que debía ser. De la que no se omiten sus oscuridades, que tanto la obra como el actor muestran con claridad.

Lo que hace de esta obra un buen producto teatral es la humildad con la que está hecho este montaje. La que invita a que meterse una tarde cualquiera a disfrutar. Sin más. Todo está jugado desde el punto de la eficiencia escénica. Lo que se pone ya sean unos diálogos, unas canciones, los elementos escenográficos, tienen poco de decoración, de artificial. Es un artificio necesario para que suceda en escena lo que se quiere que suceda y llegue al espectador por los sentidos.

Desde esos dos asientos de avión que hay en una esquina, que permiten mostrar un accidente de avión hasta una típica escena de ligoteo, simpática, graciosa, como de cine clásico, que antecede a una buena historia de amor de película. Desde la esquina arenosa en la que una actriz se mueve, baila y habla como una serpiente. O el trabajo con el vestuario. Adecuado para los que se usan en la época del protagonista de la obra, y recogiendo muy bien el color, el espíritu y el posible movimiento de los de los personajes del libro de El Principito. O el adecuado uso de marionetas en la escena del zorro.

Escena de 'Antoine'. 
Escena de 'Antoine'. 

Aunque lo que destaca en este montaje es una gran esfera, que representa al planeta de El principito, sobre un fondo de un cielo nocturno. Una esfera por la que distintas plataformas bajan y suben a algunos personajes del libro, usado cuando existe una necesidad para hacerlo, sin abusar. Porque lo importante es lo que se cuenta, no el aparato ni la tramoya.

Con todos estos elementos, Ignasi Vidal, como autor y director, y Shuarma, como libretista y compositor, se montan todo un espectáculo. Un espectáculo que va dirigido al niño que todo adulto despidió o dejó atrás un día. Serán estos adultos quienes más disfrutarán con la obra. Los que posiblemente llegarán porque el libro les marcó más en su adolescencia, una adolescencia que su memoria identificará con su infancia, y que este montaje les permitirá releer y cantar, recuperar la mirada de aquel tiempo. Y con ella una poesía que poco tiene que ver con la ñoñería o la niñería. Sino con la contradictoria vida en la que se ama a una única flor entre millones y millones de estrellas, lo que es suficiente para hacernos sonreír.