Aparentando que es gerundio…

Churchill, Ulises, los hidalgos españoles y los 'snobes' son algunos de los maestros en el difícil arte de aparentar.
Ulises y su perro.
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Ulises y su perro.

En el arte de aparentar Winston Churchill fue un político versado. Es sabido que durante la Segunda Guerra Mundial los ingleses engañaron a los nazis simulando tener tanques y falsos cañones —lo que podríamos llamar trampantojos de guerra— con el objetivo de hacerles creer que los recursos eran mucho mayores de lo que en realidad eran.

No es por quitarle mérito al primer ministro inglés, ni mucho menos, pero aparentar es muy nuestro, muy de los mediterráneos. Vayamos a casos concretos que es donde está el demonio.

Es sabido que para que los jamones se aireen y se conserven adecuadamente se deben ubicar en secaderos y bodegas, allí tendrá lugar un proceso de maduración o “sudado de las piezas”, en el que se produce una fusión uniforme de la grasa infiltrada en el músculo.

Una costumbre muy arraigada en nuestro país, tanto que se remonta hasta el siglo X, es colgar los jamones en bares y tiendas, de forma que estén bien visibles a los ojos de la clientela. Estamos cansados de verlos. Alguno pensaría que lo hacen para presumir, sin embargo, en sus orígenes con este gesto los propietarios del establecimiento manifestaban que allí se comía cerdo y que el que regentaba aquel lugar era un cristiano viejo y no un judío. La cuestión era, sencillamente, aparentar…

De los hidalgos a los snob

Si echamos la vista atrás y nos vamos a la España de los siglos XVI y XVII, allí tuvo lugar uno de los fenotipos más característicos de nuestra historia moderna, la figura del hidalgo. Un vocablo que tiene, de entrada, unos orígenes un tanto confusos y que se reservaba para la nobleza castellana de rango inferior que carecía de derechos jurisdiccionales y que, además, tenía poca relevancia social.

Se podría decir que los hidalgos eran unos “nobles de fantasía” que se esforzaban en mantenerse dentro del estamento de la nobleza y aparentar continuamente los privilegios económicos o patrimoniales que no tenían.

Nuestro Diccionario de la Lengua Española recoge que una persona es un “esnob” cuando imita con afectación las maneras o las opiniones de aquellos a los que considera distinguidos, es decir, que quiere aparentar ser como ellos.

Aunque no todos los estudiosos están de acuerdo con esta teoría, el filósofo Ortega y Gasset explicó en cierta ocasión que snob es un anglicismo que procede, a su vez, de la contracción latina sine nobilitate, debido a que en Inglaterra las listas de vecinos indicaban junto a cada nombre el oficio y el rango de la persona. En aquellos casos que eran simplemente burgueses aparecía la abreviatura s. nob., esto es, sin nobleza. Con el paso del tiempo aquella contracción acabaría originando la palabra que todos conocemos.

También en la antigua Grecia

El símbolo por antonomasia del teatro son dos máscaras, las de la tragedia y la de la comedia, cuyo origen se remonta al siglo VI a. C. En un primer momento las máscaras fueron fabricadas en madera, arcilla, cuero, corcho o tela y solían estar decoradas con pelo humano o animal.

Fueron diseñadas para cubrir la cabeza del actor, dejando apenas pasar unos pequeños haces de luz a través de unos agujeros perforados a la altura de los ojos. Su papel esencial era ocultar el género, enmascarar a los actores masculinos, ya que las mujeres tenían prohibido en aquella época subirse a los escenarios. De esta forma, con las máscaras los actores “aparentaban” lo que no eran.

Esto está muy bien, pero muy posiblemente la mejor representación de aparentar lo que no se es en la cultura helénica se la debamos a Ulises, el rey de Ítaca. La leyenda nos cuenta que se acababa de casar con la bella Penélope cuando fue requerido para formar parte del ejército aqueo que se embarcaría en la guerra de Troya.

Para no acudir al reclamo no se le ocurrió mejor cosa que aparentar estar loco, tenía que convencer a sus compañeros de armas de que estaba incapacitado para la guerra. Por ese motivo, se dedicó a labrar la arena de la orilla del mar con dos animales de diferente especie y a sembrar los surcos con sal.

Un buen intento. Sin embargo, Palamedes descubrió el engaño poniendo en el surco al hijo de Ulises —al pequeño Telémaco— ya que cuando el de Ítaca llegó a su altura levantó el arado para no herirle. Y es que aparentar lo que no se es, a veces, es tarea complicada.