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23/08/2021 07:11 CEST | Actualizado 23/08/2021 07:11 CEST

Aquel era yo

No podemos olvidarnos de seguir montando, entre todas y todos, el puzle de la diversidad

EFE
Día del Orgullo LGTBI 2020.

Los rayos del sol de agosto calientan el interior del viejo Citroën de mis padres. A lo lejos se advierte el viento del norte que baja serpenteando las montañas, empujando con suavidad las espigas de los campos de trigo que bailotean su grano como saludándonos al llegar. Tiro de manivela, bajo levemente la torpe ventanilla del coche y saco las yemas de los dedos, evaluando los daños del frío que se avecina. Mientras, inhalo el imperceptible olor a galletas del aire. Cojo una bocanada más fuerte antes de cerrar la ventanilla y repito para mí, como un mantra, que no pasa nada, que han pasado muchos años, que ya nada es igual y que el pueblo también ha cambiado. Lo repito. No me lo creo. Nunca me lo creo porque, no es verdad.

Esta vez vuelvo más tocado: el asesinato de Samuel Luiz al grito de maricón en A Coruña, el incremento de las agresiones LGTBIfóbicas, la ultraderecha que no cesa y que durante los últimos meses en terapia he analizado mucho los daños de mi adolescencia en el pueblo. Una adolescencia que no fue fácil, tampoco creo que difícil, pero fácil seguro que no. 

El coche se detiene y, a partir de ahora, un terreno que debiera serme familiar se me hace un campo de minas. La plaza, los bancos, el hijo de la no sé quién, el hermano de no sé qué otro, el compañero cabrón de clase y los millones de veces que en cada adoquín me llamaron maricón a gritos o con voz leve -no importan los decibelios, duele lo mismo-. 

Algo que, en cualquier otro lugar, a día de hoy, me es indiferente y que aquí me sigue afectando sobremanera. No puedo evitar verme con 15 o 17 años, buscando rutas alternativas para llegar a casa o agachando la cabeza. No puedo evitar pensar erróneamente que aquel chaval no era yo. No puedo evitar sentir que en eso hay complicidad de los otros e incluso mía que, durante años traté de encajar en un puzle que aparentemente no era el mío. 

El resto de los días de vacaciones los paso ausente: subiendo al monte con el perro, contemplando a mi madre en su quehacer diario o acostado sobre el regazo de mi hermana. El resto de los días de vacaciones me invade una inusitada tristeza, emborrachada de empatía con los míos y las mías. Vamos, con esos que yo considero como tal. Esas bolleras, esos maricones y trans que han tenido que crecer en campos de minas y, pienso en los que están medrando ahora en las áreas rurales y me pregunto si lo rural nos sigue siendo hostil a los LGTBI y, aunque durante muchos momentos me he intentado convencer de que no. La respuesta es sí. 

Por supuesto que sí. De hecho, me aterroriza cómo muchos adolescentes juegan a su antojo con palabras como marimacho, travelo, o maricón. Porque, jugar con ellas es jugar con un cuchillo, afilado por la prehistórica piedra de sílex del heteropatriarcado.

Cuántas estarán intentando encajar sin éxito, sentirán el dolor de una mirada compadeciéndose, de una broma en una clase o del aislamiento social en cualquier actividad escolar. Cuántos habrán adoptado el rol del bufón. Cuántas y cuántos mirarán el calendario esperando que pasen los días, los meses y los años para poder volar a un entorno urbano que, aunque no del todo amable, sea menos espinado. Cuántos y cuántas olvidados por el glitter de la ciudad también en esto.

Y aún sigo aquí, instalado en esa tristeza inusitada que ha venido a arañar mi verano para recordarme que mi activismo para con los míos no terminó el día que me mudé a Madrid, donde todo es un poco más fácil, sino que, como maricón rural en la diáspora tengo que seguir siendo punta de lanza para exigir y, sobre todo, para hacer pedagogía, aunque de esto último ya esté un poco cansado.

El medio rural agoniza porque, cada vez más, carece de servicios públicos, pero más va a agonizar si en él gais, lesbianas, transexuales, bisexuales e intersexuales intentan encajar en un puzle que no siente suyo. Necesitamos que nuestros terruños sean abrazo y no arañazo.

Si la LGTBIfobia es un asunto de Estado, que lo es. No podemos olvidarnos de seguir montando, entre todas y todos, el puzle de la diversidad cuyas piezas se han de encolar con leyes autonómicas LGTBI, con la implicación de todas las consejerías de Educación y con políticas públicas... Un puzle en el que encajemos todas y todos. Sin excepción.

DE EXPERTO A EXPERTO