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16/04/2021 07:15 CEST | Actualizado 16/04/2021 07:15 CEST

Aunque es de noche

Un paseo por la oscuridad y el frío en la Cañada Real.

Carlos Alejándrez "Otto"
Aunque es de noche.

Mi prima Carmen, peluquera, pone su oficio al servicio de quienes transitan en el despeñadero de la Cañada Real. En un centro social, y de forma voluntaria, les devuelve algo de humanidad y cariño con agua, champú y tijeras.

Algunos vienen por el café y las galletas que repartimos. El que te digo, que vivía en una de esas tiendas de campaña, casi ataúdes, con su soledad y su jeringuilla, era muy religioso y digo “era” porque suelen tener buen ojo para ver su final, me confesó que había sido incapaz de mantenerse en pie durante el culto y que ya estaba en puertas.

—No tientes a la suerte, dije para animarlo.

—¿La suerte? —me espetó mostrándome sus brazos esqueléticos en los que se había cebado durante años un enjambre de avispas.

Cuando terminé el arreglo, lo había dejado níquel, le mostré su imagen y él, como Alicia, entró en el espejo extasiado.

—¿A qué no te reconoces?

Tras una pausa, musitó:

—¿Me reconocerá Dios?

Con Carmen caminé, hace apenas una semana, por el sector seis, del que solo se habla cuando la policía asalta los fortines de los traficantes o cuando Naturgy —¡qué gran nombre para un yogur desnatado!— deja a sus habitantes sin luz ni calor en el invierno más duro de las últimas décadas.

—¿A qué te dedicas?

—Recojo fierro con una carretilla, y así vamos tirando. Con eso se come.

Mientras en la escombrera donde hablaba con Ismael, residuos de la última casa derribada que no retiran para que nadie vuelva a construir y para que forniquen las ratas de Tiempo de silencio, su criatura improvisaba un dolmen con cascotes. La presencia de Carmen a mi lado les hacía confiar. Pregunté al pequeño si hacía una casita como la suya, y fue al padre quien respondió, herido en su orgullo:

—La nuestra es más grande, 15 metros.

La bellísima Dinara, a tono con su etimología (afortunada), a sus 20 ramadanes vive ese momento irrepetible en que la carne fulge.

—Vine —me confesó— en busca del sueño europeo, para descubrir que aquí tengo que llevar el velo que en Tánger solo me ponía en las ceremonias.

Aquí tengo que llevar el velo que en Tánger solo me ponía en las ceremoniasDinara

Admiré para siempre a aquella mujer capaz de mantener una mirada limpia y valiente, a pesar de haber encontrado la pobreza y la opresión de las que creía escapar.

Presidiendo el sector seis, una parroquia sólida, cuyo incansable párroco, barbado, se desvive por los problemas de su entorno.

Un cura con los pies en la tierra que, cuando hace falta (es decir, siempre), mueve Roma con Santiago para conseguir lo que es de justicia. Más que la salvación de las almas, le preocupa la dignidad de los cuerpos, y se mantiene batallador y ajeno a la creciente competencia: la modestísima casa del culto, una angosta nave hecha con remiendos de contrachapado y la no menos humilde mezquita, con sendas escaleras para alcanzar el paraíso por puertas distintas, una para mujeres y otra para hombres. Me vino  a la cabeza el viejo aforismo árabe: “La vida es el filo de una navaja; a la izquierda está el infierno; a la derecha, el infierno”.

Me cuesta entender que alguien que vive aquí crea que debe pedir perdón a Dios; debería pedirle cuentas.

Por mediación de Carmen conocí a un viejo gitano, seco como los ríos extremeños de donde procedía, inmortal y escéptico. ”¿Cómo? ¿Qué le han dicho que nos van a instalar paneles solares? Eso es un tongo. Dicen pero no hacen”. Y, sin embargo, sobre los tejados de uralita yo vi los espejos en los que se reflejaba la esperanza.

Este barrio se surte del agua que unos camiones vuelcan en depósitos

Este barrio se surte del agua que unos camiones vuelcan en depósitos. El anciano se ofendió cuando le pregunté si bebían de esa agua.

—Nosotros comemos con Freeway. Comer con agua es de pobres.

Se desmonteró al despedirse (yo hice lo propio):

—Adiós y mucha salud. Que lo demás se compra.

En los márgenes de la única y sinuosa calle, coches desvencijados, quemados como los restos de una batalla, y, sorteando los baches, niños sin riendas cabalgando sus quads para dejarte aturdido de barro, salpicado de ruido.

Cuando las bajísimas tasas de natalidad nos alertan de un futuro yermo, la Cañada es una ciudad de niños que detienen con sus risas el atardecer del domingo.

La Cañada es una ciudad de niños que detienen con sus risas el atardecer del domingo

Sin luz desde octubre, sin agua desde siempre, sin alcantarillado, sin transporte público, sin… No es poca suerte que, aunque sea esquivando los charcos o caminando como etíopes hasta alcanzar los autobuses escolares, la colmena de chavales pueda al fin acceder a la luz de la ilustración en los colegios de las poblaciones cercanas.

En la Cañada, hoy, los no escolarizados son una minoría marginal —todo allí es marginal—. Bien es cierto que el fracaso escolar es muy elevado.

Al llegar a clase, el olor de las velas con que se alumbran les ha otorgado el note de “ahumados”. Y no me es difícil imaginar al infeliz más preocupado por si su hogar seguirá en pie que de las explicaciones del maestro.

Tras la precaria cena —las latas son recurso habitual—, la nevera vacía, los grifos amputados, las velas extinguidas, la tele de luto y el niño ovillado, rumiando sus deberes entre caritativas mantas mientras el viento gime y arañan su puerta los dedos del invierno.

Premonitoriamente, la ONG pionera que intervino en la Cañada se llamaba Fanal. Este fue, junto con la risa inconsciente de los pequeños, el primer destello en este agujero del que tantas veces no hemos querido saber nada.

Hoy son muchas las organizaciones que, sumadas a los abnegados voluntarios, luchan contra el olvido y las carencias. Aunque, a pesar de todos los intentos, en la Cañada es de noche a cualquier hora.

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