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08/08/2021 10:09 CEST | Actualizado 08/08/2021 10:09 CEST

Aznar y mi sistema inmunitario

Si un medio de transporte como el automóvil se hubiera inventado hoy en día, no se permitiría su uso dado su alto nivel de siniestrabilidad.

Europa Press News via Getty Images
José María Aznar

Tu libertad termina donde comienza el sistema inmunitario de los demás. La pandemia nos obliga a reescribir viejos refranes y a recordar algunas obviedades que parecen olvidadas porque sólo se aplican a situaciones extremas que no estamos acostumbrados a vivir. Nadie está defendiendo que se vuelva obligatorio usar crema solar antes de tumbarse en la playa; exponerse al sol sin protección no incrementa el riesgo de melanomas en los demás bañistas. Tampoco defiende nadie que sea delito fumar en soledad. Por el contrario, todos entendemos que es necesario prohibir ciertas velocidades en según qué carreteras. No puede consentirse de ninguna manera fumar en espacios cerrados en donde se encuentran más personas.

El mundo ha cambiado de forma vertiginosa en pocas décadas. Si un medio de transporte como el automóvil se hubiera inventado hoy en día, no se permitiría su uso dado su alto nivel de siniestrabilidad. Y si la pandemia hubiera aparecido en la época en la que apareció el automóvil, se hubiera vacunado —¡de haber contado entonces con vacunas, claro!— a toda la población sin que a nadie se le ocurriera la posibilidad de tener en cuenta la voluntad individual de cada ciudadano. La aparente contradicción entre ambos casos actuales —la supuesta prohibición del automóvil y la segura voluntariedad de la vacunación— sólo se entiende en relación con un Estado que intenta ser a la vez hiperprotector de los individuos e hipersumiso ante ellos.

Pero ante una pandemia producida por una enfermedad infecciosa, ambas cosas son incompatibles. Someterse a las voluntades de ciertos individuos implica desproteger la salud de otros, y la protección de la salud de éstos pasa necesariamente por doblegar a aquéllos que reivindican vivir en un mundo con hospitales, carreteras y policía por su cara bonita. La libertad individual no es un derecho natural —¿qué puñetas es un derecho natural?—, previo a la sociedad, sino un derecho —es decir, un derecho político— que brota del Estado, y que necesariamente deberá modularse en función de las circunstancias que éste atraviese. Las cosas se han puesto duras, hay que elegir y nadie puede dudar cuál ha de ser el orden de prioridades.

No existe la “libertad”, sino la “libertad para”. Y la libertad para ser un vehículo contagiador de un virus pandémico simplemente no puede ser un derecho en ningún ordenamiento jurídico que intente ir un poco más allá del salvaje Oeste. Salvo en el caso de anacoretas subidos a una columna, científicos del CSIC que desarrollen en solitario proyectos de investigación en la Antártida y fareros, la vacunación ha de ser obligatoria para todo ciudadano al que no se lo haya desaconsejado un médico. Hasta el mismo José María Aznar añadió la coletilla “…mientras no ponga en riesgo a nadie” al término de su bochornoso ataque a la DGT por no permitirle beber libremente antes de ponerse al volante. ¿Conocerá el exlíder del PP alguna forma de no vacunarse sin poner en riesgo a nadie?