INTERNACIONAL
15/03/2021 09:15 CET

Bachar al Assad, en su eterno trono sobre una Siria en ruinas

Empezó prometiendo apertura y ha acabado siendo más sanguinario que su padre. En 10 años de guerra, ha llegado a estar contra las cuerdas, pero hoy recupera las riendas.

HASSAN AMMAR / AFP a través de Getty Images
El presidente sirio Bachar al Assad.

Siria lleva diez años en guerra. El país está en ruinas. Su economía tiembla por lo destrozado, por lo gastado en armamento y por las sanciones internacionales. La población está dividida y agotada (o muerta o exiliada o encarcelada). Sobre todos esos ripios levanta aún hoy su trono Bachar al Assad, el presidente, aquel mandatario que traía promesas de democracia y que ha sido, a la postre, más duro que su padre. Es un rey que no puede llamarse vencedor aún ni tiene muchos motivos para sentirse satisfecho, pero al menos aún tiene el cetro en sus manos, pegajosas de sangre. 

Al Assad (Damasco, 11 de septiembre de 1965) no estaba llamado a gobernar ningún país ni a comandar una contienda. Es el segundo hijo de Hafez al Assad, que dio un golpe de Estado en 1970 y se hizo con el poder, así que la corona, dentro de la sucesión dinástica que ideó su padre, era para el primogénito, Basel. Sin embargo, un mortal accidente de tráfico en 1994 le arrebató a su hermano y le cambió la vida. Estaba en Londres haciendo unas prácticas de oftalmología, el oficio que había elegido, y tuvo que regresar a Siria, pasar por acelerados ascensos militares y en el seno del Partido Baaz y, al fin, en 2000, asumir la presidencia. 

Al principio, los países amigos (como España) aplaudían su “talante conciliador”, su buena mano para “mediar con otras naciones”, su “diplomacia”, su “reformismo”. Venía a perpetuar un régimen, sin libertades, sin democracia, donde se perseguía al disidente y que arrastraba en su memoria duras represiones, como los 10.000 asesinados por su padre en Hama en 1982 que aseguraron tres décadas de mandato del miedo. 

Un espejismo

Assad hijo dio algunos pasos para avalar esa estampa: unos cuantos indultos, una remodelación ministerial con leales y familiares más moderados que la corte paterna, la promesa de cambios políticos y económicos (la llamada Primavera de Damasco), la introducción de Internet... Hasta su boda con Asma Akhras, una elegante economista siria criada en Reino Unido y con la que tiene dos hijos, parecía ir en esa dirección del cambio. 

Poco duró el espejismo. No había pasado un año y el régimen ya volvía a su costumbre de detener a los activistas prodemocracia y de aplicar censura en los medios, también online. Aún había grupos, jóvenes, de esos con los que había empezado a contactar, que confiaban en que fuera sólo un freno temporal, pero no, Assad no volvía a la senda de la libertad ni lo haría en adelante. ¿Porque no lo dejaba la vieja guardia de Hafez o por voluntad propia? Nunca estuvo claro. 

Sus buenas relaciones internacionales se resintieron ligeramente, pero aún no se cortaron. Siguió siendo cercado de Occidente, siguió saliendo en las revistas con “la rosa del desierto”, como llamaban a su elegante esposa. La separación con esos socios llegó en marzo de 2011, con el inicio de la rebelión popular en Siria contra su régimen. La Primavera Árabe le había alcanzado.

SANA/Handout via REUTERS
Al Assad y su esposa Asma, plantando árboles en Draykish el pasado 30 de diciembre.

Mano de hierro

Sacó entonces el puño de hierro, sin misericordia, y comenzó a encarcelar y matar a los participantes en las protestas, civiles desarmados que pedían lo básico: libertades, derechos, democracia. Hubo un momento, en esa primavera, en que envió a sus portavoces a decir que iba a hacer anuncios que “agradarían al pueblo sirio”, por lo que se especuló con su dimisión (nada de eso: hoy es el único gobernante que se ha mantenido en el poder después de las revueltas árabes de hace 10 años) o al menos con medidas que liberalizaran al régimen.

Lo que hizo fue enfadarse más aún con las milicias críticas que empezaron a armarse, acusarlas de “terroristas” y mandar contra ellas y contra los manifestantes, con toda su rabia, a los 321.000 efectivos del Ejército que comandaba su hermano pequeño, Maher, y a los 100.000 más de las milicias baazistas.

“Hitler era un poco mejor que Assad”, afirmaba gráficamente el escritor exiliado Mustafa Khalifa en una entrevista con El HuffPost. “Cuando empezó la revolución, el régimen se volvió más sanguinario y, por tanto, matar al ser humano se convierte en un objetivo. Con Hafez al Assad no pasaba nada si mataban a alguien en la cárcel, pero ese no era el objetivo. En cambio, en el caso de Bachar al Assad, desde el inicio de la revolución quedó claro que el objetivo era matar a las personas dentro o fuera de la cárcel”, sostenía.

La revuelta se convirtió en guerra civil por las actuaciones de las fuerzas de Assad y la llegada de entrenamiento y medios a grupos opositores como el Ejército Libre de Siria o derivadas yihadistas como Al Nusra y el Estado Islámico. Son los años en los que los medios no dejábamos de mostrar la destrucción de los alrededores de Damasco, la capital, o Alepo, corazón económico, arrasados por los bombardeos del régimen. 

En 2016, la guerra tuvo un punto de inflexión claro precisamente con la toma de Alepo por parte de las tropas leales a Assad. Desde entonces, para los rebeldes fue imposible levantar cabeza. Atomizados, con menos ayuda internacional por miedo a acabar alimentando a los islamistas, quedaron bloqueados en feudos que siguieron siendo atacados sin descanso. Zonas sin conexión, sin capacidad para sumar fuerzas y, por tanto, para hacer que de nuevo el presidente temiera por su poder.  

Assad, el “carnicero” como lo llaman sus críticos, se ha escapado hasta del derecho internacional pues, en su todo vale, llevó a cabo numerosos ataques con armas químicas contra civiles desarmados, comprobados por la Organización para la Prohibición de Armas Químicas. Gas sarín, cloro, agentes nerviosos... Sin castigo. 

En ese tiempo es igualmente esencial para Assad la implicación total en la guerra de su mayor aliado junto a Irán, Rusia, que con su fuerza aérea dio la puntilla a los contestatarios. Pero, claro, toda ayuda pide luego una contrapartida, y esas servidumbres ahora las paga: el mandatario ha perdido con los años de guerra su independencia y su capacidad de actuación en todo su territorio, ahora está a expensas de los intereses de Moscú (defensivos y económicos) y de Teherán (que se mueve por allá a su gusto en colaboración con Hezbolá).

Sputnik/Alexei Druzhinin/Kremlin via REUTERS
Vladimir Putin y Bachar al Assad, en la Catedral Ortodoxa de Damasco, en enero de 2020.

Sobrevive

Assad era, al inicio de la guerra, el hombre a batir, el mayor obstáculo, la línea roja. Era incansable la entonces secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, diciendo que con él, ni a la vuelta de la esquina. “Hay que acelerar el fin del baño de sangre y del régimen de Al Assad”, reclamaba. Sin embargo, pasados los peores años de oposición armada -llegó a controlar apenas una sexta parte del país-, con las tímidas y fracasadas negociaciones de paz impulsadas en Ginebra o Estambul, ya nadie nombra su marcha. Sobrevive. 

¿Pero al mando de qué? Siria está destruida y fracturada. Un tercio de los ciudadanos viven en áreas controladas por Assad, Irán y Rusia; otro tercio, dividido entre áreas controladas por los kurdos y Turquía, y otro tercio más son refugiados, 6,7 millones desplazados internos y otros tantos, exiliados en el exterior. En un país que ha tenido que enterrar a medio millón de personas en estos 10 años, aunque es imposible dar el número exacto de víctimas, como ocurre con los detenidos y muertos en prisión, decenas de miles.  

Actualmente, sólo queda una bolsa importante de resistencia en la provincia de Idlib, controlada por una coalición de milicias islamistas con permiso de Turquía. También se escapa a su control la región de Rojava, en el noreste, administrada por una coalición de partidos y milicias kurdos y donde Estados Unidos posee una decena de pequeñas bases militares. Nada más.

Siria se enfrenta a una de las peores crisis económicas, que le obligó a devaluar su moneda local en un 44% y tiene a 12 millones de personas pasando hambre. Los precios se duplicaron en el último año y hace poco la libra siria alcanzó su valor más bajo frente al dólar en el mercado negro, lo que disparó el precio de las importaciones. Sin contar con el efecto del coronavirus, claro, del que se ha infectado hasta la pareja presidencial. 

Además, pesan las últimas sanciones internacionales, como la Ley César estadounidense, que de nuevo tiene como objetivo a Assad y, por primera vez, a su mujer Asma, que siempre ha estado junto a él, haciendo propaganda del régimen en estos años, ahora algo más discreta porque se está recuperando de un cáncer.

El presidente ya ha sobrevivido a esas sanciones antes, por lo que tampoco se espera que eso le haga caer, por más que lo debilite o lo haga aún más violento. El dragón herido. Por ejemplo, ya ha enseñado su rostro violento, inmutable, ante unas protestas que surgieron el pasado junio en Al Sueida, en el sur, y que recuerdan por qué empezaron los levantamientos, que el problema de la asfixia persiste y que la división no se ha resuelto a base de bombas.

El dictador violento que sepultó para siempre al médico tranquilo tiene hoy el país horadado y las arcas vacías. Necesita que vuelva a haber inversores internacionales, que se reactive la industria destrozada, que se recuperen los lazos diplomáticos, que regrese el turismo un siglo de estos. Pero es imposible aún, con una guerra sin cerrar y un mundo que no ha logrado echarlo del poder pero que tampoco olvida lo que ha hecho (y lo que le han dejado hacer desde las instituciones internacionales). 

Assad manda, sobre la miseria y el dolor, pero a saber cuánto tiempo puede aguantar así. 

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