Ucrania: tres meses de una guerra que está cambiando el mundo y en la que no hay vencedores

Rusia ejerce el control militar sobre una quinta parte del país invadido, en el este, pero la contienda que creía rápida se ha enquistado y pierde a chorros soldados y dinero.

Hace hoy tres meses, Vladimir Putin ordenó una “operación especial” para invadir Ucrania y conseguir, en teoría, defenestrar al Gobierno “nazi” de Volodimir Zelenski, impedir un ataque inminente de Kiev y la OTAN contra el Donbás y alejar al país vecino de la Alianza Atlántica, por amenazar su propia seguridad. Hace tres meses, el presidente ruso dio comienzo, en realidad, a una guerra que es un breviario de lo incomprensible: porque hablamos de un estado soberano, no gobernado por fascistas; porque no hay ni una prueba de un supuesto ataque conjunto (huelga decir que Ucrania ni es miembro de la OTAN); porque no se cumplen las condiciones para entrar en el club atlantista.

No había nada, más que un ansia de imponer una visión vieja de la Historia, que explicase su paso. Ni la acelerada apertura de la OTAN al este de Europa ni los grupos neonazis aislados que pueda haber en Ucrania. Sólo afán de volver a los dominios de otro tiempo, a las fronteras de un pasado no democrático. Y controlar el sureste de Ucrania, claro, el primer objetivo real del teatro nostálgico, el que está cambiando el mundo y acumulando muerte, éxodo y hundimiento. Un conflicto que empieza a ser costumbre, y eso asusta.

Las víctimas, lo primero

Ya se acumulan 12 semanas de contienda sin conocer realmente los datos de la tragedia. Ninguna fuente oficial es fiable, por parcial. Unos no dan datos, otros los magnifican. Quedan las Naciones Unidas, fiscalizador secundario porque sólo ha podido verificar una parte de los daños. Según sus últimos datos, hasta el 21 de marzo había contabilizado la muerte de 3.838 personas, entre ellas 256 niños y niñas. Advierte de que todavía queda por comprobar información de algunas zonas de Ucrania, por lo que la cifra podría ser considerablemente más alta. Son datos de la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH). Hay al menos 3.800 civiles más que han resultado heridos.

Por su parte, Kiev y Moscú no han actualizado de forma constante el balance de muertos dentro de sus tropas, pero las cifras son extremadamente diferentes dependiendo del que informe sobre ellas. El Gobierno de Zelenski asegura que 1.300 de sus soldados han muerto en los combates y cifra en 29.000 el de los militares rusos, mientras las autoridades de Moscú señalan que han muerto 1.351 de sus efectivos y 14.000 militares ucranianos. El Kremlin lleva desde marzo sin publicar datos de bajas. La Inteligencia de Reino Unido sostiene que puede haber superado las 15.000 bajas, más que en los nueve años que duró la guerra que mantuvo en Afganistán.

Ya hay 14 millones de desplazados, entre internos y refugiados, un éxodo tan rápido y elevado que ha hecho que, por primera vez, se supere la cifra de los 100 millones de personas obligadas a dejar sus hogares por las guerras y conflictos en todo el mundo. Ocho millones de ucranianos son desplazados dentro de su mismo país y más de seis millones se han ido a otros países, según cifras de ACNUR, la Agencia de la ONU para los refugiados, y de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).

Dos millones han acabado regresado a sus casas, porque sus zonas se han visto liberadas de los ataques rusos o por falta de adaptación y oportunidades en otros países europeos. La cercanía física y las facilidades de la Unión Europea a su movilidad han ayudado a este fenómeno, incapaz de compararse con guerras próximas como la de Siria.

Natasha Stepanenko y su hija Yana, retratadas en un hospital de Leópolis donde se recuperan de amputaciones en sus piernas tras ser heridas en el ataque a la estación de trenes de Kramatorsk.
Natasha Stepanenko y su hija Yana, retratadas en un hospital de Leópolis donde se recuperan de amputaciones en sus piernas tras ser heridas en el ataque a la estación de trenes de Kramatorsk.
Emilio Morenatti via AP

Se calcula que economía bajará hasta el 45% su PIB, más de 32 millones de metros cuadrados de edificios residenciales han quedado destruidos, más de 23.000 km de carreteras han quedado destruidas, hay ciudades hechas cenizas, como Mariupol. Los daños en infraestructuras como trenes o instalaciones educativas y sanitarias se cifran en 90.000 millones de dólares y se le añade la pérdida de mano de obra y el freno de la economía, las pérdidas se cifran en 600.000 millones de dólares (tres veces el PIB de Ucrania). Los puertos de Odesa y Nikolaev, en el mar Negro bloqueados por la flota rusa y con los puertos del mar de Azov (Mariupol y Jerson), ocupados por las tropas rusas, por lo que Ucrania ha perdido su mayor filón: la exportación de grano. El campo es un importante teatro de guerra en esta contienda.

De quién es el territorio

Rusia quería una guerra rápida, un visto y no visto de 48 horas que le permitiera llegar a Kiev, derrocar al Gobierno y poner a un gabinete de amigos, fieles, satélite. Eso o, en su defecto, hacerse con el poder completo del Donbás, donde ya desde 2014 se libraba una guerra después de que independentistas prorrusos de Donetsk y Lugansk autoproclamasen su independencia. No ocurrió ni una cosa ni la otra, por más que sus tropas penetrasen por seis frentes a la vez, cruzaran desde Bielorrusia y avanzasen hacia la capital con enorme velocidad.

Pronto, todo se enquistó, principalmente por los problemas propios de Rusia y, también, por el buen hacer del adversario: nadie esperaba esta resistencia de Ucrania, nadie esperaba una unidad de acción de Occidente tal como para que se mandaran armas a un vecino atacado que ni es parte de la OTAN ni es parte de la Unión Europea.

Moscú ha tenido serios problemas por el número de bajas -aún sin saberse a ciencia cierta, son altas-, por problemas de organización, de logística y de planteamiento. Como no progresaba como deseaba, a mediados de abril decidió abandonar su apuesta por Kiev -pese a que estuvieron a las puertas- y las provincias del norte y concentrar todos sus efectivos en el sur y el este. Quedaba así claro que lo que primava era conquistar un corredor que le permitiese unir su territorio con el Donbás y con Crimea, una península que se anexionó directamente en 2014. Ahí es donde ahora se están concentrando los combates, fieros, y donde se están concentrando los muertos.

El informe de la ONU, por ejemplo, detalla que en las regiones de Donetsk y Lugansk, donde los combates se han intensificado en los últimos días, han muerto 2.119 personas: 1.992 en territorios controlados por el Gobierno ucraniano y 127 en territorio controlado por las autoproclamadas repúblicas.

Los batallones que se habían apostado al noroeste de Kiev volvieron a Bielorrusia; los que bregaban en el norte cruzaron de nuevo la frontera hacia Rusia. Parte de estas unidades, diezmadas y con bajas, fueron enviadas al este. Por el camino, dejaron matanzas como la de Bucha, una de las más terribles de esta contienda, descubiertas una vez que los soldados rusos se marcharon, dejando la tierra quemada. Tras la retirada rusa de esta localidad de 35.000 habitantes cercana a Kiev, las autoridades locales aseguran haber registrado al menos 400 civiles muertos en circunstancias susceptibles de considerarse crímenes de guerra.

Mapa de situación de la guerra a 23 de marzo.
Mapa de situación de la guerra a 23 de marzo.
EPDATA

Los avances rusos en la línea del frente han presionado constantemente a los defensores ucranios en el Donbás y son diarios los reportes de choques importantes, pero que no suponen un avance para los de Putin. Hay pelea en la línea de combate, pero pocos pasos adelante ni para unos ni para otros. La estrategia de rodear la línea defensiva ucrania en Donbás haciendo una pinza desde Izium, al norte, y Donetsk, al sur, no ha dado de momento resultado.

El cuarto mes de guerra se inicia empantanado, embarrado por completo en este espacio de unos 100.000 kilómetros cuadrados ansiado por todos. En realidad, los prorrusos ya controlaban parte desde 2014 y los rusos han avanzado, pero en zonas no determinantes. Sólo puede celebrar Putin el control de un 20% aproximadamente del territorio ucraniano, que no es poco, pero no es la victoria esperada, con apenas dos ciudades importantes en su poder, Mariupol (medio millón de habitantes) y Jersón (unos 282.000). Las Inteligencias de EEUU y Reino Unido sostienen que hay avances parciales de Rusia en zonas como Jersón, Zaporiyia, Donetsk y Lugansk, en los últimos siete días. Hay miedo a que se destruyan pruebas de los supuestos crímenes en aquellas zonas donde el dominio ruso es pleno.

La segunda ciudad del país, Járkov, ha sido sin embargo abandonada en su intento de conquista, porque el impulso de las tropas ucranianas, con armamento determinante de Occidente, les ha hecho ceder. Y eso que estaban presentes en la zona desde el inicio de la contienda, muy cerca de su frontera, con capacidad para aguantar más que en otros escenarios. Aún así, los suyos han ido quedando sin suministros y, finalmente, han bajado los brazos.

Esta organización estadounidense considera que las tropas de Kiev han vencido en la batalla de Járkov: las fuerzas ucranias impidieron primero que los rusos rodearan por completo y asediasen la ciudad, para después expulsar a los invasores de la zona y alejarlos lo suficiente como para que su artillería no alcanzase las calles de la ciudad. Igual que había ocurrido antes en Kiev. Psicológicamente ha sido un buen tanto para los ucranianos, pero que se desluce por la caída de Mariupol, donde el asedio ha sido más intenso que en ningún otro lugar en estos meses.

Tras incontables ruegos de la comunidad internacional, se abrieron corredores que fueron dejando salir a los civiles atrapados en la ciudad hasta que, la semana pasada, cayó el último reducto en pie, el de cientos de combatientes ucranios que estaban en la acería de Azovstal, y que ahora se encuentran en territorio ruso con futuro incierto: Kiev reclama un juicio justo, aplicando las leyes de la guerra, o incluso propone un intercambio de prisioneros, y Moscú plantea un remedo de justicia y recuerda que puede imponer la pena de muerte.

Un miembro del Batallón Azov, dentro de lo que quedaba de la acería de Mariupol, el pasado 16 de mayo, justo antes de salir.
Un miembro del Batallón Azov, dentro de lo que quedaba de la acería de Mariupol, el pasado 16 de mayo, justo antes de salir.
Dmytro Kozatsky via AP

En este tiempo se han sucedido las imágenes de hospitales arrasados, el teatro de la ciudad bombardeado -se calcula que había 600 civiles refugiados que fueron asesinados- o esa acería, el motor económico de la región e inservible en su estado actual. La ciudad está “completamente destruida”, reconoce Zelenski.

Mariupol supone una victoria pírrica para los rusos, según el Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW) de EEUU, y no es esperan muchas más en breve. Un funcionario militar de la OTAN dijo el miércoles a CNN que la Alianza espera una especie de estancamiento en las próximas semanas. Pero el mismo funcionario aseguró también que la OTAN cree “que el impulso ha cambiado significativamente a favor de Ucrania” y el debate dentro de los círculos de la OTAN es ahora sobre si es posible que Kiev retome Crimea y los territorios de Donbás tomados por Rusia y los separatistas respaldados por Rusia en 2014. La pelea es tan fiera que hay opciones, señala, de que la zona se incline a un lado o al otro. Un “infierno”, en palabras de Zelenski.

Es determinante lo que ocurra, porque Kiev ha perdido ya el acceso al mar de Azov, al caer Mariupol, y Rusia parece que sí ha logrado completar ya un tramo de su corredor, aunque insiste en ir más al oeste, por lo que está atacando con fuerza en Odesa. Su deseo, dicho por los asesores de Putin, es llegar si pueden a Transnistria, un territorio prorruso en Moldavia. Si ese avance se completa, Ucrania no tendrá salida al Mar Muerto, con el golpe económico y defensivo que ello conlleva. De momento, Kiev ha extendido tres meses más el estado de emergencia, la ley marcial y la movilización general, porque no ne nada claras las semanas por venir.

¿Quién responde?

La guerra está abierta, las órdenes se siguen dando, la justicia se mueve lenta en busca de una asunción de responsabilidades que nadie sabe si llegará. Ayer mismo se conoció la primera condena en Ucrania contra un militar ruso por crímenes de guerra. Vadim Shishimarin, de 21 años, está acusado de haber matado a un civil de 62 años que iba en bicicleta mientras hablaba por teléfono. Su pena es cadena perpetua.

Hasta ahora, las denuncias sobre desmanes rusos en la guerra tienen un doble origen: las que dan cuenta de persecución voluntaria y planificada, no fortuita, de objetivos civiles y las que añaden el uso de munición prohibida por parte del régimen de Putin. Es muy complicado lograr justicia ante estos crímenes, pero hay diversas vías para intentarlo y pelearlo. La primera es la Corte Internacional de Justicia (CIJ), que es el principal órgano judicial de las Naciones Unidas, con sede en La Haya (Países Bajos). Se dedica a investigar denuncias de Estados contra Estados. Por eso es el cauce elegido por Ucrania para denunciar a Rusia, apoyándose en la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio, un texto firmado tanto por Kiev como por Moscú en 1948. El pasado 14 de marzo, la CIJ se declaró competente para juzgar los casos expuestos por Ucrania, pues entiende el uso de la fuerza por parte de Rusia en Ucrania “plantea cuestiones muy graves de derecho internacional” que deben estudiarse. La corte ordenó también a Moscú que suspenda de inmediato su “operación militar especial”.

Los procedimientos sobre crímenes de guerra también se pueden elevar a la Corte Penal Internacional (CPI), que a diferencia del anterior organismo no resuelve conflictos contra Estados, sino contra personas sospechosas de cometer estos crímenes. Se puede ir individualmente contra Putin o contra sus dos principales ayudantes en esta ofensiva: el ministro de Defensa, Serguéi Shoigú, y el jefe del Estado Mayor, Valeri Guerásimov. El 3 de marzo, el fiscal jefe de la CPI, Karim Khan, anunció la apertura de una investigación por crímenes de guerra y lesa humanidad. No sólo se llevará a cabo por sus investigadores y sus equipos sino que se ha abierto una cuenta de correo electrónico a la que se pueden hacer llegar documentos, como testimonios, vídeos y fotos, para que las víctimas y sus allegados completen el relato.

Por ahora son los dos caminos emprendidos para que haya alguna asunción de responsabilidades en un futuro que nadie sabe cuál lejano será.

Las negociaciones, un agujero negro

En las primeras semanas de contienda se aceleraron los contactos para que Kiev y Moscú llegasen a un acuerdo que pusiera fin a la guerra. Sin embargo, casi nadie habla ya de ellas. No ha servido la mediación de Turquía o de Israel ni el empuje de Francia, por ejemplo, porque la gravedad de la guerra es tal que ha acabado haciendo imposible que se sienten en la misma mesa “quienes matan en Bucha y quienes entierra en Bucha”, en palabras de un negociador de Kiev en la BBC.

Los ministros de Relaciones Exteriores ruso y ucraniano se reunieron en marzo en Turquía y las delegaciones se encontraron en Estambul, pero sin éxito. Hace una semana, el viceministro de Exteriores ruso, Andrei Rudenko, confirmó que las negociaciones “no siguen”, después de que se hubiera dicho que sí, pero sólo con encuentros online. “De hecho, Ucrania ha salido de este proceso”, denunció. El domingo, su negociador, Vladimir Medinsky, dijo que están dispuestos a volver a la mesa y que “el congelamiento de las conversaciones fue completamente una iniciativa de Ucrania”. Zelenski salió al paso de estas declaraciones, con claridad: no van a ceder territorios, que es lo que el Kremlin quiere.

Porque a día de hoy es lo único que hay sobre la mesa: que Ucrania renuncie a parte de su territorio, léase el Donbás y Crimea. Que uno lo suelte militarmente y que el otro lo reconozca como parte de Rusia. La exigencia de que Ucrania no entrase en la OTAN, de los primeros días, es algo que ya no está sobre la mesa porque el propio presidente Zelenski reconoció que no era viable, porque su país será una democracia pero hoy no tiene fronteras claras ni relaciones pacíficas con sus vecinos ni una fuerza avanzada como para estar con otros 30 iguales, que es lo que exige la Alianza.

Algo de avance ha habido en otro plano de la diplomacia: las misiones diplomáticas extranjeras han empezado a volver a abrir en Kiev desde hace dos semanas, después de que los diplomáticos huyeran en masa de la ciudad al comienzo del conflicto. La legación española es una de las primeras que ha dado el paso.

Reunión de las delegaciones de Rusia y Ucrania en Estambul, el pasado 29 de marzo.
Reunión de las delegaciones de Rusia y Ucrania en Estambul, el pasado 29 de marzo.
Anadolu Agency via Getty Images

Los aliados, más fuertes

La presión de la OTAN en el este de Europa ha sido esgrimida por algunos analistas como una justificación al ataque de Putin. Explica parte, no justifica nada. Su política de puertas abiertas se aceleró y generó incomodidad en Moscú, pero la OTAN estaba antes de esta guerra sumida en una crisis de identidad sin precedentes y, ahora, sale robustecida. Es de locos, pero es así, porque Putin y sus amenazas imposibles de prever han llevado a otras naciones a entender que es mejor perder su neutralidad y cobijarse bajo el manto del artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte en caso de ataque.

Es lo que le ha pasado a Suecia y Finlandia, que tras décadas y hasta siglos de estar militarmente al margen de cualquier bloque o contienda, han iniciado sus tramites de entrada en la OTAN para estar fuertes ante Rusia. Su entrada podría concretarse este mismo verano, remodelando el mapa de la defensa en el norte del continente como nadie hubiera pensado en navidades.

Estos tres meses de guerra han servido para que se unan los 30 aliados de la OTAN y, también, los de la UE. Si ya la compra conjunta de vacunas anticovid supuso un hito en la política común en Bruselas, esta agresión le ha llevado a decidir en bloque sanciones, entrega de armas, ayuda económica, y a diseñar con más empeño una nueva política de defensa que ha recibido un impulso inesperado, forzado, y también a repensar su apuesta por energías propias, limpias, renovables, para reducir su dependencia energética respecto de Rusia.

La Comisión Europea propuso la semana pasada un programa de ayuda económica de urgencia para Ucrania por valor de 9.000 millones de euros en este curso, una línea de crédito para que el país pueda hacer frente a sus gastos y obligaciones más urgentes. Desde que comenzó la guerra, la UE ha movilizado alrededor de 4.100 millones de euros para “apoyar la resiliencia económica, social y financiera general de Ucrania en forma de asistencia macrofinanciera, apoyo presupuestario, asistencia de emergencia, respuesta a la crisis y ayuda humanitaria”. “También se han proporcionado medidas de asistencia militar en el marco del Fondo Europeo para la Paz por valor de 1.500 millones de euros “que se utilizarán para reembolsar a los Estados miembros su apoyo militar en especie a Ucrania, y está en curso la movilización de 500 millones adicionales”. EEUU, por su parte, ha puesto 40.000 millones de dólares más.

Josep Borrell, Ursula von der Leyen y Volodimir Zelenski, el pasado 8 de abril, en Kiev.
Josep Borrell, Ursula von der Leyen y Volodimir Zelenski, el pasado 8 de abril, en Kiev.
Anadolu Agency via Getty Images

Sanciones para estrangular la economía

La Unión Europea ha aprobado cinco paquetes de sanciones contra Rusia en una especie de guerra económica. Se suman a las que existían desde 2014, tras la anexión ilegal de Crimea por parte del Kremlin, con el objetivo de golpear la moneda rusa, sus finanzas, su tecnología, cada sector económico, y a sus principales políticos y oligarcas. Se empezaron bloqueando las reservas internacionales del Banco Central de Rusia y se siguió sancionando a políticos, empresarios y oligarcas, vetando transacciones con empresas públicas, hasta las más serias, el veto a la venta de material para el refinado del petróleo y a las inversiones en su energía, a las exportaciones energéticas.

Luego llegó el paquete definitivo: se prohíben las operaciones de inversión en entidades rusas, se restringe el acceso al mercado de la UE para entidades rusas, se prohíbe aceptar depósitos de más de 100.000 euros de ciudadanos rusos, se prohíbe suministrar billetes de euros a Rusia, se restringe el acceso al sistema SWIFT a siete bancos rusos, se prohíbe la inversión en proyectos del Fondo Ruso de Inversión directa y se prohíbe la prestación de servicios de calificación crediticia. Al fin se sancionó al petróleo y al carbón, aunque no hay consenso para el gas.

Rusia ha respondido con medidas similares y con pasos sensibles, como cortar el gas a Polonia y a Bulgaria tras negarse a pagar en rublos, una medida extendida ahora a Finlandia por sus deseos de entrar en la OTAN. La previsión es que la economía rusa se desplomará este año entre un 8% y un 10% por el impacto de las sanciones occidentales a Rusia por su invasión en Ucrania, según el Banco Central (BCR), lo que supondría la peor recesión desde 1994 y el peor registro desde que el presidente Putin está en el poder.

Todos estos vaivenes, al final, han sacudido la economía de todo el planeta. La frágil recuperación económica que el mundo había iniciado tras la crisis de la covid-19 vale ya de poco, según ha denunciado ONU, que ha rebajado en un informe del 4 % al 3,1 % su previsión de crecimiento global para este año y avisa que el deterioro puede terminar por ser aún mayor. Naciones Unidas espera que las principales economías crezcan en 2022, pero a un ritmo claramente inferior de lo que calculaba en enero, cuando había presentado sus proyecciones más recientes.

La Unión Europea, por sus vínculos con Rusia, aparece como la más perjudicada entre las grandes economías del mundo y, según la ONU, crecerá un 2,7 % en 2022, muy lejos del 3,9 % que la organización estimaba al inicio del año.

Como escribía Isaac Asimov, “no sólo los vivos son asesinados en las guerras”, y las consecuencias quedan para las generaciones venideras. En tres meses de guerra, décadas de retroceso.

Y lo que queda, a juzgar por las previsiones.

La invasión rusa en Ucrania, vista por el Premio Pulitzer Emilio Morenatti