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20/05/2019 07:27 CEST | Actualizado 20/05/2019 07:27 CEST

Berrea en primavera

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Salvini, durante un acto electoral. 

Telediario. (Da igual en qué cadena). Bloque de información electoral (casi el 90%, con unos minutos para el tiempo y los deportes). Una ciudad española, da igual del norte que del sur, del este que del oeste, y un montón de señores/as trajeados o del más riguroso sport, según la “ruralidad” del escenario.  Una plaza, un centro social, un parque o un teatro. Y muchos gritos. Cierro los ojos… Y me teletransporto.

Tengo la extraña sensación de llevar viendo, ininterrumpidamente desde ni se sabe cuándo, uno de esos episodios de El Hombre y la Tierra con los que Rodríguez de la Fuente nos mostraba las curiosidades de la fauna ibérica. Concretamente el de la berrea de los ciervos, y en blanco y negro, por supuesto.

Para que se enteren los urbanitas, la berrea, que tiene lugar en los primeros días del otoño, es el momento en que los venados buscan asegurar la continuidad de su estirpe, marcando su territorio y enfrentándose a otros machos que quieren hacer lo propio. Por eso entre los sobrecogedores berridos, se cuela el impactante sonido de los cuernos chocando entre sí, de los topetazos que se propinan buscando una victoria que se traducirá en más hembras y más espacio vital.

Y diréis que a qué cuento viene la berrea en este espacio. Hace mucho tiempo, cuando miraba las cosas con los ojos limpios y dispuestos para llenarse de mil y una imágenes nuevas, tuve ocasión de disfrutar del espectáculo de la berrea del ciervo. Muy cerca, tanto que daba miedo. Y mi ignorancia del mecanismo hormonal de los cérvidos se puso de manifiesto cuando el guarda de la finca me dijo eso de “no se preocupe, no la ven. Ellos están a lo suyo”. Lo suyo era perpetuar su especie, luchar por su territorio y asegurarse el futuro.

No consigo borrar la imagen de la demostración de poderío de Salvini y miles de vociferantes seguidores ultraderechistas, de todos los puntos de Europa, en el Duomo de Milán, sacando pecho.

Los discursos electorales, cual si fueran el machacón sonido de los cuernos, tiene mucho que ver con la realidad que estamos viviendo. Unos y otros dándose topetazos entre sí sin notar siquiera que alrededor estamos nosotros los que los alimentamos, los que cuidamos la finca en la que pacen y esperamos que, a cambio, se preocupen un poco por nuestras cosas.

Unos a lo suyo, berreando en distintos tonos, según convenga, y los demás, simples espectadores de una guerra que no es la nuestra, que no nos asegura el futuro, ni tan siquiera el presente, porque somos meros trofeos del ganador. Sin más.

Por supuesto, que unos más que otros, que por mucho que cierre los ojos no consigo borrar la imagen de la demostración de poderío de Salvini y miles de vociferantes seguidores ultraderechistas, de todos los puntos de Europa, en el Duomo de Milán, sacando pecho. Exhibiendo cornamenta. Y calificando las próximas elecciones como “un referéndum entre la vida y la muerte”. 

Es primavera. No es tiempo de berrea y sí de pensar que esto no es un documental de naturaleza, y que nos jugamos mucho con la elección. Que hay que diferenciar los sonidos, apartar los “topetazos” y quedarnos con los mensajes que hablan de igualdad, de justicia, de solidaridad. De futuro. 

 

Este post se publicó originalmente en el blog de la autora. 

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